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Sin duda alguna esta pandemia ha puesto de cabeza al fenómeno global depredador, de repente la humanidad se ha visto irrumpida en su condicionamiento y esto ha generado otras formas de vivir, las mismas emergen abruptamente en la cotidianeidad, se instauran y se hacen parte del día a día. Esto ha llevado a un cambio de comportamiento social de dimensiones increíbles, no necesariamente por que sea algo sumamente positivo, sino más bien, por todas las resonancias que están emergiendo en las relaciones familiares, sociales, políticas, económicos, culturales, educativas, de salud, laborales, comunitarias, entre otras.

Hacia la dirección que se mire en estos momentos la tensión percibida y vivida obligan a repensar infinidad de sucesos y situaciones, de la noche a la mañana miles de personas son llevadas a un confinamiento que busca resguardar la salud y mitigar los efectos de la COVID-19 en la Salud Pública. El confinamiento humano de estos últimos meses ha reflejado las carencias que se tienen para llevar a cabo y sostener vinculaciones saludables, hemos visto como han repuntado las denuncias por violencia doméstica, abusos sexuales, crisis de ansiedad, un número importante de embarazos no deseados, entre otros factores que evidencian en la mayoría de situaciones la incapacidad para lograr una adecuada autonomía e independencia en la toma de decisiones.

Las personas de repente tienen nuevamente la posibilidad de hacer contacto, de interactuar en sus núcleos familiares, hacer trabajo en casa, de atender sus necesidades sentidas y esto al parecer no está siendo asimilado asertivamente en muchos hogares, las contingencias actuales generan mucha incertidumbre e inestabilidad y esto a su vez da como resultado más violencia. De repente el reconocer al otro que también está aquí, se vuelve asunto de todos los días y no de mañanas y tardes, esto me trae las siguientes interrogantes ¿Qué sucede con los vínculos actuales en el siglo XXI? Y ¿Qué está sucediendo para que la capacidad de comunicación humana sea cada día menos asertiva?

Siguiendo lo anterior, pareciera ser que las relaciones e interacciones humanas han dejado de ser cálidas y transformadoras. El cuerpo emocional está incapacitado y ha sido programado para responder solamente a los estímulos condicionantes de la socialización dominante, este tipo de socialización es incapaz de generar introspección en el ser humano, la gente pasa muy ocupada y sistemáticamente cargada de estímulos condicionantes que le impiden tomar decisiones cotidianas para mejorar su calidad de vida.

La COVID-19 ha puesto sobre el escenario a la interacción y el vínculo humano, ha logrado evidenciar que las relaciones del sistema en el que estamos viviendo e interactuando ha logrado crear un distanciamiento social de años, que al parecer ha suprimido la capacidad del sentir en el ser humano y de transformarle. Las personas se están dando cuenta que el distanciamiento social no es cosa nueva, este se ha programado en lo humano a través de las interacciones desde hace mucho tiempo y en él la tecnología ha jugado un papel determinante, la gente se ha percatado que el contacto físico, el mirar a los ojos y expresar una sonrisa de tú a tú casi ha desaparecido, el ser reconocido, valorado y amado en esta sociedad cada día se hace menos posible, la vorágine de estímulos al parecer nubla el sentir.

La pandemia expone claramente cómo el distanciamiento social ha calado profundamente en la vida humana, las tecnologías, la política y la economía junto con la violencia sistemática entre otras, vienen condicionando las formas de vida. Un ejemplo de ello es el uso y avance de las redes sociales, estas han creado escenarios de interacción virtual que en estos tiempos de crisis han sido bien aprovechados, pero no necesariamente estos espacios de interacción son saludables y nutritivos desde las necesidades reales humanas.

Finalmente, cierro argumentado que este momento histórico genera un hito en la interacción humana, en mucho tiempo la psique humana no había sido sacudida globalmente de una forma tan rápida y violenta, la injusticia, la desigualdad, la inequidad, la concentración del poder, la desvinculación humana, la vulnerabilidad, el distanciamiento social crónico y sistemático, la precariedad laboral, la mecanización del sentir, de las emociones y de la vida, junto con la violación sistemática de los derechos básicos llevan a pensar en los recientes años sesenta, donde los deseos cambios colectivos lograron transformaciones necesarias para mejorar la calidad de vida. Hoy día en definitiva esta sensación de bienestar ha desaparecido, se tiene un nuevo escenario y pensando en el escenario más positivo, debe ser un buen momento para reinventar integrando equilibradamente lo humano, lo tecnológico, lo político, lo económico y sociocultural.