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En 1984, el entonces presidente chino, Deng Xiaping, propuso la tesis de “un país, dos sistemas”, en el marco de las negociaciones con el Reino Unido sobre Hong Kong y otros territorios de ultramar británicos, además de Macao, bajo tutela portuguesa.

La tesis de Deng es que durante 50 años esos territorios continuarían con el modelo capitalista occidental, pero serían parte de un país: China. Es decir, miembros de la civilización sínica y no adoptarían el modelo de capitalismo salvaje de Estado. Pekín denomina a ese modelo como “economía de mercado socialista”, parte del socialismo con características chinas. Esto facilitaría la transición de Hong Kong y Macao para llegar a ser un solo país, desapareciendo los dos sistemas. Desde un primer momento el Gobierno chino rechazó aplicar el esquema al Tíbet, que fue ocupado y posteriormente anexado en la década de 1950, convirtiéndola en una “región autónoma”.

Desde la perspectiva de Deng Xiaoping ese modelo resultaba atractivo para Taiwán. Ello evidencia el desconocimiento y negación de la realidad de la sociedad y sistema político taiwanés; sobre todo porque era un Estado y no un territorio de ultramar bajo tutela de una potencia europea.

En el acuerdo sino-británico de 1984, que contiene la Ley Básica de Hong Kong, se incorporó el modelo de “un país, dos sistemas”. El acuerdo entró en vigor en 1997, por lo que Pekín se comprometió a respetar el estatus hasta 2047. Así apareció un esquema de un país dicotómico, con dos sistemas en lo económico, político y social. Uno, China, bajo un régimen autoritario-totalitario de partido único (Partido Comunista Chino, aunque no hay un régimen comunista) y otro bajo un régimen abierto, con elecciones pluripartidistas y una sociedad liberal.

En la visión de Deng ello se justificó con la creación de “zonas especiales”. Dos “regiones administrativas especiales”: Hong Kong y Macao; y seis “zonas económicas especiales” dentro del territorio chino, que operaban con mayor libertad económica, que el resto del país. El modelo funcionó sin mayores contratiempos durante las gestiones presidenciales de Deng (2978-1993), Jiang Zemin (1993-2003) y Hu Jintao (2003-2013). Pero con la llegada de Xi Jinping en 2013 la situación cambió radicalmente.

Ello porque el presidente Xi inicia, desde ese año, una concentración de poder, que lo hace cercano a un emperador de las antiguas dinastías, y da un golpe de timón para incrementar el carácter totalitario del régimen. Mientras que en lo externo acelera motores para convertir a China en un hegemón global. Pero adoptando un estilo hegemónico confuciano, en donde las premisas de “El arte de la guerra” de Sun Tzu se convierten en la guía de la proyección mundial.

Así desde la perspectiva del “emperador Xi” no es posible esperar a 2047 para anexar a Hong Kong y Macao, sino que llegó el momento de consolidar la idea de “un país” y abandonar el componente de “dos sistemas”. Y esto incluye a Taiwán, violando principios del derecho internacional como el de la autodeterminación de los pueblos, que Pekín dice defender. El punto medular es qué define China por pueblo. Hay que tener en cuenta que los conceptos chinos se entienden diferente en chino simplificado (pero sobre todo en mandarín) que cuando se romanizan y se traducen a otros idiomas.

Con la próxima adopción de la Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong, que consolida el “autoritarismo leninista”, frente al constitucionalismo liberal que garantizaba la Ley Básica, condena toda acción independentista, calificándola de terrorista y subversiva, además de permitir la presencia de la policía secreta china en ese territorio, el “emperador Xi” puso fin al modelo de “un país, dos sistemas”. Llegando a “un país, un sistema”.

La cuestión, como señala la BBC, es que hay diferencias importantes entre China y Hong Kong. Son sociedades distintas. La actual situación resulta inviable para los hongkoneses, quienes temen perder sus libertades sociales, políticas y económicas bajo el régimen autoritario-totalitario de Pekín.

El modelo totalitario de Xi se evidencia en hechos como el convertir la globalización en un arma a favor de China, como lo advierte Matt Schrader en Foreign Policy. El primer factor es el uso de la pandemia como recurso de poder para influenciar a un número creciente de países, sobre todo pequeños como Costa Rica. Pero también usa su economía para dominar la diplomacia, convirtiendo a sus embajadores en procónsules, como es evidente en los países centroamericanos con los que mantiene relaciones diplomáticas.