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La conflictividad humana y su manejo

La existencia de conflictos es rasgo esencial de toda colectividad humana. Intereses contrapuestos de clase social, género, raciales, culturales, generacionales, económicos, y de otra índole; existen y emergen permanentemente en las relaciones entre diversas personas y grupos sociales.

Diferentes mecanismos de control social, informales y formales, buscan dirigir los comportamientos de la gente frente a esos conflictos y sus causas. Finalmente, con los mecanismos de control social, y con su integración en el ejercicio del poder, se gestiona una actitud y un comportamiento de las personas, frente a cualquier forma de conflictividad. Así, se provoca que esta se resuelva, se mantenga, o simplemente se “diluya” bajo mera apariencia de que ha sido solucionada.

En este momento de la historia humana todas aquellas y otras formas de conflictividad, están atravesadas por un fenómeno consustancial: el agotamiento de la  capacidad del planeta para soportar a la raza humana y el correlativo agotamiento de los recursos naturales, si se sigue con un modelo de acumulación de la riqueza, esencialmente inequitativo.

Las circunstancias actuales —el manejo de la pandemia mundial más reciente—, han evidenciado una transición importante en la organización de la producción y, con ello, de la forma en que operan los mecanismos de control social, así como también de los discursos de los que estos se valen. Esto puede implicar una modificación radical de la manera en que se ejerce el Poder Punitivo del Estado.

Espacios y discursos del Poder

En sus conocidas conferencias, impartidas en Brasil, y luego publicadas como libro

bajo el título de “La Verdad y las Formas Jurídicas”; Michel Foucault describe tres modelos para la construcción de la “verdad” en el contexto específico de procesos jurídicos (mecanismo de control social formal), diseñados para gestionar los conflictos de la gente: el juego de prueba (ordalías), la indagación (reconstrucción de hechos pasados mediante pruebas) y la disciplina (vigilancia permanente de las personas, antes de que actúen). En realidad, este es solo un ejemplo, entre otros, de los que emplea el pensador francés para explicar su conceptualización del ejercicio Poder.

Foucault estudia otros mecanismos como la cárcel, los hospitales en general y el hospital psiquiátrico en particular, las instituciones militares, las fábricas; con el objetivo de explicar que el Poder se ejerce mediante la disposición de los cuerpos de las personas en estos espacios cerrados, pero también con la invención de ciertos discursos o teorizaciones compatibles. Esto es lo que se denomina la función anatomopolítica del Poder. En espacios abiertos, con aquella misma imbricación entre prácticas y discursos, se gestiona la vida de los sujetos individuales, en lo que denomina como la dimensión biopolítica del Poder.

Tanto en espacios abiertos, como cerrados, los mecanismos del control social determinan, conducen, hacen probables o improbables, ciertas acciones o comportamientos de las personas.

La disciplina (vigilancia permanente) y sus discursos en el Derecho Penal

Una de las transformaciones más importantes que se ha dado en los últimos 25 años en el Derecho Penal — entendido aquí como teorización para sustentar el castigo ejercido por el Estado — es la formulación de conceptos que permiten la vigilancia permanente y la acción de los distintos componentes del sistema punitivo (policías, Ministerio Público,

tribunales, prisiones), mucho antes ( y cada vez con mayor anticipación) de que los individuos ejecuten un comportamiento exteriorizado en el mundo real.

Ejemplos al respecto, abundan, en Costa Rica, en Oriente y en todo Occidente: con la sobrecarga legislativa de los delitos de peligro abstracto, en que dicha amenaza se presume; con la criminalización de fenómenos que antes serían considerados como meros actos preparatorios no punibles, lejanos a la ejecución de un delito; e incluso se evidencian con la penalización de la mera comunicación de ideaciones a terceros, mucho antes de que se exteriorice un comportamiento humano.

Los distintos mecanismos del control social deben entenderse como parte de un continuum que va, en un extremo, desde instancias formalmente integradas al aparato

estatal (por ejemplo, policía, tribunales, prisiones, pero también el sistema educativo); hasta otras que no lo están como, por ejemplo, la familia, las iglesias, los grupos de pares, y por supuesto los medios de comunicación masiva y las nuevas formas de comunicación electrónica que han emergido en la última década (redes sociales).

Un importante dato sobre la disciplina, sobre esta manera de ejercer el Poder, y sobre los discursos que le acompañan, es que se fueron haciendo evidentes o visibles, primero en instancias o mecanismos de control social informal, que no forman parte del aparato estatal.

Después se “fueron tomando” instancias formales del sistema penal estatal, en que  supuestamente regían principios y garantías liberales (ahora devaluados) orientados a la persecución y sanción de comportamientos exteriorizados, de hechos pasados, y a la reactualización de los mismos mediante pruebas.

Precisamente desde aquella dimensión del continuum, la del control social informal, hoy en día se hace evidente el surgimiento de prácticas y discursos que van mucho más allá inclusive, que lo que se ha visto con la irrupción del modelo disciplinario o de vigilancia permanente.

La saturación neuronal y ¿el surgimiento de un nuevo derecho penal del pensamiento? 

Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, ha dado un paso adelante en la explicación del  ejercicio del Poder en las sociedades del siglo XXI. Este autor tiene claro que Michel Foucault construyó su explicación del Poder lejos de los conceptos de represión e ideología con que trabaja, entre otros, un gran sector del pensamiento marxista. Pero, al pensador francés, Byung-Chul Han le cuestiona que no llegó a ver el ejercicio del Poder como lo estamos observando ahora, de la mano de las tecnologías, y bajo la forma de lo que el denomina como violencia neuronal.

Se trata de la evidente extensión de mecanismos de saturación neurológica, que hacen que la gente piense o deje de pensar (y con ello que se comporte, o no lo haga) de una determinada manera, por efecto del agotamiento (burnout) que provoca el permanente bombardeo de información al que están sometidos; con lo cual se cumple con el objetivo de conducción de la vida de la gente, propio de todas las formas del control social.

Al efecto, se puede mencionar el papel de saturación neuronal que cumplen las redes sociales, los medios de comunicación masiva (mecanismos de control social informal), pero también instancias de control social formal como el aparato educativo y el sistema de salud, en este momento (¿excepcional?) de la pandemia. La repetición incansable del mismo mensaje durante días y meses, puede orientar el estudio de este tema, en una asociación entre el aparato de salud (¡Sí, desde ahí también se ejerce control social!; ¡Sí, desde ahí también se inventan discursos funcionales!) El sistema penal y los nuevos mecanismos de control social electrónico.

Esto significa que si bien el Poder, antes de reprimir construye realidad, y antes de engañar (ideología) construye verdades; ahora lo hace mediante una novedosa forma de saturación neuronal, ejecutada sobre los sujetos individuales. Conviene preguntar y analizar entonces, en qué grado y de qué manera, esta nueva forma de ejercicio del poder se manifiesta o podría llegar a manifestarse como práctica permanente del sistema penal y — así como sucedió con el modelo disciplinario o de vigilancia permanente — como un nuevo correlato teórico: una especie de derecho penal por el pensamiento. 

El costo presente, en la horadación o vaciamiento de derechos y libertades básicas (libertad de tránsito, libertad de reunión), ha sido aceptado por efecto de aquella saturación y, claro está, mediante la justificación de su transitoriedad (aunque frecuentemente se le anuncia como una “nueva normalidad”). Por ahora, este nuevo discurso y estas nuevas prácticas se han hecho visibles, como “situaciones de excepción”, en el sistema médico de control social, en los medios de comunicación y en distintas plataformas electrónicas. Sin embargo, la historia de la humanidad muestra que, luego de situaciones como la que vive el mundo, la excepción se transforma en la nueva regla.

¿Suena a ciencia ficción? Conviene mirar alrededor y preguntarse qué de lo que se vé no lo era, hace tan solo 20 o 25 años. Y no menos importante, conviene plantear cuáles límites deben imponerse a ese ejercicio del Poder y cuáles libertades estamos dispuestos a sacrificar en los altares del orden, o de una “nueva normalidad” que se presentó inicialmente como pasajera...