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Desde marzo de 2020 estamos viendo —en tiempo real— el liderazgo de cada uno de los jefes de estado manejando el auge de casos y muertes por COVID-19. Algunos lo han hecho mejor que otros, y lo hemos notado. El tipo de liderazgo que han mostrado los hombres fuertes de siempre (strongman) no ha sido eficaz para manejar el nivel de contagios o el número de muertes. Ni a Putin, ni a Trump, ni a Bolsonaro, o a Duterte les ha funcionado el liderazgo macho. Claro está, las situaciones objetivas de cada país (aquellas que no se pueden cambiar, niveles de densidad de la población, hacinamiento, fronteras porosas, etc) en febrero de 2020 —antes del primer caso— han influido dramáticamente en el manejo de la pandemia. Si el liderazgo macho no ha funcionado, ¿será que el femenino funciona mejor?

Eso sería interpretar el liderazgo en términos esencialistas: los machos son mejores para X y las féminas mejores para Y. Lo único que esto haría es reforzar roles de género, cansados y obsoletos, que no aportarían más que prejuicio. No, las mujeres no son mejores líderes durante la pandemia que los hombres. Ahí donde una gobernadora republicana está lidiando con la pandemia no le ha ido mejor que a su contraparte macha en otro estado. Además, hay tan pocas mujeres líderes en el mundo, que la muestra es insuficiente (13 de los líderes mundiales, de 200, son mujeres).

El punto es que, si hemos leído sobre lo bien que les ha ido a países jefeados por mujeres, es porque estos países reúnen una serie de factores objetivos (que ya estaban antes de la pandemia) y características subjetivas (de sus jefas de estado) que han sido esencial para minimizar el caos y el número de muertes innecesarias. Son países política y económicamente liberales, donde el rol de la mujer es semejante al del hombre donde el papel de todos es importante: son países que tratan de ser inclusivos, de incluir a todos en igualdad de condiciones (migrantes, personas con capacidades diferentes, viejos, jóvenes, hombres, mujeres, en diferentes estratos económicos, heterosexuales o de diversidad sexual, etc.) y donde vinculan bienestar social, con políticas públicas. Es decir, hay un rol esencial del Estado, tanto para paliar la epidemia, como para reactivar la economía, en diálogo constante con el sector privado. Pero estas jefas de Estado también han liderado con calma, ha demostrado empatía hacia las diferentes poblaciones, comunican con claridad y veracidad, manejan los datos, y crean más confianza en su población que aquellos que no entienden de epidemiología, o se burlan de las medidas sanitarias (que recomiendan sus propios expertos sanitarios).

Quizá esta pandemia, además de revelar las fallas tectónicas de inequidad en la población, también este revelando el tipo de liderazgo que sea más eficiente y eficaz a la hora de lidiar con crisis que conciernen a todos, y no solo a un sector. Líderes incluyentes, con conocimiento de causa, que tomen con seriedad la crisis y se rodeen de múltiples voces serán mejores líderes. Pareciera entonces que el estilo no es de hombres o mujeres, sino de un nuevo (post-covid) tipo de liderazgo, que todos podemos copiar, pero que a las mujeres les ha costado menos adoptar.

En al año mil de nuestra era, Thietmar de Merseburg, un monje sajón (alemán) describió a su reina en términos de reina viril. Era viril por su fuerza mental, pureza de alma, cumplimiento del deber y su carácter a la hora de lidiar con crisis y conflicto. Nada tenía que ver con un falo (Leleu 2018). Pero en algún momento el término virilidad se le asignó exclusivamente a los hombres y a su superioridad. Es tiempo de que volvamos al origen del término, y que le demos chance a otro tipo de liderazgos, alejándonos del líder macho para siempre y optando por tipos de liderazgos más incluyentes, más empáticos y asertivos.