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Las epidemias y pandemias han acompañado a la humanidad a lo largo de los últimos 10.000 años de historia y, producto del cambio climático y de la creciente interrelación entre colectividades, serán cada vez más comunes. Si bien tienen consecuencias fatales para las personas infectadas, también tienen un amplio rango negativo de consecuencias sociales, económicas, políticas y militares. Hay que tener en cuenta que los patógenos que generan las pandemias no respetan las fronteras internacionales y menos en una era de auge del transporte aéreo, marítimo y terrestre. A esto es a lo que me refiero en este comentario.

La transmisión acelerada de la enfermedad hoy, en contraste con siglos anteriores, junto con el predominio de las redes sociales que difunde la desinformación (fake news y deep fake), ha incrementado la amenaza a la seguridad internacional y nacional de pandemias como la del Covid-19. Pero al mismo tiempo ha puesto en evidencia que la gran mayoría de los Gobiernos no estaban preparados para atender este tipo de amenazas y en general adoptaron medidas características del sistema de Estados westfalianos de siglos anteriores. Aislar a los países podría haber sido una excelente medida un siglo atrás.

Las pandemias desafían a los Estados en tres ámbitos: doméstico, económico y militar. Pero no se pueden dejar de lado factores como el sistema de salud —principalmente de países en desarrollo, que tiende a ser básico o con una muy limitada cobertura, como en el caso de Estados Unidos—, las políticas demográficas y migratorias, así como aspectos culturales. Basta con revisar los casos más recientes, como el ébola en África y el zika en Latinoamérica. Ante el primer caso el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó en 2014 la resolución 2.177, instruyendo a la Secretaría General a implementar medidas para un eficaz combate de la epidemia.

En lo económico se crean disrupciones que afectan la productividad y hasta pueden generar recesión. Mientras que en lo militar repercuten en la disponibilidad y disposición de la gente para vincularse a cuerpos policiales y fuerzas armadas.

Por otra parte, casi en simultáneo a la pandemia surgen las teorías conspirativas. Y en el caso del coronavirus se argumenta que es parte de la rivalidad sino-estadounidense. Hay que tener en cuenta que esta pandemia constituye la más grave crisis que enfrenta Pekín desde 1989. Esto dio lugar a que se argumente que el coronavirus que ocasiona la enfermedad COVID-19 es un arma biológica implantada en Wuhan para debilitar la economía china y permitirle a Washington recuperar terreno. Tal teoría afirma que fueron soldados estadounidenses, que estuvieron en 2019 en esa ciudad en los Juegos Mundiales Militares, quienes implantaron el virus en el mercado de mariscos. Y no faltaran otras teorías que agreguen otros elementos; recuérdese que el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS, por sus siglas en inglés) se calificó de arma genética desarrollada en laboratorios de Estados Unidos. Sin olvidar aquellas teorías que argumentan que son las empresas farmacéuticas las que difunden los virus para luego vender la cura.

Lo anterior se enmarca en el dilema de seguridad, que caracteriza a los sistemas anárquicos, como el internacional. La validez o no de tales teorías, que repercuten directamente sobre la seguridad nacional e internacional, es difícil de comprobar, porque muchos agentes biológicos contenidos en las armas están presentes en la naturaleza. Con la influenza española a finales de la década de 1910 ocurrió tal fenómeno; se argumentó que fue producto de acciones de agentes alemanes encubiertos. Sin olvidar que ha habido casos de patógenos que escapan de los laboratorios. Y la lista de ejemplos es bastante extensa.

Ahora se alude a la diplomacia de salud global y a la seguridad de salud en el marco de la seguridad humana. La cuestión es que, repito, los Gobiernos siguen siendo westfalianos, negándose a reconocer que el sistema internacional hoy es poswestfaliano y se requieren acciones transfronterizas coordinadas, como medio para contrarrestar los efectos negativos de las pandemias. Es necesario reconocer que la salud global requiere una arquitectura sistémica particular, por lo que es un asunto de gobernanza y de seguridizar la salud pública. En 2003 la ONU reconoció que una de las amenazas y desafíos a la seguridad internacional eran las enfermedades infecciosas.