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Más allá del tecnicismo entre decenio y década, para la opinión pública acaba de finalizar el segundo periodo del siglo XXI —sin importar si fue decenio o década de 2010, en sentido estricto esta concluye hasta el 31 de diciembre de 2020—, por lo que resulta útil enmarcar el resumen de 2019 en ese periodo de 10 años, sobre todo porque ocurrieron muchos eventos que han profundizado la transformación del mundo, tal y cómo se construyó en la pasada centuria.

Hoy predominan los hechos alternativos, pero sobre todo lo que el comediante Stephen Colbert denomina la “verdaderosidad”, que significa que la gente convierte sus opiniones o sentimientos en su realidad y las considera como hechos verdaderos, sin importar cuán próximos o distantes estén de la realidad. Es decir, cada persona construye su propio mundo y es válido simplemente porque coincide con su cosmovisión, por lo que supone que es lo mismo para la sociedad. Ello lo ratifica cuando lo muestra en las redes sociales y los algoritmos que las rigen conducen a que su “verdad” sea vista por aquellos que la comparten, quienes le darán “me gusta”, ratificando la creencia de quien expuso.

De esta forma, junto con las fake news y la posverdad, entre otros fenómenos, el decenio de 2010 reafirmó la transformación del mundo y consolidó el cambio civilizatorio. Algo sobre lo que no todas las personas han tomado consciencia. Esto es grave; pero a muy poca gente parece importarle.

Los años 2010, pero sobre todo el 2019, fueron escenario de múltiples eventos, algunos novedosos y otros que se profundizaron y pasaron a ser parte de la cotidianeidad. Por ejemplo, fue un periodo crítico para la migración, no solo por el aumento en los flujos de migrantes a escala mundial y en todas direcciones, sino por el endurecimiento de las políticas nacionalistas y populistas, que violan de forma sistemática los derechos humanos básicos de la persona migrante. Pero lo más grave es que las causas que generan esos flujos son más profundas y complejas que los muros que comienzan a erigirse, por eso estos no los detiene.

Pero, quizás, en donde más dejó huella el decenio de 2010, fue en el deterioro de la democracia representativa, las protestas en un cada vez mayor número de países por el desencanto de la ciudadanía de la política y de la incapacidad e ineficiencia de los gobernantes, y la reconfiguración del orden internacional, sobre todo por las tensas relaciones entre las superpotencias.

No hubo tregua en la protesta. Los jóvenes de Hong Kong pidieron democracia al régimen chino y los argelinos exhibieron su hastío político. En Líbano, Irak e Irán, los ciudadanos chillaron contra la corrupción. Chile, Bolivia y Ecuador fueron hervideros populares, y Venezuela siguió repitiendo el guion entre Maduro y Guaidó. Sin duda 2019 fue un año de permanente ira en las calles.

Mientras que las alianzas entre países resultan cada vez más frágiles y flexibles. Hay un tira y encoge en las relaciones bilaterales, que operan de forma asimétrica y diferenciada en cada ámbito. Un país puede ser aliado de otro en un área y enemigo en otra. En buena medida por el estilo que han impuesto Trump, Putin y Xi Jinping, que combina el nacionalismo, el populismo y el autoritarismo. Pero, así como esos tres hay muchos alrededor del mundo. Y esto no es asunto de izquierda o derecha —por cierto, conceptos cada vez más obsoletos y distantes de la realidad—, sino del creciente autoritarismo en el ejercicio del Gobierno.

El año pasado finalizó con un recrudecimiento de las tensiones armadas por el ataque de Estados Unidos a posiciones de grupos proiraníes en Irak y el asesinato del General Soleimani. También el anuncio de Kim Jong-un del reinicio de las pruebas de armamento balístico y nuclear por Corea del Norte. Sin olvidar el anuncio de Turquía del envío de tropas a Libia. Así 2020 no comenzó muy prometedor.

Tales escenarios hacen más propenso el estallido de conflictos armados internacionales, generando mayor riesgo de una guerra sistémica. Y la probabilidad de esta aumenta cuando se observan los persistentes esfuerzos de Donald Trump para desmantelar el orden internacional del siglo XX y el sistema de alianzas de Estados Unidos, sustituyéndolo por una visión iliberal trumpiana, que solo él entiende. Y lo grave de esto, no es que Washington deje de ser el hegemón, sino que el sistema internacional tenderá a buscar la estabilidad mediante una lucha hegemónica entre superpotencias.

En esta materia llama la atención el crecimiento exponencial de la armada china. Pekín aumentó en 130% la inversión militar en el decenio que terminó. Y no hay que olvidar los ejercicios militares de Rusia, China e Irán, impensables en el primer decenio de este siglo.

Pero hay muchas cosas más, a las que me referiré en mi próximo comentario.