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El ambiente político costarricense e internacional está subsumido en una extraña conversación entre la derecha conservadora y el sensacionalismo periodístico. Por ello, para sorpresa de nadie, más y más líderes de naciones democráticas se apoyan en discursos demagogos, nativistas e incluso racistas. Esta narrativa pseudo nacionalista pone de relieve el reduccionismo simbólico que los sectores más desapegados de las dinámicas cosmopolitas perciben como riesgos y peligros. La estrategia discursiva es por ende simple, apelar a la pasión y la emoción; en tal plano la razón tiene poco o nada qué hacer.

Claro está, lo anterior no es nada nuevo, pero una ola de sucesos nacionales e internacionales exacerban la percepción de urgencia a la hora de evaluar la realidad política. El triunfo y crecimiento de tendencias políticas conservadoras llama la atención a una serie de elementos que devienen de la narrativa, la política y la mercadotecnia. La era de la información ha conducido a las sociedades democráticas a tenebrosos oscurantismos, renegadores de pruebas y evidencias; la era de la información se maneja por creencias.

Del recuento de eventos que definen esta época, la elección del presidente de los Estados Unidos de América (EEUU), Donald Trump, es la punta de lanza que guía las aspiraciones de otros movimientos deseosos de espacios en la agenda pública y, sobre todo, en la opinión pública. En el caso norteamericano, la plataforma que ahora impulsa al presidente a su segundo mandato se basa en una serie de alegorías al ethos mítico —artificial para ser preciso— de ese país; un país de libertades, democracia e igualdad.

El debate en torno a este mito fundacional se basa en la pertenencia a ese artificio. Esto se resume en la pregunta: ¿hay ciudadanos más ciudadanos que otros? En esa discusión el lenguaje es primordial, puesto que la ciudadanía conlleva un peso semántico que trasciende a lo legal y lo político. Actores políticos como Trump desarrollan esa narrativa sabiendo —o incluso ignorando— sus consecuencias; dividir la opinión con falacias y crear condiciones de disgusto hacia las expresiones más tangibles de la globalización: migración, diversidad y multiculturalidad.

Para el presidente de EEUU, ese ejercicio prueba ser tan efectivo que, ante la opinión pública, ni una investigación sugiriendo comportamientos potencialmente delincuenciales del más alto nivel pudo trastocar el ambiente degenerativamente divisorio creado por su retórica. El caso desarrollado por el fiscal especial Robert Mueller llegó al Congreso de ese país, subsumido en contiendas bipartidistas, para ser rápidamente devorado por reclamos de corrupción. La ironía parecería no poder llegar a más.

Aquí es donde yace el verdadero peligro de Trump y los que aspiran a comportarse como él; ni siquiera una investigación seria, abarcando dos años de su mandato, con miles de documentos respaldando conclusiones que a la postre llevaron a la condena de otros implicados, resistió la embestida de la pasión. Dígase mejor, del regate de la pasión. El presidente y sus aliados esquivaron a toda costa el corolario de la investigación y, al contrario, la tiñeron de dudas. Lo que parecía su inminente juicio político, quedó lejos de siquiera debatirse con seriedad.

Del otro lado del pasillo bipartidista, Nancy Pelosi, líder de la mayoría demócrata en la cámara baja del Congreso, llamó a la cordura y argumentó que, aunque existiesen pruebas en su contra, las experiencias contadas hasta ese momento indicaban que cualquier caso a llevarse debería ser tan sólido como fuese posible. Es decir, al contrario de la lógica jurídica, donde la verdad comprobable es el fin de los litigios legales, en esta dimensión de la posverdad y las noticias falsas, solamente la verdad absoluta parece ser la solución -la salvación.

Tal narrativa rompe con todo molde argumentativo que en la política moderna se haya experimentado; los políticos populistas se recubren a sí mismos con una inmunidad simbólica, tan difícil de descubrir como de enfrentar. Ni la evidencia ni la razón tienen cabida en esa contienda. El peligro mayor es alcanzar tal punto de distorsión de la esfera pública, donde no sólo se necesiten pruebas y evidencias, sino que sea necesaria una verdad tan categórica, tan vehemente que alcanzarla sea un ejercicio fútil de infinito alcance.

Ese es el éxito de los partidarios del “trumpismo”, desgastar el valor de la razón a tal punto que perseguirla suponga esfuerzos con costos de oportunidad inalcanzables. Además, el cálculo político y el oportunismo electoral juegan roles imprescindibles en esta dinámica oscurantista, de la cual los EUA parece no poder liberarse. Aunque el martes 24 de setiembre parece ser el punto de quiebre para la demócrata Pelosi, que decidió aprobar el conocimiento para debate de la apertura del proceso de impeachment (juicio político).

Las consecuencias nacionales no son para nada alentadoras; la expansión transfronteriza de discursos divisorios ya ha alcanzado a Costa Rica, y la situación política actual es un caldo de cultivo con condiciones excepcionales para el desarrollo de una narrativa que suponga la negación de las pruebas y la evidencia. El país, por lo tanto, corre el riesgo de amplificar la ruptura entre el orden político y la razón, so pena de perseguir una verdad absoluta e imposible de alcanzar.