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Aunque el catolicismo es esencialmente jerárquico (desde Tertuliano, san Ireneo de Lyon, san Justino hasta llegar a Agustín de Hipona), lo esencial de la Iglesia parece que no es la jerarquía (I. Ellacuría). De ser así, ¿por qué el catolicismo romano insiste en una teología del sacerdocio estrictamente masculina? Porque la jerarquía ha insistido en su Magisterio Eclesial que el sacerdocio es un ‘estado’ o un ‘orden’, y no una función o un oficio (E. Schillebeeckx), pues la jerarquía ha optado por defender el ‘orden de la creación’ con la subordinación de la mujer fruto del contexto cultural.

Si se aceptara que el sacerdocio no es autoritario (sacralización de lo masculino) sino corporativo (Ruth Edwards), entonces, en los contextos particulares, habría espacio para que ambos sexos trabajasen conjuntamente a fin de humanizar con la presencia de la mujer el sacerdocio masculino romano (sin embargo, se les deberá preguntar a las mujeres si querrán o no formar parte de esta bimilenaria estructura masculinizada).

Ahora bien, si se hace eco de la desconcertante frase de Alfred Loisy (1857-1940): “Cristo predicó el Reino de Dios y en su lugar vino la Iglesia”, parece que el énfasis de la frase sería esa llegada liberadora de un estado de hartura material y espiritual que es el Reino, y no las limitaciones de las estructuras eclesiales que se perpetúan forzando los textos bíblicos y masculinizando el Reino sin razón, sobre todo a partir de cierta teología católica. Un buen católico me diría que el poder sacerdotal está en la comunidad sacerdotal, es decir, en todos los bautizados, incluidas las mujeres, al servicio de todos, sin necesidad de priorizar la casta sacerdotal en detrimento de la mayoría creyente, como si ésta fuera un grupo de simples iniciados espirituales.

Regularmente, se ha pensado que Mt 16,18 (80-90 d. C.) muestra la promesa a Pedro, sin embargo, la versión más antigua del texto es Mc 8,27 (70 d. C.), la cual trae la confesión de Pedro pero no la promesa, lo cual podría significar la autoridad doctrinal de Pedro, mas no la jerárquica (jefe).

Las mujeres siguieron a Jesús (Lc 8,1-3; 23,49; 24,6-10; Mt 17,55-56; Mc 15,40; Jn 19,25), él habló con una mujer samaritana (Jn 4,27), y las auxilió: a la suegra de Pedro, a la madre desconsolada de Naím, a la hija de Jairo, a la mujer encorvada durante 18 años, a la hemorroísa. También hubo mujeres en las parábolas de Jesús, sin ser tratadas con los estereotipos de la época. La diferenciación de los sexos no tendría porqué privilegiar (Gal 3,28) a ninguno de ellos (ni patriarcado ni matriarcado), pero sí podría personalizar a la mujer tras siglos de una cultura patriarcal.

La afirmación de la masculinidad de Jesús —como rasgo fundante de la no-ordenación de mujeres— es una dimensión física que no necesariamente mostraría fidelidad histórica a él, pues este “criterio” implicaría además que Jesús no solamente fue varón, sino además judío y galileo, estas dos condiciones esenciales tampoco las cumplirían los sacerdotes católicos. Que dentro del grupo de los Doce no hubiera mujeres, se debió fundamentalmente a que las mujeres no podían ser testigos debido a que no tenían cualificación jurídica en su tiempo, se trataría de una cuestión socio-religiosa (ambiente cultural), nada más. Algo parecido habría que decir de Pablo de Tarso cuando indicó que, si las mujeres no pueden enseñar, en consecuencia tampoco pueden consagrar (cf. 1Cor y 1 Tim). Entonces, ¿la fe sacraliza —o se pierde en— los condicionamientos socio-religiosos? ¿La fe apoya un universo hermenéutico que alimenta el status eclesial masculino mientras discrimina a las mujeres?

Así pues no hay argumentos válidos bíblicamente para no ordenar mujeres, sino más bien una interpretación teológica ideologizada (K. Rahner) desde la tradición, en virtud de lo cual hoy debería asumirse la paridad de varones y mujeres “de derecho y de hecho” (Gaudium et spes 9).

La feminidad transformaría la estructura tradicional del sacerdocio católico desde la riqueza que le es específica a la mujer, con “toda la carga de la feminidad a nivel ontológico, psicológico, sociológico, biológico, etc.” (L. Boff), aunque esto le resulte blasfemo a la jerarquía masculina.

¿Abrirá los ojos la Iglesia? Jesús fue un judío seglar (Hb 7,13-14), nunca sacerdote católico.