Autocrítica y autocorrección: indispensables, si queremos proteger lo que nos queda de ella.
No es fácil saber ni reconocer las señales y síntomas del proceso con que nos empujan hacia la confrontación e intolerancia. Ciertamente, los últimos cuarenta años forjaron el caldo de cultivo político con el que fue engendrado el panorama actual de desconfianza en la ley, desprecio de la decencia y hacer de la grosería una identidad.
Tiene razón Vinicio Jarquín con que no obstante los indicios premonitores, es inexplicable no haberse dado cuenta cómo hemos sido conducidos a odiar los principios jurídicos y humanistas de la libertad democrática.
Cuatro años pasaron sin resolverse los males que acechan al país; más bien empeoraron casi todos: erosión de la CCSS, del INS, el AyA y el ICE, incremento del avispero legislativo, embotellamientos y accidentes fatales del tránsito, socavación de la producción agroalimentaria y la salud pública. Tampoco terminó el calvario de los basureros y del río Virilla, ni la gentrificación de costas y espacios urbanos. No hay suficiente gestión del riesgo ni ordenamiento territorial, se deforestan áreas protegidas; crecen el narcotráfico, la narcoviolencia, el sicariato, la criminalidad, la inseguridad, y la corrupción creativa. Se ha hecho obvia la excusa de que es preferible construir megacárceles en lugar de recuperar la prevención del delito, y la infraestructura, recursos y calidad educativa. Y luego, le tocó el turno a la prensa que, sin ser en su mayoría particularmente brillante, objetiva y edificante, tampoco daba para garrotearla y separarla entre canalla y servil. La restauración democrática fracasará si continúa esta degradación, que solo fanáticos y oportunistas son capaces de apoyar.
Se ha formado una nueva casta de seguidores, numerosos, integrada por los cansados, frustrados, dolidos, hipnotizados y resentidos, convencidos por las vociferaciones constantes de que las instituciones actuales son disfuncionales, cuya única solución es destruirlas y de que el origen de todos nuestros males se encuentra en los guardianes constitucionales: la Contraloría, el Poder Judicial, el Tribunal Supremo de Elecciones, la Sala IV y la Fiscalía. Para forzar esos objetivos, aun siendo controversiales, la conciencia no es necesaria; basta con un poco de inteligencia para atraer incautos mediante groserías melodiosas, pegajosas, condimentadas con mitos, mofas patrióticas y religiosas, impulsadas por diatribas sagaces. Durante milenios solo se han necesitado profetas, poetas y oradores hábiles en las formas y diccionarios para “orientar” al rebaño de frustrados y resentidos.
Aunque, teóricamente, en una democracia no debería ser difícil discernir quién controla a quién y que, para resolver sus problemas el elector escoge al político presuponiendo que comprende lo que sucede alrededor, la experiencia demuestra, desafortunadamente, que eso casi nunca sucede. Aunque los políticos deberían descifrar los deseos y aspiraciones de sus electores, primero aprenden a manipularlos mediante teorías conspirativas, sofismas, excusas, falacias y exageraciones, además de paranoias, egocentrismo y narcisismo. Estos son los primeros indicios de la autocracia; es lo contrario de la democracia, cuyo principio fundamental reside en el derecho legítimo de discutir las ideas y propuestas, desafiar e impugnar las decisiones discordantes con el ordenamiento democrático, y exigir la corrección de los errores.
La evidencia muestra que los discursos de odio dañinos, polarizados, magnificados y alimentados escandalosamente son la base de la desinformación; se vuelven efectivos para ganar adeptos, pero también enemigos cuando se fertilizan florecen, viralizan y retransmiten en las redes sociales. Sin darnos cuenta terminan por imponer un nuevo orden perverso que reduce el abanico de emociones humanas al odio, el amor, la alegría y la confusión, los cuales, al ser intersubjetivos se mantendrán hasta que se socaven recíprocamente y sean sustituidos por los cambios en las prioridades e instrucciones dictadas por el jefe. El resto proviene de la sumisión del rebaño, integrado por el Homo iaguaricus devoto, incondicional, premiado (a veces con arroz —barato, importado— con pollo y gaseosas en las plazas públicas), e inspirado por la horda incondicional de emisarios, ángeles guardianes, comités de aplauso permanente, troles y “creadores de contenido” baratos.
No hay duda de que la táctica actual — de corto plazo— de barullo y confrontación, se justifican y alinean al objetivo estratégico —de mediano plazo— de posicionar testaferros y 40 diputados inspirados en la meta política clara y precisa de largo plazo: la autocracia. Por ello, es clave comprender que el poder reside en el nexo entre los canales de la información —dónde converge y dónde diverge— para que extienda sus tentáculos.
El peligro implacable es que el régimen autocrático se instale luego de manipular a la opinión pública y nos castigue por pensar diferente. Ya ni siquiera son necesarias las cámaras de vigilancia en hogares y oficinas; basta con algoritmos e inteligencia artificial implantados en las redes sociales para que, mediante los aparatos móviles, sea suficiente saber lo que se ve, escucha y conversa en las salas, habitaciones, e inodoros; la tarea es relativamente sencilla, al igual que la radicalización y confrontación entre las personas. De ahí en adelante, las elecciones periódicas no serán más que un ritual, en lugar ser parte del control del poder, del ejercicio del balance, vigilancia recíproca y mecanismos de autocorrección que nos evita ser secuestrados por un autócrata.
El autócrata rechaza la autocorrección, porque según él mismo no la necesita; su lema fundamental es que siempre tiene la razón, es infalible. La base del culto de la personalidad es ser insondable para esquivar su responsabilidad de transparencia, rendición de cuentas, tolerancia, críticas y obligación de ofrecer explicaciones sobre sus actos. Cuando enfrenta situaciones complejas manipula la verdad, valiéndose de la descalificación y censura de los opositores; todo es culpa de las administraciones anteriores y de los sistemas de control. Si la treta florece y no se descubre a tiempo, el futuro se le sirve en bandeja.
La vacuna consiste en que los partidos de oposición e instituciones que sustentan la gobernabilidad recuperen la iniciativa y redefinan el orden de prioridades requerido para garantizar el proceso democrático. No deben ofrecerse motivos para facilitar el discurso autocrático ante las masas de gente medio informada. La solución de los problemas determina la decisión del voto elector, y su alcance debe ser demostrado mediante acciones, plazos e indicadores de desempeño realistas que muestren los productos de manera clara y evidente. La gestión de la información es clave y debe ser convincente, persuasiva y sobre todo transparente, sin reducirse a apariencias y verdades a medias. Recordemos que el autócrata es engendrado por la explotación del sentimiento de rechazo de la gente a la corrupción, tergiversaciones e incompetencia de los gobiernos anteriores, aunque obviamente no todo haya sido así. El ciclo de información mediante el cual el autócrata inculca la visión de que su poder es la única manera de vencer esas vicisitudes, debe ser neutralizado.
¿Serán necesarios medicamentos antiamnésicos y lentes antimiopía para no heredarle un espejo roto a las próximas generaciones, ni ocultarse detrás de un relato desfigurado de cinismo político que desliza, sin pudor y silenciosamente, la impostura moral de la búsqueda de posicionamientos y cargos en la próxima administración? Esa sería una derrota moral, culposa, vergonzosa e hipócrita. También, es vital recordar que la defensa de los vulnerables y oprimidos no es tarea exclusiva de una tendencia ideológica y por ello, no termina de asombrar que algunas mujeres escojan la auto- humillación de plegarse al autócrata, a sabiendas de sus antecedentes conocidos.
El tiempo de la complacencia, indolencia y procrastinación política debe terminarse y para ello se requiere de la ética profunda, no solo discursos. ¿Se nos ha olvidado el significado y rostro de la libertad?, esa palabra vieja que, para defenderla otros se negaron a inclinar la cabeza. Como ha sido notorio, la historia ha demostrado tener un sentido del humor cruel, pues la verdad ha tenido, a veces, la tendencia de salir perdedora. Ojalá no sea así en esta ocasión.
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