Nuestro mundo es hoy un lugar por demás extraño, en el que los valores (principios éticos por los que debemos guiar nuestras conductas) parecen haber desaparecido bajo el influjo del fanatismo y la estupidez.

Un misógino, racista y estafador, condenado por 34 delitos, que además instigó un golpe de Estado contra su nación, consigue hacerse con la presidencia de Estados Unidos gracias a la invaluable ayuda del máximo órgano jurisdiccional de dicho país; al llegar al poder, desmantela las instancias formales de control que puedan constituir obstáculos a su abuso del poder o designa como cabezas de estas a miembros de su grupo de fanáticos, que como él carecen de todo sentido de integridad. En este último caso, instrumentaliza también a la policía federal y a la fiscalía para perseguir a sus rivales políticos o intimidar a aquellos que osen levantar la voz contra sus atropellos; lo mismo hace con las cabezas de las fuerzas armadas, despedidas por el simple hecho de pertenecer a minorías o ser del género femenino.

De manera inconcebible, ha permitido que un sujeto con contratos con el gobierno y dueño de una plataforma de apoyo a la ultraderecha nacionalista (X) se haga con el control de la información correspondiente a programas de asistencia social, los que ha cerrado bajo el argumento de que resultan innecesarios; también controla el acceso a las propias reservas de oro que respaldan la emisión del papel moneda de Estados Unidos, poniendo con ello en riesgo la integridad financiera de esa nación y de los restantes países que guardan sus reservas en Estados Unidos.

Trump ha impuesto a su vez aranceles que tendrán por efecto encarecer la vida de una importante porción de la población del mundo y ha realizado acciones no solo dirigidas a perseguir a minorías, sino también a negarles la ciudadanía derivada del hecho de haber nacido en dicho país.

Ni siquiera tiene interés en disimular su pretensión de convertirse en un dictador o la propia admiración que él y sus seguidores tienen por uno de los mayores criminales de la historia; se ha convertido a su vez en un títere de Putin, otro dictador al que admira fervientemente, llegando incluso al punto de culpar a una nación   invadida (Ucrania) por la propia guerra de la que resultó víctima. ¿Qué pensarán hoy en Estados Unidos luego de décadas de retórica anticomunista, ahora que Rusia es el nuevo mejor amigo de Estados Unidos y Putin un defensor de las democracias del mundo? Sabemos bien que Trump actúa en la realidad como un simple títere o mascota de Putin, dispuesto a hacer lo que sea por satisfacer sus demandas. La verdadera pregunta atañe a si Trump lo hace porque es simplemente un idiota —entre muchos otros calificativos a él aplicables—, o si es en realidad, según lo afirma un exagente del Servicio de Inteligencia Exterior de la Federación Rusa (antigua KGB), un agente que trabaja para Rusia desde 1987.

No contento con lo anterior, Trump ha anunciado sus planes para hacerse con el control de la franja de Gaza, como si esta le perteneciese, para construir en ella hoteles de lujo a ser disfrutados por los multimillonarios del mundo; a nadie parece importarle la suerte de los palestinos, privados de sus tierras y de sus vidas por Estados Unidos e Israel, que tendrán que arreglárselas para sobrevivir por su cuenta en los estados árabes que decidan darles refugio.

Trump pretende silenciar toda forma de crítica, vetando a medios de prensa que no están dispuestos a besar el anillo ni a reconocer su mal disimulada intención de convertirse en rey; lo mismo ocurre con la plataforma de X, en la que todo comentario de alguna forma cercano a una crítica a este sujeto es censurado o invisibilizado luego de ser publicado.

Trump y sus seguidores son la representación gráfica de lo peor del ser humano, dispuestos a arrasar con todo aquello que entre en conflicto con su pretendida supremacía blanca; toda acción en esta dirección resulta per se legítima, autorizando el uso de todos los medios necesarios para materializarla, aun si estos entran en contradicción con la Constitución, de la que se ha declarado incluso como su intérprete legítimo.

No es necesario ahondar mucho más para constatar que Estados Unidos es ya víctima de un golpe de Estado, en el que la última línea de defensa de la institucionalidad son algunos senadores y gobernadores, así como los jueces estatales, que han conseguido frenar por el momento varios de sus ataques; los expresidentes demócratas (Clinton, Obama y Biden) no han dicho absolutamente nada hasta el momento, asumiendo la cobarde posición de guardar silencio ante cada uno de sus atropellos. ¿Cuál será el resultado de todo esto? En realidad, nadie lo sabe; puede culminar con el triunfo definitivo de la ultraderecha nacionalista y la destrucción de lo que queda de la democracia de ese país, o bien, en una segunda guerra civil, dirigida a restablecer el gobierno democrático.

Quienes más sonríen en este momento, lo son sin duda Putin y Musk: el primero, al hacer de Trump una marioneta que le ayuda a apoderarse de Ucrania y sus recursos; el segundo, al haber logrado incrementar su ya cuantiosa fortuna, aun si para ello deba dejar en la calle y librados a su suerte, a los más necesitados. Sus recortes no pretenden hacer más eficiente el Estado; solo buscan financiar la rebaja en el impuesto sobre la renta prometida en campaña a las grandes corporaciones, cuyo costo será, a su vez, trasladado a la clase trabajadora, que en su mayoría votó por Trump.

Mientras todo esto ocurre, uno de sus admiradores en nuestro país toma nota, deseando hacerse con un poder tan amplio como el que goza Trump; desgraciadamente para él, ni la Fiscalía ni nuestros tribunales son controlados por el presidente, quien, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, no tiene injerencia alguna en su designación. Caso contrario, veríamos a Costa Rica convertida ya en un nuevo El Salvador, en el que los jueces —particularmente, los constitucionales— se limitarían a legitimar judicialmente cada una de las acciones realizadas por el nuevo dictador.

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