Las enfermedades hematológicas, también conocidas como neoplasias líquidas, surgen del mal funcionamiento de la médula ósea para llevar a cabo el proceso de maduración, produciendo células malformadas.

Las enfermedades hematológicas se clasifican según sea el linaje afectado; hay casos donde todas las líneas pueden verse alteradas. Estas células dañinas circulan en la sangre, por lo cual, pueden infiltrarse en los tejidos o formar tumores en los órganos linfoides, como en los ganglios linfáticos.

En consecuencia, las personas con enfermedades hematológicas tienen su sistema inmunológico altamente comprometido. A la vez, los tratamientos para estas neoplasias producen una inmunosupresión importante. Por lo tanto, son una población con un riesgo único, pues son más susceptibles a contraer infecciones y poseen altos índices de morbilidad y mortalidad.

En el marco de la pandemia por COVID-19, estas personas tienen mayor riesgo de complicaciones, de ingresar a unidades de cuidados intensivos y de requerir ventilación mecánica invasiva.

Los autores Martínez et al., publicaron en febrero de este año en la revista Acta Haematologica, una investigación donde encontraron que las personas con enfermedades hematológicas contagiadas por COVID-19 presentaron una mayor mortalidad que aquellas con neoplasias sólidas. Además, dada la disminución inmunológica de esta población, la aplicación de las dosis de la vacuna contra el virus no garantiza que produzcan suficientes anticuerpos para defenderse y minimizar la sintomatología correctamente.

Se debe considerar que la propia infección por COVID-19 causa una disminución de la cantidad de linfocitos. Lo anterior fue demostrado por el estudio de del Rio y Malani, publicado en la revista Cancer medicine journal en el 2020, donde el 83.2% de los pacientes oncológicos infectados por SARS-CoV-2 presentaron una importante linfocitopenia después de haber contraído la infección. Por ende, se debilita aún más el sistema de defensa, el cual ya está comprometido a causa de la enfermedad base de estas personas.

Es claro que son una población especialmente vulnerable. Requieren particular atención junto con líneas específicas de tratamiento para garantizar su seguridad.

Como sucede con la población no hematooncológica, deben existir abordajes profilácticos para estas personas inmunocomprometidas. Además, así como hay líneas de tratamiento en caso de una infección, también es necesario que cuenten con los procedimientos de prevención adecuados para eludir contagios por COVID-19.

Estos procedimientos deben tener en cuenta que, por su padecimiento oncológico subyacente, las vacunas no tienen igual efectividad y seguridad que en el resto de la población costarricense.

De aquí la importancia de estudiar la respuesta de las vacunas en poblaciones vulnerables como esta, lo cual es responsabilidad de las autoridades sanitarias del país. Es imprescindible establecer los planes profilácticos que se apeguen a las necesidades de estas personas con enfermedades hematológicas e inmunosuprimidas, con el objetivo de salvaguardar su salud y calidad de vida.

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