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Subsidio: “Ayuda económica que una persona o entidad recibe de un organismo oficial para satisfacer una necesidad determinada”, dice un diccionario.

Los subsidios, dicen los economistas, son distorsiones de la realidad de un mercado. O sea, en un mercado regido por oferta y demanda se alcanza un equilibrio entre ellas; pero, cuando se introduce un subsidio, ese equilibrio se distorsiona a favor de unos u otros, de oferentes o de demandantes. Yo no me opongo al uso de subsidios. Pese a que sé que distorsionan, hay situaciones en que lo que logran es alinear las decisiones de diversos actores económicos con algún objetivo del gobierno, o de quien sea, que tenga el poder de decisión. Y mientras ese sea un objetivo superior, pues creo que los subsidios tienen un papel que jugar en la política económica de las naciones.

El problema es cuando el subsidio se otorga para un objetivo sectorial, muchas veces egoísta y que no responde al bienestar de las mayorías, que es lo que define a un objetivo como superior. Existen, entonces, “subsidios buenos” y subsidios malos”.

Un buen subsidio es aquel que necesariamente beneficia en forma duradera a la mayoría de la población de un país o región. Un mal subsidio es el que para beneficiar los objetivos particulares de un grupo o de un sector, sacrifica el bienestar de la mayoría.

Los subsidios pueden ser temporales o permanentes. Hay subsidios “menos que ideales”, que valen la pena cuando la distorsión que causan es necesaria para guiar la población a alinearse con una realidad que no comprenden completamente. El problema es que, deliberadamente o no, subsidios que comienzan como temporales, terminan volviéndose permanentes.

Por ejemplo, en 1982 se promulgó una ley para promover la diversificación de exportaciones en Costa Rica; creaba una serie de beneficios, exoneraciones y subsidios (fiscales, crediticios y monetarios) para impulsar un cambio estructural en la economía del país. Se puede argumentar que esto tuvo un costo gigantesco para el país, y así fue, pero se logró el objetivo y con el paso del tiempo los subsidios se fueron moderando y cambiando. Sin duda se subsidió a los exportadores no tradicionales, se les dio «ayuda económica para satisfacer una necesidad determinada», que en este caso era cambiar su percepción de riesgo al entrar en mercados desconocidos y muy competidos. Aunque se puede hablar o escribir de esto y evaluarlo de mil formas, la verdad es que hoy Costa Rica exporta más de 4,000 bienes y servicios a más de 150 mercados internacionales. El subsidio en cuestión cumplió su propósito. Seguro se pudo hacer mejor, pero definitivamente valió la pena otorgarlo, con todos sus defectos, que quedarnos como estábamos en 1982.

El subsidio del arroz lo conozco desde 1985, cuando por mi trabajo desarrollé un estudio de caso para el curso de agroindustria de INCAE. El tema era cómo, a cambio de un precio de garantía y proteccionismo fiscal y aduanero, se aseguraban inversiones en producción de arroz que hicieran el país autosuficiente y competitivo en rendimiento y costo. El subsidio se dio con base en el perfil de costo de miles de pequeños productores de arroz que, por su pequeña extensión, pobres suelos y malas prácticas, tenían bajos rendimientos y altos costos por tonelada producida.

El resultado fue, y sigue siendo, un subsidio enorme que hace muy ricos a una veintena de grandes productores, que además de tener mucho mejores costos y rendimientos que el promedio sobre el que se establece el subsidio, obtienen enormes utilidades financieras. En otras palabras, se usa a los pequeños y medianos productores como escudo para subsidiarle sus utilidades y riqueza a unos cuantos grandes productores que, como muchas veces están integrados hacia la industrialización y distribución del grano, tienden a concentrar también importaciones muy baratas que luego venden localmente al precio subsidiado, rellenando sus ganancias otra vez.

Y en ninguna parte de la definición, dice que los subsidios sean para satisfacer caprichos, ni para enriquecer egoístas. Esto no tiene explicación posible. Es un subsidio que tiene décadas de existir, que perjudica directamente a 5 millones de consumidores y favorece apenas una veintena de empresas grandes.

¿Cómo se justifica?

Racionalmente no se puede, por lo que sólo veo tres posibles razones:

  1. Miedo al conflicto. Estos grandes productores son muy hábiles en mantener a miles de pequeños agricultores —su escudo social— al frente, creando la impresión de que eliminarlo sería cruel, cuando en realidad, en el fondo, sólo los beneficia a ellos mismos.
  2. Conflicto de interés y/o corrupción. Porque esos grandes productores cabildean con fuerza a nivel político, están metidos en la política partidaria y ejercen presión directa sobre ministros y diputados por igual.
  3. Ignorancia. Nadie les ha hecho ver la realidad como es. Ojalá ésta sea la causa, pues si así fuera, sería más fácil cuestionar y eliminar los dichosos subsidios para el arroz.

Lo peor es que esta historia se repite en el caso de la oposición al tren por parte de los autobuseros; en la resistencia a la unificación de los sistemas de pensiones; en la reforma del Estado y del empleo público; en la inflexibilidad del FEES, en la estructura del mercado de energía eléctrica y en muchas otras injustificables situaciones por grupos de interés que reciben protección fiscal, legal, regulativa y hasta constitucional, por lo bien que han logrado negociar sus subsidios y protecciones con la clase política del país.

Es hora de acabar con los subsidios que no están pensados para beneficio de las mayorías y que no se compensan nunca con algún cambio estructural que necesite el país.

Mi recomendación al gobierno sería nombrar una junta de economistas que analice cada subsidio vigente y defina su eliminación inmediata o paulatina, o explique la forma en que el país y los costarricenses, en abrumadora mayoría, se benefician de los que se decida conservar. Este análisis se debe hacer anualmente, pues con cambios tan importantes en la tecnología y en las condiciones contextuales, es muy probable que en algún momento todos deban ser eliminados o, cuando menos, rediseñados.