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"… el hambre no espera. Al que tiene hambre hay que darle de comer. Luego vendrá lo de enseñarle a pescar. Pero sobre todo, sobre todo, debe saber que el río es suyo"

Pedro Casaldáliga qDg

Uno esperaría que en un momento como el que estamos viviendo frente a una pandemia, el ser humano tome un accionar solidario e informado.  No puede la humanidad seguir un camino transido de injusticia y falta de equidad, donde los más poderosos usan su poder y su astucia para reducir las capacidades de vida de los sectores que se han visto sometidos a un modelo de desarrollo que los ha vulnerabilizado y marginalizado.

En Costa Rica, las costas y sus mares, no solo son de turismo y recreación. Nuestros territorios marino-costeros, son espacios de vida de comunidades que han sufrido grandes injusticias y marginalización producto de un desarrollo poco solidario que impulsado muchas veces por los gobiernos ha sido absolutamente Valle Centralista y dejado de lado la reflexión sobre las necesidades fundamentales de estas poblaciones y sus derechos humanos.

Costa Rica se enorgullece de su accionar en la conservación de la biodiversidad y así debe de ser.  Pocos países en el mundo han logrado avanzar tanto como nosotros en los temas relacionados a la conservación del ambiente y a sus beneficios.  Pero ya lo dicen los principales debates de la conservación también, no hay conservación sin un desarrollo social y económico justo y equitativo, no hay conservación cuando el costo de esa conservación lo paga solo el sector más vulnerable de las sociedades.

Esto, debe provocar que nos preguntemos en este país de verdes y azules: ¿Para quién es la conservación de la biodiversidad de Costa Rica?

A lo largo de la historia, tenemos ejemplos de medidas de conservación abusivas, que no han realizado las consultas debidas a través de un consentimiento previo, libre e informado que permitan reconocer y asegurar los derechos comunitarios e históricos de las poblaciones humanas antes de que se implanten modelos de gobernanza absolutistas y exclusivistas dejándolo en manos del Estado o concesionándolos para responder a intereses privados.

Por lo tanto, en muchos casos, los verdaderos custodios de esos territorios quedan fuera de su control: nos referimos sí, a los pueblos indígenas pero también a una gran cantidad de comunidades locales que hoy casi han quedado en el olvido en medio de enclaves de gran riqueza biológica, en donde valiéndose de acciones para la conservación de la biodiversidad, se apuesta a proyectos turísticos característicos de un modelo que ha puesto todos los huevos en una sola canasta y de pronto ha olvidado los temas verdaderamente trascendentales para la resiliencia de los seres humanos, la seguridad alimentaria y el bienestar que va sin duda más allá de los aspectos económicos y consumistas de la sociedad.

Hemos violado como Estado, los derechos comunitarios e históricos de estas comunidades al negárseles el acceso a la tenencia de la tierra y al mar por ejemplo, y no basta con la tenencia de la tierra, si no se tiene derecho preferencial al acceso del recurso, de frente a otras actividades productivas, con menor participación social, pero que generan mayores ingresos y beneficios económicos, en detrimento, por ejemplo de actividades que poseen un mayor valor social y cultural como la pesca artesanal y la recolección de moluscos a la que se han dedicado históricamente muchas de estas comunidades.

El reconocimiento al acceso jamás se conseguirá sin el derecho a la tenencia de la tierra, es un hecho. Y lo decimos porque se puede constatar en la comunidad de Chomes y sus mujeres molusqueras donde parece tener más poder un fantasma privado que toma los manglares y los convierte en grandes piletas para la siembra de camarón; y pasa en Barra del Colorado donde la comunidad entera está sobre tierras estatales que no les permite la seguridad ni el derecho al acceso de forma digna y justa a los recursos del mar de los que han vivido desde siempre.

Hemos podido históricamente responder parcialmente a las necesidades sociales de nuestro país, pero la taza de pobreza se mantiene y con la pandemia que vivimos irremediablemente aumentará, por eso es que lo dicho por el profeta Casaldáliga toma tanta fuerza hoy, “… el hambre no espera. Al que tiene hambre hay que darle de comer. Luego vendrá lo de ensañarle a pescar. Pero sobre todo, sobre todo, debe saber que el río es suyo”
Debemos asegurar para nuestras gentes del mar el acceso digno y justo a los medios productivos, y eso exige necesariamente le derecho de tenencia de sus espacios vitales de vida.

No logramos avanzar porque el acceso a la tenencia de la tierra es un asunto económico, un asunto del modelo de desarrollo en el que nos encontramos hoy, y la parcialización de los que ostentan el poder a favor de pequeños grupos económicos. Es evidente que no queremos compartir el poder, la gobernanza de esos territorios.

El Papa Juan Pablo II en la encíclica Sollicitudo Rei Socialis refiriéndose al destino universal de los bienes expresó: el derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social”. Por lo tanto, sobre la categoría que pueda tener una propiedad ya sea de carácter privado o demanial, hay un derecho fundamental al cual se debe subordinar cualquier tipo de propiedad, prevaleciendo que se garantice ese destino común, tal como es la realidad en nuestras costas, en donde hay una deuda social que se está tornando impagable.

La tierra y el mar en nuestros litorales es ante todo de esas comunidades que las necesitan, las personas de la meseta no tienen los mismos derechos que lo habitantes locales y la prioridad debe ser que estos últimos puedan vivir con dignidad en sus territorios de vida primero.

Hoy, estamos frente a una pandemia, pero también en un sistema poco reflexivo en lo social y con poca información de calidad para responder a los cambios estructurales que se requieren para avanzar en un país más justo y equitativo como el que tuvimos gracias a la visión de nuestros bisabuelos y abuelos.  ¿Será que la pandemia nos da la oportunidad de mejorar?