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La frase, en lugar de alabar a las personas por ser resilientes cambien los sistemas que las hacen vulnerables, de la experta en psicología y educación Muna Abdi, nos invita a reflexionar sobre, según lo define la psicología, la capacidad de sobreponernos a situaciones o momentos de crisis para poder adaptarnos y superarlas.

El 2020 ha sido el más reciente año de “las crisis”, en lo que llevamos de la pandemia, hemos sido capaces de observar que, así como la salud de millones de personas, la condición de los principales problemas socioeconómicos y ambientales (que antes existían) también ha empeorado. A América Latina le tocó primero ser un observador de cómo en China, Italia, España y Estados Unidos, la rápida propagación del virus causó que los servicios de salud llegaran a colapsar y se vivieran días de angustia apocalíptica pero luego, le tocó también comenzar a experimentarla en “carne propia” y siendo Latinoamérica la región más desigual del mundo, las consecuencias de la pandemia producen que al mismo tiempo que las personas más adineradas ven su capital ser inmune o inclusive acrecentarse, el otro lado ve sus condiciones empeorar.

Este contexto pesimista se asemeja mucho al escenario en que las sociedades se enfrentan a la dificultad de evitar o contener los efectos del cambio climático, contexto en el que, el lenguaje de la comunidad internacional está marcado mayoritariamente por la corriente adaptativa. Ante las dos circunstancias, el imperativo de adaptación resuena con fuerza. Sin embargo, podría decirse que detrás del disfraz de adaptación y el imperativo de resiliencia, se esconde un mantenimiento casi frívolo del statu quo, es decir, que mientras los individuos “más vulnerables” son los llamados a adaptarse, las condiciones actuales que producen su vulnerabilidad no cambian.

En el tanto la mayoría de los discursos son repetitivos al imponer la resiliencia como la fórmula del éxito pues solamente quienes se “reinventan”, se adaptan a la nueva normalidad y superan las crisis, lograrán sobrevivir. Esta es, como lo dice Romain Felli, una de las formas menos “ambiciosas” de oponerse en las luchas de poder. Ser resiliente es positivo en una sociedad que no cuestiona la forma de producir, de consumir, la concentración de la riqueza y de la propiedad.

Para Felli, los sujetos “adaptables” a quienes van dirigidos estos discursos son aquellos que puedan seguir siendo productivos, desde el punto de vista del sistema económico capitalista, claro, pero ¿qué sucede cuando el sistema que le pide a sus individuos, cambiar, es el mismo sistema que produce las crisis?

Por supuesto que ni la adaptación ni la resiliencia son es en su esencia, negativas. Desde el punto de vista biológico son inclusive una condición evolutiva. Sin embargo, el acto de internalizar la resiliencia como la propia responsabilidad no nos debería alejar o impedir de pensar y actuar más sobre las causas estructurales de las condiciones que nos hacen tener que adaptarnos.