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El incremento exponencial de casos de COVID-19 coincidió, más o menos, con la llegada del polvo del Sahara que cubrió las montañas de un velo sepia. Por supuesto, hubo argumentos post hoc de que una cosa afectaba la otra, como ocurrió con el matrimonio igualitario o cualquier otra conspiración sobre el nuevo orden mundial.

Sin embargo, por mucho que nos parezca un síntoma de nuestros tiempos, durante la Gripe Española también existió una gran incredulidad. La historiadora Botey Sobrado cita en un artículo sobre esta pandemia a un periodista que ridiculiza el primer brote (que se mantuvo controlado) de la enfermedad. Llega, inclusive, a la siguiente afirmación: «se padece influenza corriente debido a la humedad del invierno…».

Tanto la COVID–19 como la gripe española tuvieron una primera ola inocua. Esto llevó a que médicos como el director del Hospital de Limón en 1920, afirmara que la enfermedad era «de carácter benigno», a pesar que la influenza ya había causado estragos en Europa. La comparan a un resfriado y que de todos los enfermos solo murieron cuatro. Hay quienes prefirieron taparse los ojos con una venda de tranquilidad.

Cien años después. 2020. Un protestante frente a la casa presidencial se pregunta ¿cuál pandemia? Que treinta muertos son pocos. Vídeos de fuente dudosa donde se asegura que la gripe común es más letal. Se culpa a la tecnología 5G. No. A un plan para reducir la sobrepoblación. No. A falta de valores cristianos. No. A un laboratorio que cruzaba cepas y modifican las configuraciones de virus como si estuvieran desarmando juguetes. Hay quienes prefirieren taparse los ojos y/o apuntar el dedo a cualquier otra cosa. A una solución más sencilla: desmantelar torres de comunicación, rezar, destripar un chivo expiatorio.

Aunque la Gripe Española llegaba en su mayoría a través del puerto, se consideró un golpe a la economía cerrarlo. Botey remite a las palabras del capitán del puerto, cuya opinión era que la cuarentena no servía porque había influenza en todo el mundo.

Hubo descontento con la ochenta y ocho camas que se colocaron en CEACO; en 1920 hubo una ligera reducción de casos así que se detuvo la idea de construir un hospital auxiliar en Limón. Las advertencias siempre parecían demasiado alarmistas; igual que ahora. Hubo molestia general cuando se prohibieron las reuniones de más de diez personas, de los dueños cuando se cancelaron las funciones teatrales y los cines. Este punto es el más comprensible y humano, nadie quiere perder el pan de su mesa.

Las clases se aplazaron. Eso sí, fue imposible cerrar las iglesias en la Costa Rica de 1920. No es de extrañar.

Fue en un marzo, hace cien años, que se declaró emergencia nacional. A pesar de evitarse las aglomeraciones, no hubo mucha información sobre el lavado de mano o el uso de mascarillas (aunque algunas imágenes muestran que sí se implementó en otros países). Recordemos a una Costa Rica con problemas sanitarios, poco agua potable, tifus, dengue, sin ministro de Salud.

Al finalizar la Gripe Española, la suma total de muerte llegó a 2.298. No es un número que impacte tanto como los que hemos escuchado en otro países. Es la cantidad de personas que caben en un crucero caribeño. Una porción de un estadio. Hay concierto con más asistentes. Pero, la población en aquella época era de 500,000 aproximadamente. Murió 0,44% del país.

Si calculamos ese número (en una aritmética fatalista que, por suerte, el Ministerio de Salud no proyecta) con la población actual, serían 22,000 muertes. Esa cifra sí resuena. A silencio en las calles. A cementerios rebosados.

El ritual del lavado de manos, la liturgia de las mascarillas y el tedio del distanciamiento social nos alejan de ese fatalismo. Más complicado son las restricciones a negocios, al movimiento vehicular o la ley seca, que en efecto están causando una catástrofe que conduce a casi un cuarto del país al desempleo. No creo que nadie, aunque lo queramos, nos pueda mostrar un faro prometido. Solo queda esperar, moverse con cautela y empatía.