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Han pasado cuatro meses desde que convivimos con medidas de confinamiento. Al inicio no sabíamos qué esperar. Inclusive estábamos casi seguros de que el “encierro” duraría unas cuantas semanas….  En un abrir y cerrar de ojos hemos visto cómo esas semanas se han transformado en meses, e inclusive nuestra incertidumbre sobre ese: “¿hasta cuándo?” es aún mayor ahora que al principio de pandemia. Ahora sabemos con claridad que la pandemia seguirá presente en nuestras vidas por bastantes meses más.

Nos hemos ido acostumbrando a usar mascarillas y alcohol en gel, pero las restricciones de contacto físico con nuestros amigos, y en especial la costumbre de visitar lugares de ocio, aún no las asimilamos con total normalidad.

Muchas personas nos hemos acostumbrado a utilizar las actividades sociales o de ocio como mecanismos para liberar nuestro estrés o enojo. El confinamiento sin duda alguna ha evitado que esto suceda, a pesar de que inclusive tenemos más tiempo para estar con nuestros seres queridos o familia. Esto lastimosamente tiene dos caras en una misma moneda: las mujeres que sufren maltrato por parte de su parejas han tenido que sufrir la amargura, o inclusive el ataque violento de su pareja, de tener que convivir en un mayor tiempo su convivencia con su agresor.

El artículo “OMS confirma el aumento de violencia contra mujeres por cuarentenas” señala que “el encierro por varias semanas en decenas de países del mundo ha exacerbado las tensiones dentro de las familias, particularmente en medios socioeconómicos de bajos recursos, caracterizados por domicilios más pequeños y situaciones adicionales de estrés por la pérdida de ingresos o empleos, o el temor a perderlos”. 

Miembros de la Agencia de Salud Sexual y Reproductiva de las Naciones Unidas (UNFPA) calculan que, si el confinamiento continúa, en los próximos seis meses se producirán “otros 31 millones de casos de violencia doméstica en el mundo”. Solo en Europa se calcula que las denuncias por maltrato han aumentado un 60% en comparación con el año 2019.

Por otra parte, las mujeres víctimas de violencia machista están teniendo dificultades a la hora de acceder a programas de protección, dado a que en muchos casos la dificultad de salir de casa les impide acceder a dichos programas.

Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora ejecutiva de ONU Mujeres resume con exactitud la otra cara de la moneda del confinamiento: “El confinamiento aviva la tensión y el estrés generados por preocupaciones relacionadas con la seguridad, la salud y el dinero. Asimismo, refuerza el aislamiento de las mujeres que tienen compañeros violentos, separándolas de las personas y los recursos que mejor pueden ayudarlas. Es la situación perfecta para ejercer un comportamiento controlador y violento en el hogar”.

Otro elemento esencial que destaca Mlambo-Ngcuka es el colapso de los servicios: Al igual que nuestros sistemas sanitarios se esfuerzan al máximo para atender el mayor número de personas, “los refugios para la violencia doméstica alcanzan también su máxima capacidad, agravándose el déficit de servicio al readaptar dichos centros a fin de ofrecer una respuesta adicional al COVID”. 

No es un secreto a voces que la violencia machista se ha convertido desde hace muchas décadas en una plaga social que acaba con millones de vidas al año. Según estadísticas de ONU Mujeres, “en los últimos 12 meses, 243 millones de mujeres y niñas (de edades entre 15 y 49 años) de todo el mundo han sufrido violencia sexual o física por parte de un compañero sentimental”. Por ello no es macabro considerar que durante el avance de la pandemia es muy probable que esa cifra crezca de forma considera, y con ello “múltiples efectos en el bienestar de las mujeres, su salud sexual y reproductiva, su salud mental y su capacidad de liderar la recuperación de nuestras sociedades y economías, y de participar en ella”, tal como señala Mlambo-Ngcuka.

Las circunstancias actuales complican aún más la posibilidad de denunciar la violencia machista. Tal como se ha denunciado en los párrafos anteriores, el acceso a los medios de denuncia se ha visto claramente obstaculizado por la pandemia. El acceso a las líneas de ayuda o denuncia se ha visto claramente afectado dado a que la víctima de violencia machista se ha visto obligada a convivir un mayor número de horas con su victimario, y con ello se reducen las posibilidades de denunciarlo.

En cuanto a la atención y apoyo psicológico a las sobrevivientes del maltrato machista, el confinamiento ha provocado una clara modificación en el acceso a los diferentes medios de salud mental. A pesar de la existencia de muchas tecnologías que solventan este problema, su acceso es reducido en las clases sociales más bajas, y con ello hay y habrá un incremento considerable de problemas de salud mental de toda índole.

La gestión de violencia machista contra las mujeres debe considerarse una parte fundamental en la respuesta de los Estados para mitigar los efectos del COVID-19. Los efectos nocivos de esta pandemia no solo han debilitado nuestras economías y aumentado notablemente el desempleo. La salud mental de las personas debe tener un enfoque prioritario de la gestión de la mayor crisis de nuestra época.