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En medio de la emergencia sanitaria, una analogía propuesta es considerar a Costa Rica como un paciente que se enfrenta a un procedimiento quirúrgico. El sistema sanitario de este país hace en estos momentos esfuerzos gigantescos por contener una enfermedad de la que todavía se conoce poco, y cuyas dimensiones son tan terriblemente abrumadoras que el país tiene que estar preparado para lo peor: complicaciones, reintervenciones e incluso, la muerte. Nuestro paciente en cuestión ha visto en los últimos días un crecimiento muy importante de casos nuevos, es decir, el paciente se está complicando y es por eso que la estrategia quirúrgica puede ser muy complicada. Como psiquiatra me veo interpelada a hacer algunas observaciones acerca de la condición premórbida así como de la condición psicológica en la que se encuentra este paciente.

Primero tenemos que revisar sus antecedentes clínicos. Hay factores médicos que pueden hacer que una persona tenga un mejor o peor pronóstico frente a una enfermedad. A nuestro país-paciente le aqueja una de las desigualdades más importantes del mundo, producto de la incapacidad por realizar una distribución más equitativa de la riqueza, por las tasas de desempleo, por la informalidad laboral, por la desigualdad de género, por los niveles de pobreza y por otras tantas razones que hoy se ven desnudadas a la luz de la pandemia, así como nuestro racismo y xenofobia.

Tuvimos que levantar nuestra propia alfombra y ver la basura que con descarado disimulo teníamos ahí abajo: la condición de la población migrante trabajadora de la zona norte es más cercana a la esclavitud que a cualquier otra cosa y la población en las cuarterías de San José es de aproximadamente quince mil personas. ¡Quince mil personas! El hacinamiento dejó de ser un problema de las grandes ciudades, porque las cuarterías ilegales de nuestra capital no podrían cerrarse si hoy nos viéramos frente a una cuarentena obligatoria, siendo al mismo tiempo espacios propicios para que el virus se descontrole.

Somos un país que está partido, no por la mitad, sino en un montón de pedacitos que no han logrado encontrar la amalgama que alguna vez los tuvo unidos. Tenemos un país cercenado por esa inmensa y extensa desigualdad: mientras en las cuarterías hay colchonetas de mil pesos la noche, otros nutren sus mesas con espárragos belgas que compran con un sencillo click. Ojalá existiera la misma censura para la mujer que mintió cuando fue a parir, que para las empresas que lucran con la miseria y atropellan los derechos humanos. Ojalá existiera algo de autocrítica por parte de la clase gobernante que ha permitido que llegáramos hasta aquí.

En una segunda instancia, quisiera señalar que este paciente está atravesando un duelo. Parafraseando groseramente a Freud, cuando nos enfrentamos a una pérdida, nos enfrentamos al problema de qué hacer con toda aquella carga emocional que nos vinculaba con el objeto perdido. En nuestro imaginario persiste la Costa Rica que era como una hermosa tacita de porcelana acomodada en un trinchante y que se usaba los domingos. Un día esa pieza se quebró, y hemos tratado de mantenerla pegada disimulando las ranuras, pero el tejido que la compone ha dejado de ser uniforme y ya no tiene la resistencia de antes.

Esa pérdida, en el contexto de una enfermedad devastadora como el COVID-19, nos tiene atravesando un proceso como el propuesto por la Dra. Kübler Ross, compuesto por cinco etapas que pasamos los seres humanos ante un duelo.

La primera etapa es la negación, que en este caso va desde las teorías de conspiración más pintorescas hasta manifestaciones en la individualidad como la realización de fiestas o las negativas a utilizar equipo de protección. Hay en el fondo una especie de certeza de que esto no está pasando o que esto no es conmigo. Son manifestaciones de esta negación ir al supermercado cuando nos da la gana o ir a la clase de yoga mientras nos enojamos porque las otras personas no se quedan en casa.

A la negación le sigue el enojo. En esta etapa las manifestaciones de ira van asociadas a la impotencia y frustración por no poder modificar o tomar acciones que corrijan el curso de aquello que nos está provocando dolor. Solemos atribuir la culpa de esta pérdida a algún factor externo, como cuando nos molestan las medidas que ha ido tomando el gobierno en torno al manejo sanitario o a la apertura económica. Y vamos a ver, las críticas y cuestionamientos de quienes guían el timón de este barco son sumamente válidas además de absolutamente necesarias. Sin embargo, se nos olvidan los antecedentes que nos pusieron en el lugar actual, las posibilidades que existen considerando el entorno mundial, pero no nos podemos quedar pegados en el enojo.

Posteriormente se plantea la etapa de negociación, donde de una u otra forma atesoramos la esperanza de que nada hubiera cambiado, y buscamos opciones distintas para intentar de alguna forma revertir la situación en la que nos encontramos, hasta llegar a pregonar mágicas sustancias cloradas. Nos imaginamos una y otra vez como hubiéramos querido actuar distinto, como quién termina un noviazgo y añora volver el tiempo atrás.

Seguido de la negociación, viene la etapa de la depresión: en esta nos sentimos desolados, sin esperanza, tendemos a aislarnos y podemos llegar incluso a sentir que la vida carece de sentido. Así se sienten algunos —si no es que muchos— de quienes habitan este país: sienten que todo está perdido y que no habrá salida, como si nunca más fuéramos a abrazarnos.

La resolución del duelo vendrá con la etapa de aceptación, cuando logremos comprender la inevitabilidad de la pérdida y nos replanteemos cuál será nuestro camino a partir de ahora. Necesitamos llegar ahí. Necesitamos que este paciente llegue ahí porque todo esto pasará, pero no sin dejar secuelas.

El tratamiento de este paciente no puede quedarse solamente en la atención de la cirugía que con emergencia está necesitando ahora. Comprender y revisar sus antecedentes no son solo actividades meramente documentales, si no que permiten entender las condiciones que lo llevaron hasta este punto para poder corregir lo que se pueda.

Como paciente tenemos que asumir la responsabilidad de cambiar para poder salir adelante. De nosotros depende si una vez superada la crisis, firmamos una ley de amnistía con nuestro pasado o si por fin, dejamos ir a nuestra tacita de porcelana y construimos una mejor versión de nosotros.