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"Las crisis son una mierda", exclamó intempestivamente sin darme posibilidad a tan siquiera bajar el volumen del celular. Esa fue la frase con que un reconocido experto en habilidades de comunicación, al que sigo desde hace un par de años en YouTube, nos daba la bienvenida a quienes presenciábamos su nuevo video sobre la importancia de reinventarse profesionalmente en esta época convulsa.

Contrario a lo que muchos optimistas creemos sobre las crisis, cortesía de figuras de la talla de Albert Einstein (“son necesarias para que la humanidad avance”) o Winston Churchill (“nunca desperdicies una buena crisis”), el rebelde youtuber se deslindaba, muy a su estilo español, del criterio de las masas y de personajes históricos, para sentenciar que la mayoría de ellas son sinónimo de incertidumbre, estrés, desempleo y problemas.

Y pensándolo bien, no deja de tener razón. Nadie quiere estar inmerso en una crisis, sea del tipo que sea. Lo que ocurre es que, tal y como lo advertía más adelante en su video, ya en un tono más mesurado, todas las repercusiones derivadas de una crisis, si quieren ser resueltas, demandan la mejor versión de nosotros como personas y profesionales.

Para matizar un poco la frase con que inicio este artículo, yo diría que, por naturaleza, las crisis son claramente dicotómicas. Nos enfrentan a la disyuntiva de, según nuestra actitud y capacidades, adherirnos al bando de los ganadores o los perdedores. Lo jodido es que, así como extraen lo mejor de muchas personas, también ponen de manifiesto o exacerban las debilidades de quienes no están preparados para sortearlas.

Aterrizando al punto medular de estas líneas, si algo ha dejado al descubierto la crisis por COVID-19 es la ineptitud, torpeza, cinismo, negligencia y charlatanería de algunos gobernantes de ciertos países, sean estos potencias o no. ¿Qué ha marcado la diferencia en que unos sean más exitosos que otros en el combate? Sin ser experto en la materia, yo diría que un factor decisivo ha sido el liderazgo y capacidad de quienes han estado al frente del “war room” (comité de crisis).

Dos países, dos realidades

Un caso de éxito lo tenemos en nuestras propias narices. Costa Rica, hasta el momento, sigue siendo visto por propios y extraños como un modelo a seguir en el manejo de la emergencia sanitaria, gracias a su robusto sistema de seguridad social, el acceso a agua potable, la educación y disposición de su gente, la aplicación de medidas oportunas, y un articulado y eficiente grupo de trabajo público-privado.

Una realidad diametralmente distinta a la que, por ejemplo, se vive en el vecino país del norte. Es curioso cómo en una pequeña franja de tierra y, a la vuelta de frontera, puede cambiar tanto el panorama entre un lado y otro. No hace falta ser un profundo conocedor de la actualidad latinoamericana para llegar a la conclusión de que el responsable de que así sea tiene nombres y apellidos: Daniel Ortega.

La actuación del mandatario de Nicaragua, con la ominosa complicidad de su pareja, Rosario Murillo, no me sorprende en lo más mínimo. Así ha sido siempre en sus 13 años de desgobierno y desvaríos. Siempre en posición de víctima, buscando chivos expiatorios y lanzando cortinas de humo para desviar la atención de los graves males internos que aquejan a su pueblo.

Yo intuí que las cosas pintaban mal cuando, después de varias semanas de silencio sepulcral —ya muchos lo daban por muerto— reapareció, en abril pasado, para emitir un mensaje a la nación y, después de repartir abrazos y apretones de mano, afirmó que, en poco más de un mes, habían muerto 1.200 personas y solo una por coronavirus. Ajá.

Y para rematar, la semana pasada, en su afán de justificar las 309 muertes registradas entre el 1 de enero y el 15 de mayo, a causa de una sospechosa “neumonía”, dijo, muy campante, que “es el ciclo normal de fallecimientos”, renegando contra cualquier posibilidad de suspender actividades masivas. ¿En qué clase de mundo surrealista vivirá?

Debe ser el mismo en el que reside su homólogo de Brasil, donde “una gripecita” ha infectado a más de 330.890 personas (según el corte al viernes 22 de mayo), y el señor Bolsonaro se sigue burlando de cualquier medida de confinamiento que paralice el desarrollo del gigante sudamericano, hoy convertido a liliputiense indefenso que destaca a nivel mundial, no por sus otrora boyantes indicadores económicos, sino por ser el segundo país más golpeado en el mundo por la pandemia, después de Estados Unidos, otro país cuyo presidente, en un acto no menos demencial, osa recetar baños de sol e inyecciones de desinfectante para detener más de millón y medio de contagios

Lógica incomprensible

Por más que me devano los sesos, no logro entender la lógica detrás de quienes se empecinan en negar lo innegable. ¿Cuál es el problema en admitir que la crisis los ha superado? ¿Qué ganan con proyectar una falsa imagen de autosuficiencia en momentos donde todos necesitamos ayuda? Si no saben qué hacer que renuncien o deleguen la toma de decisiones en quienes sí están capacitados —y emocionalmente estables— para afrontar la situación con un mínimo de conocimiento y sentido común.

De lo contrario, los responsables directos de esta barbarie deben pagar las consecuencias de propiciar, con su altanería y cinismo, una descarada y sistemática violación de los derechos humanos. Eso tiene nombre y se llama genocidio.

A los culpables, por su indiferencia, incompetencia, soberbia, locura —o todas las anteriores juntas—, debe caerles todo el peso de la ley y el derecho internacional. No hay crisis que justifique la impunidad de líderes desquiciados. ¡Cuánta falta nos hace un buen brote mundial de humildad y sensatez!