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La historia probablemente reconocerá la primera mitad de este año como la "Gran Pausa". Pero por ahora, en muchos sentidos, no se siente como una pausa tranquila en lo más mínimo. La rápida propagación del Coronavirus nos ha desorientado, y nos ha hecho repentinamente conscientes de nuestra vulnerabilidad individual y colectiva, lo que lleva a una sensación global de miedo sin precedentes y una probable recesión global, tal vez peor que cualquiera anterior. Aún desconocemos cuáles serán los impactos totales, pero no debemos subestimarlos.

Los efectos personales, sociales y políticos de la enfermedad COVID-19 se harán sentir incluso después de que volvamos a las condiciones normales de salud. Saldremos, aunque más lentamente, de la inusitada parálisis económica global. La pregunta es, cómo vamos a emerger: habiendo "sólo" vencido una crisis de salud humana o habiendo utilizado y direccionado las medidas de reactivación financiera para al mismo tiempo avanzar significativamente en la emergencia sincrónica del cambio climático. Otra interrogante que surge es si volveremos peligrosamente a las políticas, las tecnologías, los procesos comerciales y los comportamientos del pasado, o si obtendremos lecciones valiosas, emergiendo más sabios y mejor equipados para continuar lidiando con nuestra crisis de salud planetaria, con la cual la crisis de salud humana ha convergido.

Algunas personas han señalado la regeneración sorprendentemente rápida de la naturaleza y la caída repentina de los gases de efecto invernadero, como el vínculo entre la epidemia del coronavirus y el cambio climático. Este nexo es falso. La disminución obligatoria en el transporte y la parálisis en la producción industrial en todo el mundo ha tenido la consecuencia, no intencional, de reducir los gases de efecto invernadero, tal vez por primera vez en la historia. Sin embargo, esta reducción de emisiones es causada por el paro económico, es temporal y, sobre todo, tiene un costo muy alto de vidas y bienestar.

La respuesta al cambio climático tiene que ser radicalmente diferente.

Al tiempo que actuamos en apego a las indicaciones de las autoridades y apreciamos profundamente a las y los muchos héroes al frente de nuestros sistemas de salud y de alimentación, debemos reconocer que este es un momento de enseñanza, del que pueden emanar muchas lecciones valiosas, para ser aplicadas a la crisis del cambio climático.

Puntos en común

Si bien la pandemia de salud es radicalmente diferente a la crisis del cambio climático, existen algunos puntos en común básicos que son instructivos.

Los desafíos globales son de hecho globales. No tienen fronteras nacionales, y no escatiman ninguna región. Estamos presenciando cuán cierto es esto con el coronavirus, y hemos visto cuán cierto es el cambio climático, que a lo largo de los años ha afectado a todos los países, con una combinación de inundaciones, sequías, incendios, ciclones, huracanes, desertificación, derretimiento de glaciares, o aumento del nivel del mar.

Los desafíos globales requieren tanto cambios sistémicos como cambios de comportamiento individuales. Ante la pandemia por COVID-19, los gobiernos han actuado rápidamente para exigir medidas drásticas, pero necesarias para detener la propagación del virus, lo que requiere aislamiento físico, detener el transporte público, reducir los viajes aéreos, cerrar espacios públicos, cancelar eventos públicos y cerrar fronteras nacionales. Al mismo tiempo, las y los ciudadanos han cambiado rápidamente su comportamiento individual en masa, tele-trabajando, enseñando a sus hijos e hijas desde casa, lavándose las manos con mayor frecuencia, protegiendo y cuidando a las personas mayores y demás poblaciones vulnerables. Hemos demostrado que la política gubernamental, es tan necesaria como los cambios complementarios en el comportamiento individual. Lo mismo con el cambio climático. Al enfrentar el cambio climático, los gobiernos tendrán que fortalecer sus políticas e incentivos de reducción de emisiones, y las corporaciones tendrán que establecer su estrategia hacia la neutralidad de carbono. Pero igualmente, las personas deberán cambiar sus dietas, hábitos de consumo y patrones de transporte, porque hemos aprendido que el esfuerzo de cada persona realmente cuenta, cuando se trata de un desafío global.

Es mejor prevenir que curar. Esto es ampliamente conocido en el sector de la salud, y es cierto para cualquier enfermedad, pero especialmente con este coronavirus. En particular, es mejor prevenir lo peor con medidas basadas en la ciencia, en lugar de la fantasía. Se han tejido muchos mitos sobre el origen del virus que ocasiona la enfermedad COVID-19, sobre cómo se propaga y sobre cómo se puede controlar. Los mitos son entretenidos, pero no útiles. La única forma de contener la enfermedad es seguir estrictamente las recomendaciones de los profesionales en salud. Con el cambio climático debemos aplicar el mismo principio. Algunos incluso creen en el mito de la inexistencia del cambio climático, nuevamente entretenido, pero no útil. Sólo siguiendo la guía de la ciencia, podremos abordar el cambio climático de manera efectiva.

Algunos son más vulnerables que otros, pero todos estamos expuestos. Las personas enfermas y ancianas están más amenazadas por el virus, pero si una sola lo contrae, todos quedan expuestos. En comparación con los países industrializados, los países en desarrollo son más vulnerables, debido a la capacidad mucho menor de implementar aislamiento mandatorio cuando está en juego el sustento del día, o incluso lavarse las manos adecuadamente cuando el agua limpia es escasa. A menos que los países en desarrollo reciban suficiente apoyo para frenar la propagación del virus, podrían enfrentar brotes recurrentes de COVID-19, colapso social y migración a medida que la escasez de alimentos y el miedo se afianzan, todo lo cual ejercerá una presión extraordinaria sobre los países industrializados. Los científicos del clima han venido advirtiendo sobre impactos de similar naturaleza, pero de escala mucho mayor, debido a la falta de capacidad para reconstruir la infraestructura destruida por desastres o proporcionar alimentos y agua en condiciones ambientales deterioradas. Si las migraciones producto del coronavirus son posibles, las migraciones masivas debidas al cambio climático son completamente predecibles a un orden de magnitud mayor.

Tenemos la capacidad de cuidarnos unos a otros. El coronavirus se aborda principalmente a través de prueba y aislamiento físico, según lo recomendado por expertos en salud. Sin embargo, el confinamiento detrás de cuatro paredes nos ha hecho llegar a otros más que nunca, con solidaridad y con generosidad de espíritu. El aislamiento físico ha permitido darnos cuenta de que estamos juntos en esto. Con COVID-19 como con el cambio climático, sólo podremos abordar el desafío si todos trabajamos conjuntamente. La pandemia de este coronavirus muestra la necesidad de construir comunidad, en colaboración radical entre gobiernos, corporaciones, sector financiero e individuos. Podemos salir de esta emergencia sintiéndonos más conectados entre nosotros que antes, y más preparados para enfrentar otros desafíos globales.  Podemos hacer grandes cosas si lo hacemos juntos.

Las diferencias

Por supuesto, existen diferencias importantes en las características de las dos emergencias:

Agudo versus crónico. El coronavirus es un desafío agudo que surgió de la nada, sin advertencia previa, generando pánico masivo. Dejamos caer a la proverbial rana, en el agua hirviendo. Los gobiernos reaccionaron a la inminente emergencia de manera rápida y decisiva. Por el contrario, el cambio climático es una amenaza crónica sobre la cual hemos tenido décadas de advertencias científicas y amplia evidencia. La amenaza ha estado con nosotros durante tanto tiempo, que ha asumido las características de la ignorante rana que nada en el agua, que se está calentando. Inconscientes de la gravedad de nuestra situación, nuestras respuestas han sido insuficientes para controlar el aumento de las temperaturas globales. Estamos peligrosamente cerca de puntos de inflexión irreversibles en la naturaleza, después de los cuales se desenlazan desastrosos ciclos de retroalimentación.

A mediano plazo y manejable versus a largo plazo e inmanejable. El coronavirus ya ha afectado a miles de vidas humanas y ha detenido la actividad económica. Las pérdidas económicas masivas, particularmente en los países en desarrollo, podrían conducir a una disrupción social colosal y desigualdades magnificadas. Y, aun así, esta crisis de salud humana, es un pequeño anticipo de lo que podríamos sufrir bajo el cambio climático. Amenaza a millones de vidas humanas, y podría fácilmente eliminar todas las posibilidades de cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, condenando a la mayoría de los países en desarrollo al colapso social, la pobreza permanente y la devastación económica en las próximas décadas. De hecho, las temperaturas globales exacerbadas podrían amenazar a la civilización humana misma.
No pedimos que estas dos crisis convergieran sobre nosotros, pero lo han hecho. En teoría, podríamos tratar a cada una de ellas por separado, o tal vez incluso de forma secuencial. Pero no tiene sentido hacer eso, abordar una mientras se ignora la otra sería desastroso. Debemos abordar ambas crisis en consonancia entre sí.
La primera tarea de los gobiernos del mundo ahora es la respuesta médica, así como atender las prioridades inmediatas de alimentos e ingresos diarios. No sabemos cuánto tiempo llevará eso.
Pero, al mismo tiempo, los gobiernos deben prepararse cuidadosamente para la segunda tarea: la masiva inyección de fondos para impulsar la economía. Los gobiernos y los líderes financieros ya están considerando estos paquetes de estímulo para después de la emergencia médica. Debido a su escala, esta reactivación puede socavar por completo o acelerar significativamente los esfuerzos globales de descarbonización.

El momento en que nuestras economías están de rodillas, es el mejor momento para restablecer el sistema. Tendremos la mayor inyección de efectivo en la economía desde la crisis financiera de 2008, y quizás aún mayor. Esto delimitará los contornos de la economía internacional en los años venideros y vendrá exactamente al comienzo de la década, en la que las emisiones deben comenzar a descender para alcanzar una reducción del 50% para 2030. Nunca ha habido un momento más crítico para establecer la ruta crítica hacia un futuro bajo en carbono.

Necesitamos un restablecimiento consciente de la economía. Si las inversiones se dirigen a activos e industrias con alto contenido de carbono que continúan contaminando la atmósfera y aumentan las temperaturas globales, saldremos de la crisis de salud humana sólo para encontrarnos condenados a un futuro de destrucción cada vez mayor, de infraestructura y hábitats, hambre, enfermedad, disrupción social, violencia y migraciones masivas. Habremos saltado del sartén al fuego. Por otro lado, con las tasas de interés en su punto más bajo, los líderes políticos y financieros del mundo, ahora tienen una ocasión sin precedentes para garantizar que las inversiones de recuperación ofrezcan beneficios de productividad y al mismo tiempo, ayuden a doblar la curva de emisiones y, por ende, acelerar la transición energética en una manera socialmente inclusiva. Además, la misma inyección de capital en una economía limpia no sólo impulsará la economía y nos permitirá estabilizar las temperaturas globales, sino que también puede traer muchos beneficios derivados, que incluyen empleos más estables a largo plazo, aire limpio y ciudades más saludables, transporte más efectivo y sostenible, independencia energética, electrificación de poblaciones muy remotas, desarrollo económico más equitativo y regeneración crítica de suelos y océanos degradados.

La Gran Pausa puede ser nuestro momento Eureka. Finalmente, podemos descubrir cómo perseguir una serie de objetivos de desarrollo sostenible en consonancia entre sí y con la misma inyección de capital. Si bien las crisis han convergido, podemos hacer converger las soluciones. En medio de uno de nuestros mayores desafíos como humanidad, podemos elegir abordar el otro gran desafío, construyendo un mundo mejor, no sólo a corto plazo, sino también a mediano y largo plazo. Es nuestra oportunidad de poner la luz larga.