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Cuando la enfermedad COVID-19 alteró la continuidad del mundo, muchas cosas cambiaron de forma inesperada.

Uno de los cambios más inmediatos y visibles fue el de la educación: unos cuantos días después de comenzar a convivir con la pandemia, se anunció el cierre de escuelas por un largo periodo. De inmediato, fue necesario encontrar una solución para darle continuidad al proceso de enseñanza-aprendizaje de forma no presencial.

La paradoja: en el mundo educativo llevamos más de diez años hablando de virtualidad, de la inserción de recursos audiovisuales y multimedia en las clases, del uso de la web como herramienta indispensable en la gestión del conocimiento, de la importancia de que los docentes se capacitaran en tecnología porque sus estudiantes eran “nativos digitales” que necesitaban el mundo virtual para aprender. A pesar de años y años de sentirnos “capaces” de gestar experiencias educativas para la virtualidad, cuando llegó el momento, estuvo lejos de ser lo que imaginamos. Los profesores no estaban preparados para ceder el control de la clase; los estudiantes no estaban listos para tenerlo; los padres de familia no estaban listos para ejercer un rol realmente activo en la comunidad educativa. Sin embargo, no había otra opción: detenerse no era una posibilidad. Y con todo, conforme pasan los días, vamos aceptando poco a poco esta transformación y haciéndola cada vez más nuestra.

¿Cuál es el mayor problema que enfrenta la comunidad educativa hoy? El aferrarse al pasado.

Aunque las prácticas educativas han sido casi invariables desde el siglo XIX (los intentos de “remodelación” del sistema se han quedado siempre en decoraciones bastante superficiales que no alcanzan la profundidad de la estructura), la pandemia nos puso frente a una realidad que, esta vez, es inevitable: hay que cambiar… todo.

Se trata de un cambio global, porque es imposible asumir el aprendizaje virtual desde las prácticas y las teorías de la educación presencial, pues son realidades completamente diferentes: no se pueden ejecutar las mismas clases (ni siquiera las mismas clases acompañadas de videos, fotos, juegos y otros recursos en línea) porque hay una distancia entre actores que implica otra forma de aprender. La verdad es que ya ni siquiera podemos hablar de “clases”; ese concepto no existe en esta nueva educación.

Ante tal panorama, la fórmula ganadora de la educación virtual es la reinvención. Para los adultos es difícil sacudirnos las estructuras (por más desgastadas y viejas), porque nos resulta atemorizante pensar que, aunque puede existir otra manera de hacer las cosas, hay que aprenderla. Eso implica salirse por completo del área de confort.

Es un salto al vacío; casi un salto de fe. Pensar que los cinco, seis, diez años de estudios universitarios hoy sirven para casi nada frente al nuevo panorama puede ser paralizante. Pero es una realidad. Entre más pronto lo aceptemos, más pronto terminaremos de girar. A fin de cuentas, quien vive nunca deja de aprender.

Entonces, ¿de qué va la educación ahora? Empecemos mejor por ¿de qué no va?, para entender qué dejamos atrás. Centrémonos en tres ideas:

  1. En la educación virtual, no hay clases: se diseñan cápsulas de aprendizaje que son productos completos en sí mismos, tan interesantes para los estudiantes (y tan cercanos a ellos) que se fijan en su mente y le resultan de provecho… para la vida. Las materias son canales para conocer el mundo que los rodea y para reflexionar sobre él.
  2. Como no hay clases, los planeamientos tal y como los concebimos quedan fuera de la ecuación, porque todo lo predecible es inútil frente a una forma de aprendizaje que se caracteriza por ser volátil. Cuando vamos a diseñar cápsulas de aprendizaje, establecemos rutas didácticas: documentos simples que guíen al docente y al alumno en el camino que están por emprender juntos, pero cada uno desde su casa. A partir de los resultados alcanzados en una cápsula de aprendizaje se construye la siguiente, tomando en cuenta cómo fue recibida por los estudiantes, cómo analizaron la información y qué tan entretenido resultó el momento (sí, el aprendizaje divertido cobra en este momento una importancia vital).
  3. En la educación virtual, la evaluación es dispensable (y aquí está la peor traba para el salto de fe: esto sigue siendo impensable para un amplio sector educativo que cree que, si no hay nota no hay aprendizaje). ¿Exámenes, pruebas cortas? Con lo escandaloso que pueda sonarles a algunos, eso es cosa del pasado; al menos en la forma y con el objetivo que tenían en las clases presenciales. Esa preocupación docente de encontrar la manera de que el estudiante no “haga trampa” es una pérdida de tiempo y un desgaste innecesario. En la virtualidad, al estudiante se le asigna trabajo que hacer: trabajo real, aplicado a la realidad; trabajo que le permita analizar, reflexionar, indagar, descubrir, crear, inventar y, ante todo, crecer como ser humano. Y de la producción del estudiante (simple y creativa) eventualmente puede gestarse una nota… si se quiere.

Como actores del proceso educativo debemos tener estos puntos presentes. Estamos construyendo algo nuevo… y eso que construimos es positivo. Las dificultades de iniciar esta modalidad son muchas. Todos, absolutamente todos, los que integramos la comunidad educativa estamos aprendiendo. Pero es un reto que, asumido con responsabilidad, nos va a llevar a descubrir, finalmente, el modelo educativo del siglo XXI.

Estamos a punto de dar ese gran salto educativo. Y lo más emocionante es que es inevitable simplemente porque no es opcional. Hoy todos los docentes están haciendo esfuerzos, aprendiendo y desaprendiendo para mantener el proceso de enseñanza-aprendizaje y fortalecerlo. Cuando llegue el momento de volver a las aulas, recibirán a los estudiantes con una nueva perspectiva, porque estos días de virtualidad van a demostrar que todos podemos ser autogestores de nuestro propio aprendizaje.

En medio de la incertidumbre, disfrutemos profundamente esta nueva experiencia educativa que nos enseña a ser autosuficientes, creativos, solidarios y responsables.