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Tratar de imponer los argumentos de unos por encima de otros es una ruta innecesaria si se aspira a generar un ambiente colaborativo para formular soluciones, más cuando el espacio de reacción es limitado, y esas soluciones se requieren urgentemente.

Recientemente la Unión Costarricense de Cámaras y Asociaciones del Sector Empresarial Privado (Uccaep) y un grupo de economistas, autodenominados pluralistas, presentaron sus propuestas, y las mismas generaron un ruido innecesario que hizo que el mismo presidente tuviera que salir a aclarar indicando que “Ninguna decisión se tomará escuchando a un solo sector, sino a muchos”, vía Twitter.

La altura de la discusión que el momento demanda es uno donde —para determinar las remodelaciones estructurales del Estado costarricense— no interfieren los cálculos políticos de corto plazo o los miedos políticos e ideológicos. Se formulan soluciones cuando puntos de vista opuestos se sientan en la misma mesa a encontrar equilibrios o balances y no cuando un punto de vista quiera imperar sobre otros, sin considerar puntos alternos.

Fue hace algunas décadas atrás que se decidió que en Costa Rica valoramos la salud, la educación y una sociedad desmilitarizada, y estos valores se capitalizaron en una institucionalidad que hoy vela por cada una en su área. Hoy el reto es el de sentar en las mesas de trabajo a los antagonistas para crear soluciones, en lugar crear burbujas teóricas excluyentes, así como el de modernizar estas instituciones y el de la generación de políticas de empleo y sociales que les permita a las personas avanzar en su desarrollo personal.

La sociedad gana cuando se incluye a una persona que avanza en su desarrollo personal, pero pierde cuando en algún punto es excluyente. ¿Cuáles valores hay que capitalizar en nuestra institucionalidad estatal, para beneficio de las próximas generaciones?

El Sistema de las Naciones Unidas en Perú publica en sus redes sociales que La respuesta al #COVID19 debe estar centrada en las personas y sus derechos. Debemos prestar especial atención a quienes viven en situación de vulnerabilidad.

No se debe obviar ningún recurso disponible para evitar la exclusión, que no es ni más ni menos que la peor de las consecuencias de la desigualdad, y se combate con ejercicios de empatía con las personas en vulnerabilidad y sus necesidades, para permitir la formulación de soluciones más focalizadas.

Uno de los desafíos por superar es el de entender que hay expertos, conocedores, aprendices e ignorantes, en quienes sí sepan manejar un tema recaerá una de las mayores responsabilidades: la de actuar con humildad en lugar de imponer ideas, donde el rol que los políticos pueden aportar es el de ser facilitadores para la consolidación de soluciones dispuestas a la ciudadanía a partir del flujo de la información experta. Desgraciadamente, y como lo evidencia la exministra de Salud María Luisa Ávila, hemos visto también el efecto de Dunning-Kruger a la orden del día: “cuanto menos sabemos sobre una materia, más expertos nos creemos”.

Mirando hacía la experiencia en el exterior, en los Países Bajos un grupo 170 académicos holandeses plantearon un manifiesto de puntos para el cambio económico post COVID-19, basado en los principios del decrecimiento. Allí mismo el ministro de Finanzas, Wopke Hoekstra, al hablar acerca de su propuesta indicó: “que el plan no es perfecto, y que pueden surgir errores durante su implementación”.

¿Estaremos en la capacidad de entender con empatía las necesidades de los más vulnerables; que no hay planes perfectos; que la incertidumbre es tal que la planificación no es posible, y que en el tema económico es necesario compilar todos los recursos escasos que poseemos, empezando por los intelectuales?