Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

Como en comentarios previos he mencionado, las autoridades de salud tienen varios frentes abiertos: La crisis originada por la pandemia, las noticias falsas y los “opinológos” que sin el más mínimo criterio técnico pretenden decirles a las autoridades lo que deberían de hacer ante esta pandemia.

Por supuesto, y soy la primera en reconocerlo, la pandemia del COVID-19 que ha generado una parálisis mundial sin precedentes, goza de un enorme interés ciudadano y es lógico que todos queramos tener algo que decir, lo cual es sin la mínima duda un derecho, sobre todo en países democráticos como Costa Rica, sin embargo, entre opinar y pretender que esa opinión sea un mandato, hay una enorme brecha. 

Uno de esos puntos de interés ciudadano, algunos con interés valido, otros con interés politiquero, ha sido el tema de las pruebas y su uso masivo. Aquí primero hay que definir qué se entiende como “masivo”. No implica que es una prueba por cada persona que habita el territorio de un país. Países como Islandia que han sido puestos como ejemplo, tamizaron a un 10% de su población de aproximadamente 350.000 habitantes, el estudio comprendió dos fases; 1) un mes antes que se detectará el primer caso, iniciando su estudio con personas que tenían el antecedente de haber viajado a regiones de alto riesgo y que además tenían síntomas respiratorios, 2) a personas sin o con pocos síntomas. Además, Islandia cuenta con el deCODE Genetics–Amgen, quien se hizo cargo de los costos del estudio, ya que ellos son los desarrolladores de la prueba aplicada. Es evidente que la experiencia de Islandia no es aplicable a Costa Rica donde tenemos ya casos desde hace más de 5 semanas. La realidad es que ningún país -de los llamados importantes- ha hecho “pruebas masivas” como sugieren los que piden “pruebas masivas” para Costa Rica. 

Mi primer mensaje es: pruebas masivas no se refiere a la totalidad de la población, sino a un porcentaje de la misma, quizá 10% parezca bajo, y la pregunta sea ¿por qué no 20%, 30% o 40%?, y la respuesta es porque los países tienen momentos epidemiológicos diferentes.

Ahora ¿cuál prueba aplicar? En este momento en Costa Rica se utiliza la PCR-RT (reacción en cadena de polimerasa en tiempo real), que detecta material genético del virus, para lo que se requiere la toma de una muestra de moco de la nariz y de la faringe que se obtiene por medio de un hisopado o aspirado de la zona mencionada.

Para la toma de esta muestra es necesario equipo de protección personal y si se hace aspirado se corre el riesgo de causar aerosolización y contaminar superficies cercanas a la zona donde se tomó la muestra. El momento ideal para tomar la muestra es entre los 3-7 días de haber iniciado con los síntomas, que es cuando más partículas del virus (carga viral) se encuentran en el moco, y por ende hay más posibilidades de que salga positivo. Por otro lado, si salen negativas no significa que ante una posterior exposición no vayan a salir positivas. Entonces surge la pregunta ¿cada cuándo haríamos esta prueba de manera “masiva”? y ¿cuál es la utilidad de hacerla sin síntomas?.

Esta PCR es cualitativa, dice si o no a la presencia del virus, hay otras pruebas de PCR que son cuantitativas, y dice cuantas partículas del virus hay, los científicos de Alemania -primer país europeo en reportar un caso-,  identificaron que menos de 100000 partículas no son infectantes. Esta PCR cuantitativa no esta disponible fácilmente y se requiere personal altamente capacitado, el cual lo tenemos en Costa Rica, pero por la complejidad de la prueba su reporte no es rápido, por lo que no es de ayuda para la toma diaria de decisiones. Adicionalmente, cuantificar la carga no garantiza la no infectividad, puesto que muchos factores pueden incidir sobre la medición: cantidad y calidad de muestra, preservación del virus, oscilación de la carga entre días, entre otros. 

Otras pruebas que se pueden hacer son las serológicas, las cuales miden los anticuerpos (defensas) que desarrollamos al exponernos a un virus, hay dos importantes, la IgM que es la que refleja infección aguda y la IgG que es la que evidencia que tuvimos la infección y por ende tenemos protección, pero ¿por cuánto tiempo estamos protegidos?, es una respuesta que aún no se tiene ya que este es un virus que lleva poco tiempo entre nosotros. Y el problema de estas pruebas es su validación, lo que significa que pueden dar resultados erróneos siendo positivas o negativas falsamente. Esto debe ser considerado con mucho cuidado, un error, implica que se “disparen” los casos y ocurran muertes.

Una reciente publicación de Nature menciona la preocupación que  muchos científicos han expresado en cuanto a la precisión de los kits utilizados en estudios de serologías, porque la mayoría no han sido evaluados rigurosamente para confirmar que sean confiables.

Paralelas las pruebas aludidas, han surgido otras que se denominan “pruebas rápidas” o “rapid test”. Estas utilizan un filtro para identificar los anticuerpos IgM o IgG. Se toman unas gotas de sangre de un paciente con síntomas sospechosos y se añaden a este filtro. Si los anticuerpos IgM o IgG se encuentran presentes en el espécimen de sangre del paciente, se produce una reacción de color en el filtro. El cambio de color, puede ser detectado en 30 minutos y significa que la muestra contiene posibles anticuerpos. Debido a su rapidez y fácil manejo, esta prueba tiene un margen de error mayor a la prueba molecular. Una de las razones por las cuales el margen de error es alto es que, en general, estas pruebas rápidas solo pueden detectar los anticuerpos IgM o IgG hasta 5-7 días después de que el virus entró al cuerpo, lo que puede excluir la detección de casos asintomáticos o recién infectados.

Este es mi segundo mensaje, hay que escoger muy bien las pruebas que se van a utilizar, las cuales serán de utilidad diseñando una estrategia conveniente que utilice las pruebas racionalmente y según el momento epidemiológico que se identifique en el país. Por ende, la realización de las diferentes pruebas obedece a una estrategia para controlar la cadena de contagios, y por supuesto la estrategia, la cantidad y el tipo de pruebas dependerá de los resultados que se vayan dando, del comportamiento del virus y de su dispersión en la población. 

La pandemia por el COVID-19 ha desatado en más de una persona el efecto de Dunning-Kruger: “cuanto menos sabemos sobre una materia, más expertos nos creemos”. No debemos olvidar que por más buenas intenciones, o malas en algunos casos, se requiere un entrenamiento profesional para decidir sobre ciertos aspectos de nuestra realidad, para que las decisiones sean basadas en evidencias y no en ocurrencias. Hay temas que son muy técnicos que requieren grupos multidisciplinarios, y en el caso de las emergencias sanitarias son los profesionales en ciencias de la salud los que deben marcar las pautas.