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En el comentario de la semana pasada mencioné la tesis sobre la “trampa de los ingresos medios”. Esta señala que cuando las economías, como las latinoamericanas, llegan a un nivel intermedio de ingreso per cápita (entre $11.000 y $17.000) dejan de crecer si no se ajusta la “estructura patrimonial”, aquella compuesta por los recursos naturales, humanos y de capital. Es decir, hay una desaceleración y ralentización de la economía. Las economías emergentes crecerán este año un 3.9 % y América Latina un 0.2 %.

La tesis fue formulada en 2007, cuando se mostró que las economías de ingresos medios crecen más lento que los países ricos y pobres. No logran ser tan competitivos frente a las economías con industrias maduras (países con bajos ingresos y acelerados procesos de industrialización básica), como tampoco frente a las economías innovadoras con industrias con tecnologías de punta (países de altos ingresos).

Esto es precisamente lo que pasó en América Latina (aunque en algunos países más que en otros), se dejó de crecer desde 2013. Pero con un agravante: se aprovechó el auge de los altos precios de las materias primas (cobre, petróleo y productos agropecuarios con cierto nivel de industrialización) y los beneficios de la industrialización en su fase intermedia —ya no la industria maquiladora que emigró a los países de bajos ingresos en la región— para fomentar políticas clientelistas y asistencialistas. Lo grave fue que no se aprovechó la “década dorada” para hacer la transformación de la estructura patrimonial de forma simultánea. No se entendió la dinámica de lo que se llama el “espacio del producto” y las características dinámicas del índice de complejidad económica. Hoy la economía, sobre todo en términos de ese espacio del producto, opera como una red neuronal. Si no hay recursos para atender la demanda, el motor económico marcha a una velocidad menor y la economía se ralentiza. Todos los componentes de la economía están estrechamente conectados.

Los países latinoamericanos pensaron que, con la industrialización, un tímido avance hacia la economía de servicios y una activa inserción en los mercados internacionales sería suficiente para seguir creciendo y así contribuir a reducir la cantidad de población bajo la línea de la pobreza. Costa Rica es un buen ejemplo de ello. Mientras que los países asiáticos comprendieron que junto con los cambios en el modelo de desarrollo tenían que implementar la transformación de la “estructura patrimonial”; procedieron de esa forma y lograron superar la trampa de los ingresos medios. Hoy son las economías que avanzan hacia ingresos per cápita altos y sus universidades y centros de investigación compiten con los estadounidenses y europeos. Ello ocurre en Vietnam con un gobierno de izquierda o en Corea del Sur con uno conservador.

Pero, además, en la región la izquierda pensó que el auge de las materias primas se mantendría por décadas y empeñaron el futuro de los países. Venezuela con el régimen chavista, Argentina durante el periodo de Cristina Fernández y Ecuador bajo Rafael Correa. Hoy esos países pagan las consecuencias de políticas populistas basadas en los precios altos de sus exportaciones y la falta de transformación de la estructura patrimonial. Los Gobiernos de derecha consideraron que era suficiente lo que se había hecho para reducir la pobreza, por lo que revirtieron las políticas clientelares y asistencialistas de sus antecesores, adoptando políticas conservadoras, regresando a la concentración de la riqueza. Por eso se ha visto el aumento de la brecha socioeconómica, medida por el coeficiente de Gini. Ambos bandos fracasaron y como no hay una oferta electoral distinta, la ciudadanía lo que hace es apoyar a los que estuvieron antes, como si esa fuera la solución.

Lo que ahora se observa en Chile, Bolivia, Ecuador y como un efecto dominó en otros países en los próximos meses y años, es precisamente el resultado de no haber continuado con la transformación de la economía. A ello se suma la ausencia de modernización de los sistemas políticos y el descontento con la política y lo político de la ciudadanía, dando lugar a la “ciudadanización de la política” y a mayor “democratización populista”. Por lo que el coctel de la brecha socioeconómica, la pobreza, la exclusión y el sectarismo resulta explosivo. Esto hace que la agenda pública crezca de manera acelerada y los Gobiernos cuentan con menos recursos para atender las demandas, lo que genera mayor explosión social y política.