Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

A los creyentes en Jesús les cuesta digerir que la crucifixión de su líder haya sido la consecuencia política de haberse rebelado contra Roma, y no una sanción religiosa por declararse espiritualmente mesías. Veamos.

Una pena tan infame como la crucifixión no pudo ser un dato inventado por sus seguidores. El titulus crucis que señala a Jesús como “rey de los judíos” (Mc 15,26; Lc 23,38; Mt 27,37; Jn 19,19) precisamente lo haría culpable de intento de sedición. Jesús fue ideológicamente anti-romano, hay demasiados indicios (al menos 35 textos) en los evangelios que prueban el carácter sedicioso de Jesús como líder de un grupo cuyo mesianismo apocalíptico terminó en la crucifixión y que, además, terminó de la peor manera: asesinaron seguidores, apresaron y crucificaron al líder y a otros dos implicados, y otros muchos se dispersaron, incluido Simón Pedro, pues la sedición no solamente pesaba sobre el líder (Jesús), sino sobre seguidores y parientes (familiares cercanos).

Llama la atención que tanto en Marcos (15,27) como en Mateo (27,38 y 44) se les dice a los acompañantes crucificados de Jesús “lestaí” y que fue traducido con mucha imaginación y poco rigor filológico como 'ladrones’. Lucas 18,11 los denomina “kakourgoí”, ‘malhechores’. Juan habla solo de “otros dos”. Pero los romanos no crucificaban arbitrariamente (hoy sí, mañana no): solamente crucificaban a insurgentes. Es más, un autor tan poco sospechoso como Flavio Josefo (cf. Guerra de los judíos, 2, 254) usa el término “lestaí” referido a aquellos que combatieron contra Roma y que llevaron a los judíos a la primera gran guerra. Pero Lucas 13,1 apunta que hubo galileos cuya sangre fue mezclada con la de sacrificios (en alusión a un ambiente sedicioso), mientras que Marcos 15,7 y Mateo hablan de una insurrección (“stásis”) con resultados mortales. Pilato no dudó en condenar a Jesús y a los suyos a la crucifixión y en colocar a Jesús en medio de los otros dos para insinuar sus intenciones regias y su liderazgo (F. Bermejo).

Si bien Jesús no fue un personaje sobresaliente, tampoco fue insignificante, su crucifixión debió llamar la atención en ese momento porque Judea estaba relativamente en paz. Sin embargo, hay una variante de los manuscritos del Testimonium Flavianum (Antigüedades judías 18) que dice “Apareció un cierto Jesús.... (en griego, Iesous tis)”, lo cual hace más interesante el texto porque Josefo usa el sintagma de manera despreciativa: Jesús es insignificante para él y también pernicioso (pues creyó que Dios lo ayudaría y que vencería al ejército romano que era cien veces más poderoso que el suyo) por sus pretensiones mesiánicas (A. Piñero) y su capacidad discursiva (Josefo le llama “sabio”, misma palabra que puede ser traducida por “sofista” o “demagogo”, porque arrastró a muchos al desastre de la Gran Guerra, entre el año 66-70 d.C).

Curiosamente, Flavio Josefo presenta a los movimientos anti-romanos de su tiempo despectivamente, porque para él estuvieron motivados por intereses mezquinos (políticamente hablando) que influyen en el deshonroso desenlace tras la guerra judía contra Roma y la destrucción de Jerusalén por Vespasiano a manos de su hijo Tito, pero, al hablar de la “Cuarta Filosofía (secta)”, dejó claro que su máximo exponente fue el rabino Judas el Galileo (s. I d.C.), unido al fariseo Sadoc, y que representaban un ala más activista de los fariseos intelectuales, pero inspirados religiosamente con estrategia política (teocracia igualitaria): no hay otro Señor legítimo sino Dios. Los antecedentes de esta filosofía hunde sus raíces en el año 6 d.C. como reacción ante el censo de la población por parte de César Augusto, quien envió a Quirino, legado de Siria, a fin de someter a los judíos al pago de tributos y para convertir a Judea en una provincia imperial.

En Antigüedades judías 13, Josefo agrega que en el siglo I d.C. aparecieron los tres partidos, el de los fariseos, los esenios y los saduceos. Los saduceos, seguidores de la ley escrita, eran la nobleza sacerdotal y laica, muy helenizados y no creían en la resurrección. Después de la destrucción del Templo, los fariseos fueron los representantes del judaísmo liberal [por lo que eran flexibles en la interpretación de la ley, y creían en la resurrección y en los ángeles, pero confrontaban a los apocalípticos (al estilo de Juan Bautista y Jesús) en sus especulaciones escatológicas y a los cálculos del final de los tiempos], seguían la ley escrita y oral. A los fariseos cultos se atribuyen los Salmos de Salomón (s. I a.C.), Esdras y Baruch (finales del s. II a.C.). De los esenios hablaron Filón de Alejandría, Plinio y Josefo. Qumrán fue una comunidad de esenios, la cual se debió a un grupo de piadosos (haridim) cerca del 128. La persecución de Juan Hircano (134-104 a.C.) aumentó el número de miembros fariseos en dicha comunidad. Se consideraron ‘santos’ y el auténtico Israel. Pacíficos, pero siempre listos para la guerra escatológica contra los hijos de las tinieblas. Eran célibes y tuvieron los bienes en común. Esta comunidad fue cismática respecto del sacerdocio oficial. La salvación era obra de la gracia, no de las obras, pero era necesario cumplir los mandamientos. Los sacrificios que hacía eran únicamente espirituales. El amor era el fundamento de los miembros de la comunidad.

Una cuarta filosofía o vía a estos tres grupos, como se vio, fue la propuesta de Judas el Galileo, que fue asociada con Jesús el Galileo o de Nazaret.