A lo largo del siglo XXI la cantidad de democracias iliberales totalitarias ha aumentado en forma constante, complementado con el incremento de gobernantes autoritarios. Esto fue la norma en la centuria pasada, sobre todo en la primera mitad, en donde hubo mandatarios autócratas de distinta naturaleza, tanto de derecha como de izquierda. Luego llegó lo que se conoce como la tercera ola democratizadora a partir de la década de 1970. Y hasta se afirmó que estábamos ante el fin de la historia, porque el mundo había alcanzado un estadio superior de desarrollo democrático liberal de la gran mayoría de sociedades. Ahora la pregunta que se formula es muy distinta: ¿se está muriendo la democracia? Las amenazas y los ataques que enfrentan provienen de distintos frentes, tanto domésticos como internacionales.

En este momento se alude a la “democracia de baja intensidad” y hasta la “ciudadanía de baja intensidad” o la era de la “recesión democrática” y de la “muerte lenta de la democracia”. No hay que olvidar los efectos del populismo, de izquierda y de derecha, que busca llegar al poder a través de elecciones y de la construcción de un enemigo externo, en un intento por revivir la dinámica de la Guerra Fría. Esto lo hace en particular la izquierda, que no puede gobernar sin tal rival que amenaza la supervivencia del Estado; pero de un aparato estatal que responde a la visión específica y limitada del proyecto político, porque como dijo Hugo Chávez: “nosotros somos el Estado”. ¿Acaso les recuerda a Luis XIV de Francia con el “Estado soy yo”?

Lo que, si resulta claro, no es que esta vez la democracia vaya a morir —históricamente ha logrado, en múltiples ocasiones, adaptarse—, sino que hoy el fenómeno del autoritarismo parece haber retornado con un fuerte impulso, poniendo fin a esa ola de democracias liberales. La lista la encabezan Vladimir Putin en Rusia, quien se asemeja al zar Pedro El Grande y busca restablecer la “Gran Rusia”, pero con un control gubernamental soviético; Xi Jinping en China, con mayor poder que Mao y estilo propio de los emperadores, que aspira a revivir el proyecto hegemónico del “Imperio del Medio”; Recep Tayyip Erdogan de Turquía y su esfuerzo por recuperar el imperio Otomano; Viktor Orban en Hungría, con un estilo transformador de populismo nacionalista; Rodrigo Duterte de Filipinas, el presidente vigilante y policía; y Donald Trump en Estados Unidos, que cada vez más recuerda el estilo jacksoniano y la práctica caótica del manejo de sus empresas. Y debe mencionarse a Matteo Salvini en Italia.

Si lo vemos en América Latina, la lista también se engrosa año a año. Se pueden citar a Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro y Daniel Ortega; y pronto se sumará Evo Morales, si gana las elecciones de octubre, pues buscará una reelección, que la constitución prohíbe. No se puede olvidar a Cuba, ahora con Miguel Díaz-Canet como la cara visible, porque Raúl Castro continúa como el poder detrás del trono.

La diferencia hoy, con los regímenes autoritarios del siglo XX, es que se recurre a las elecciones periódicas para obtener la legitimidad de origen o bien se recurre a “golpes de Estado blandos” (el gobernante cae, pero la democracia se mantiene, no hay ruptura constitucional) y de inmediato a comicios generales controlados, por eso al inicio mencioné a las democracias iliberales totalitarias. Iliberales porque utilizan todos los mecanismos del liberalismo político para ejercer el poder, pero sin los principios y valores que le sirven de base. Y totalitarias —según la concepción de J. Talmon— porque solo existe una y exclusiva verdad política: la del líder mesiánico que asume el poder. Estas democracias iliberales totalitarias se caracterizan por un partido dominante construido en torno al personalismo populista y el mesianismo político del mandatario; debilitamiento o eliminación de las organizaciones opositoras, tanto políticas como sociales; control de estructuras de poder vertical y horizontal a escala nacional y local; adaptación de la constitución y refundación del Estado bajo la concepción de que el Estado es aquel que define el líder mesiánico; búsqueda/adopción de un enemigo externo para mantener un férreo control sobre el sistema político en nombre de la defensa de la patria; y un fuerte respaldo de las fuerzas militares y policiales bajo un esquema de relaciones civil-militares que protejan al gobernante.