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Y es que claro ningún hombre lo ha visto, ni será

conocedor de la divinidad ni de cuanto digo sobre todas las cuestiones.

Pues incluso si lograse el mayor éxito al expresar algo perfecto,

ni siquiera él lo sabría. Lo que a todos se nos alcanza es conjetura.

Jenófanes de Colofón

La información hoy se encuentra, presuntamente, al alcance de todos. El avance constante de la tecnología ha generado cambios en casi todas las actividades humanas, incluyendo aquellas que tienen que ver con la manera en que obtenemos conocimiento. No obstante, el acceso a la comunicación masiva no es condición suficiente para impedir que los seres humanos continúen aferrándose a falsas doctrinas o cayendo en las fauces de la información intencionadamente falsa. Tanto los despreocupados por el acontecer social como los que se hacen llamar intelectuales, sin importar la postura política, normalmente no buscan información que refuten sus creencias, por el contrario, eligen informarse con el contenido que corrobore o legitime sus actuales posturas.

Se hacen conferencias y coloquios en las universidades sobre determinado tema, donde en la mayoría de los casos el público es preponderantemente conformado por personas que se adhieren a los contenidos de ese tema en específico. Los panelistas normalmente pertenecen al mismo campo de acción; no se fomenta la participación de personas que sostengan ideas contrarias. Lo que es más preocupante en numerosos casos se intenta censurar la participación de algún grupo bajo la excusa de la moralidad, en lugar de aprovechar la situación para generar debate y discutir abiertamente los puntos de inflexión. Por el contrario, los grupos crean bandos, y entre ellos discuten una y otra vez acerca de lo que ya saben.

Ahora bien, ¿qué tal si las personas, en lugar de creer poseer —o querer llegar a obtener— conocimiento “certero”, adoptaran en cambio que no es posible obtener tal conocimiento, que nunca lo han tenido y que nunca lo tendrán? Entendiendo “certero”, claro está, como justificado, irrevocable. Para el filósofo vienés, Karl Popper, no era posible justificar una teoría o proposición ni fundamentarla: podemos llegar a establecer su falsedad pero nunca su veracidad, porque toda teoría, tarde o temprano, es revocada o reemplazada por una mejor.

Este pensador, emulando al filósofo presocrático Jenófanes, nos dice que nuestro conocimiento puede aspirar a aproximarse a la verdad, pero la verdad —absoluta— no está a nuestro alcance. Entonces, siguiendo a Popper, ¿en qué consiste nuestro conocimiento? Pues en conjeturas; y la “verdad”, desde el punto de vista de este autor, es la correspondencia de las proposiciones con los hechos, es decir, la constatación de la información con el mundo practico, lo que conocemos por real.

El problema de la opinión pública

La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann desarrolló una teoría denominada “La espiral del silencio”, la cual parte de una premisa: el ser humano siente miedo al aislamiento —a la que yo añado: el miedo a la confrontación—, por lo que es habitual que las personas se adhieran fácilmente a las ideas mayoritarias o con las que presenten mayor familiaridad. Neumann identifica dos tipos preponderantes de actitud al respecto: la primera es la estática y refiere a la que se desarrolla mediante la tradición. La segunda es la cambiante, ocurre cuando el ente humano observa los cambios de opinión suscitados en la sociedad; si estos cambios se identifican con sus posturas personales, esa persona será más propensa a comunicarlo en todos los medios que pueda. Por el contrario, si sus ideales son distintos, tenderá a no compartirlo abiertamente.

El proceso funciona en espiral porque la población siempre está en observación constante de la opinión de los demás; por lo que, a mayor cantidad de personas que callen sobre determinada postura o idea, mayor será la percepción de que la idea contraria adoptada abiertamente es la preponderante o mayoritaria. Ahora bien, una opinión se distingue de la conjetura en que esta última es producto de un proceso análogo al del ensayo y el error, mientras que la opinión se basa más en observaciones de comportamiento sin contrastación.

El falsacionismo como método

El falsacionismo propuesto por Karl Popper implica que toda proposición debe ser susceptible de falsación: se intenta refutar la misma para probar su solidez. Si la teoría sobrevive a la falsación, esta se ha corroborado, pero no verificado, por lo que las teorías nunca quedan cerradas.

Partiendo desde el hecho de que no se puede, ni justificar una proposición ni fundamentarla, la elección de una descansa en las razones (críticas) sobre su rendimiento en comparación a otras; dicho de otro modo, se escoge la que ha resistido mejor las críticas.

A continuación haremos una síntesis de estas ideas aplicadas a los métodos generales de la obtención de información y conocimiento.

  1. La postura escéptica atemperada: Partir desde el hecho de que no poseemos la verdad absoluta y mantener siempre abierta una vía al diálogo.
  2. Falsar nuestra información: Buscar falsadores posibles de lo que estamos informándonos o lo que damos por un hecho, sin importar qué tanto soy afín a determinada idea o doctrina. Recordemos que la información a la que queremos llegar no es la que tenga más casos comprobados sino la que mejor resista las refutaciones.
  3. Reemplazar la opinión por la conjetura: La opinión se basa en una creencia, aunque sea adoptada por una mayoría poblacional. Cuando una opinión es sustentada por una teoría se convierte en conjetura, pero eso no quiere decir que sea incuestionable.
  4. La postra autocrítica: Uno mismo debe poner en duda y a prueba la información con el fin de llegar a la mejor aproximación a la verdad, para finalmente,
  5. Someter la información al debate: Siempre se ha de propiciar la discusión racional, el diálogo con personas o grupos que sostengan ideas contrarias a las nuestras, pues de lo contrario, ¿cómo saber que nuestra idea es realmente la más cercana a la verdad?

Alejados de nuestra mente esos deseos imposibles de querer apropiarnos de la verdad imperecedera, el ser humano tiene la oportunidad de acercarse a sus semejantes con mayor libertad, aunque no compartan sus mismos ideales.