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Hubo recientemente un artículo donde el periodista Alejandro Fernández Sanabria realizó una serie de observaciones oportunas sobre lo que representa el oficio periodístico en la actualidad. Señaló que no es necesario ser un periodista graduado para ocupar un puesto en una sala de redacción, que importa más tener el deseo de aportar desde su sitio de conocimiento y que el título no es determinante. Ejemplos de ello sobran en la historia, aunque lo cierto es que tampoco podemos obviar que existen escuelas de periodismo donde muchos se gradúan cada año y lo seguirán haciendo.

Desde 2014 soy un estudiante ocasional de periodismo en una universidad privada. Sin importar la generación, hay falta de interés, pero sobre todo; una alarmante ausencia de vocación y aptitudes. Los estudiantes no son capaces de analizar noticias, están la mayoría del tiempo desinformados de los temas de trascendencia y, cuando opinan, su criterio se mantiene por debajo del promedio de decencia. Tampoco se puede obviar que los programas de estudio son frágiles en áreas como redacción y formación humanística, claves debido a los vacíos que acarrean los estudiantes desde la secundaria y que se profundizan en la era del selfie. Pese a estas deficiencias los alumnos se gradúan a expensas de sus padres y en detrimento de la opinión pública.

Salvo marcadas excepciones, la decadencia se refleja en el brillo de la televisión o en la opacidad de los diarios. Los medios de comunicación como vehículo para introducirnos en la alcoba de cualquier famosete o para adoctrinar con sus posturas inamovibles en temas progresistas, como si el hecho de que estén dotadas de honorabilidad las hiciera incuestionables. El periodista debe vivir cuestionando los hechos evidentes.

Con la educación en bragas, la universidad es a lo sumo una ruta que debe ser amenizada por el rigor autodidacta. No es una fórmula mágica ni un pasaje directo a lo que en época de nuestros padres se definía como éxito. No asegura trabajo y pocas veces capacidades. Conviene despertar de este sueño, en especial el Colegio de Periodistas (COLPER), que fundamenta su complejo dictatorial en una estadística (22,3 % de graduados en el desempleo) para pedir a quienes no están titulados dejen de llamarse periodistas o los denuncia. Interpretando banalmente la estadística.

Para ser casas de estudio responsables, prestigiosas y dotar de contenido su negocio, las universidades privadas tienen que proponer nuevos métodos a favor de un mejoramiento sustancial en la producción de periodistas (¿por qué no un examen de aptitudes mínimas como requisito antes de matricular la carrera?, para empezar).  Para ofrecer un respaldo responsable a los colegiados (y dotarse de armadura ética), el COLPER necesita preocuparse por la formación de estos, establecer proyectos junto a los centros de estudios para buscar una formación más solvente y actual.