Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

Nunca deja de sorprenderme el efecto que tiene la naturaleza sobre nuestra sensación de bienestar. Por ejemplo, a mí me gusta hacer ejercicio, y hacerlo a primera hora. Llevo suficiente tiempo viviendo fuera de Costa Rica como para apreciar nuestro clima tropical, porque cuando estoy aquí es maravilloso despertarme y que el único problema sea vencer el sueño, y no a los elementos. Rara vez está lloviendo, y nunca tengo frío. Pero en Inglaterra, donde vivo ahora, necesito una fuerza de voluntad muy superior para salir de la cama y correr cuando hay mal tiempo no se disfruta igual. La naturaleza dictamina en gran medida nuestra calidad de vida, pero es algo tan ubicuo que es muy fácil olvidarnos de ello.

Hoy me levanté, me puse las tennis y fui a La Sabana a correr una pequeña carrera de 5K organizada por mi gimnasio. Honestamente no creo que sea necesario tener asistencia en una carrera de esa longitud, pero cada mil metros me ofrecieron agua. No quiero ser malagradecida, pero yo no veía agua si no botellas plásticas. Me parece sorprendente que nos cueste tantísimo hacer la conexión entre la naturaleza que disfrutamos a través de un parque metropolitano, y el daño que causa a esa misma naturaleza nuestro consumo pernicioso de plástico de un solo uso.

La maratón de Londres recién usó cápsulas de agua comestibles, creadas a base de algas, para no usar plástico. Esas son excelentes noticias, pero no estamos cambiando a la velocidad necesaria. El 2030 es la fecha límite para evitar una catástrofe global, ¿estamos haciendo lo suficiente para limitar el aumento de la temperatura del planeta a un máximo de 1,5 grados centígrados? Porque de acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, actualmente vamos camino a un aumento de 3°C, muy por encima del máximo de 2°C contemplado por el Acuerdo de París.

Que no sea obvio no quiere decir que no sea cierto

Aquí es donde llegamos a la íntima conexión que hay entre dos temas cuya relación no siempre es evidente: equidad de género y cambio climático.

En términos simples, las soluciones al enorme reto ambiental actual tendrán que venir de la ciencia, y su implementación efectiva tendrá que venir de la ingeniería y la tecnología. Para lograrlo, necesitamos dar espacio a todas nuestras mejores mentes, y asegurarnos de estarlas escuchando. Sin importar si esas mentes son masculinas o femeninas.

El problema es que en este momento es mucho más difícil para las mujeres llegar a las etapas más avanzadas de las carreras de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Numerosos estudios han encontrado que las mujeres en los campos de STEM (Ciencia, Tecnología, Ingieneria y Matemáticas, por sus siglas en inglés) publican menos, reciben menos paga por sus investigaciones y no progresan tanto como los hombres en sus carreras. De acuerdo con el Instituto de Estadísticas de la UNESCO, menos del 30% de los investigadores del mundo son mujeres.

Eso tiene varios motivos, pero ninguno tiene que ver con una falta de deseo o capacidad de las mujeres para desempeñarse en los campos STEM. El punto es que si no corregimos este desequilibrio, nos estamos perdiendo el 50% de nuestro capital intelectual, el 50% de las ideas que podrían salvarnos a todos.

El cambio climático es el desafío más complejo de nuestro tiempo: requiere una respuesta concertada, proactiva y holística. Dar rienda suelta al conocimiento y la capacidad de las mujeres representa una oportunidad fundamental para crear soluciones eficaces. Costa Rica busca ser el primer país carbono neutral del mundo, para conseguir este logro, digno de nuestro récord de conservación ambiental, nuestro país debe asegurarse de que el potencial intelectual y la capacidad de liderazgo de sus mujeres, no está siendo desperdiciado.

O hay pa todos o hay patadas

Debemos fortalecer nuestra acción climática mediante la promoción de la igualdad de género. A final de cuentas, volvernos feministas y apoyar la justicia de género no solo es moralmente correcto, si no que nos beneficia a todos. De acuerdo con USAID, los países con mayor igualdad de géneros son más prósperos, seguros y competitivos.

Un estudio realizado por Brookings en el 2017 que comparó la educación de las niñas y la vulnerabilidad climática en 162 países encontró que por cada año adicional de escolaridad que una niña recibe; la resiliencia de su país a los desastres climáticos mejora en promedio en 3,2 puntos (es decir, mucho).

Reconocer las importantes contribuciones de las mujeres como tomadoras de decisiones, educadoras, cuidadoras y expertas en todos los sectores y en todos los niveles puede llevar a soluciones exitosas y duraderas frente al cambio climático. Eso es algo que no solo beneficia a las mujeres, si no que crea un mundo mejor para todos los seres humanos, y todas las plantas, y todos los animales, y absolutamente todo.

No parece, pero hay cosas que van de la mano. Como tener un buen clima y estar de mejor humor. O evitar usar botellas plásticas y proteger el parque donde tanto disfruto correr. O enfrentar el cambio climático y empoderar a las mujeres.