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Adam Przeworski (2003), “vale la pena defender la democracia inclusive cuando ella no sea posible”. En este sentido, nuestra experiencia histórica podría ayudar al pueblo venezolano en tan difícil momento, porque aunque mucha gente no lo sepa, Costa Rica es la democracia más estable de todos los países que hablan español en el mundo.

Cuatro lecciones aprendidas de la Guerra Civil de 1948

Se tiene que tener mucho aprecio a historiadores como David Díaz Arias, y otras personas que han estudiado la guerra del 48, porque con cada nueva investigación derriban mitos y descubren errores y aciertos de la posguerra. Al mismo tiempo hay que pedirles comprensión, porque aunque el resultado no fue perfecto, hay que darnos crédito porque las decisiones que se tomaron después de la guerra ayudaron a que Costa Rica tenga la reputación democrática que hoy gozamos. Por eso, y sin pretensiones fanfarronas, parece conveniente resaltar cuatro lecciones aprendidas de nuestra historia, no solo para Venezuela, sino que inclusive para otros países latinoamericanos.

La primera lección surge en la transición. Cuando el Ejército de Liberación Nacional gana la guerra civil en Costa Rica, la Junta Fundadora se convierte en una institución que brindó cierto grado de estabilidad y transición del país. Tomando en cuenta que Maduro no ha mostrado señales de dejar el poder, ni tampoco generar un período de transición, si Guaidó logra tomar el control del Estado, deberá asegurar la transición, ojalá con el mayor número de actores posible. En Costa Rica, la Junta Fundadora definió un período claro y definido por el cual estaría en el poder. La misma sugerencia será para Guaidó, o cualquiera que logre estabilidad en este difícil momento. Reglas además que las respete la misma oposición que hoy reclama democracia. Dicho sea de paso, que de este proceso se logre articular las bases para convocar una constituyente nueva y clara.

La segunda lección, que será la más debatida, es sobre el ejército. Una de las tesis más aceptada en la teoría de los conflictos dice que quien controla el ejército, controla el Estado. La mejor decisión que tomó Costa Rica posterior a la guerra fue desmantelar el ejército. Si ya terminó de leer esta frase, posiblemente ya estará escribiendo el inicio de su artículo para argumentar por qué no considera esta tesis viable para Venezuela.

No obstante, paciencia, porque si bien Costa Rica no tiene petróleo, ni tenía una gran tradición militar, hay soluciones sociopolíticas que vale la pena considerar, inclusive si no pueden llegar a ser. Cuando un país se deshace de su ejército, se somete al poder político para resolver los conflictos. Cuando un ejército existe, quienes buscan el poder se ven tentados a ignorar al pueblo y buscar las armas.

Debo volver a citar a Przeworski (2003), “la democracia consiste en que los humanos con armas obedezcan a quienes no las tienen”. Chaves y Maduro crearon una relación de codependencia con el ejército, dándole a generales funciones civiles como la presidencia de la PDSVA y otras instituciones civiles (Transparencia Venezuela, 2017), creando una espiral donde el ejército se ha vuelto vital para reproducir el poder político y viceversa. Sin ejército, por otro lado, el poder popular se expresa en las urnas y puede ser desafiado sin temor a represalia.

La tercera lección versa sobre la institucionalidad democrática. Cuando Juan Linz y Alfred Stepan (1996) hablan de los elementos que necesita la democracia para ser el único “juego en la ciudad”, uno de los más importantes es la institucionalidad democrática. Para seguir con el punto anterior, esto significa que la gente busque las urnas antes de las armas para solucionar un conflicto. Uno de los grandes aciertos de la posguerra costarricense fue crear el Tribunal Supremo de Elecciones. Esta institución ha mejorado con el tiempo gracias al constante empeño por garantizar elecciones libres, con independencia y neutralidad. Su calidad la ha reconocido a esta institución el segundo lugar a nivel mundial en la escala de Integridad Electoral (Electoral Integrity Project, 2018). Esto se debe a que la Constitución Política casi la tiene como el cuarto poder de la República, e inclusive le brinda el control de la policía (o el ejército si hubiese guerra) en tiempos electorales (art. 102, inciso 6). Si bien es cierto que Venezuela tiene un Consejo Nacional de Elecciones, sus resultados están muy desprestigiados. Quien asuma este período de transición deberá crear una institución nueva, con nuevas reglas y nuevos actores. Deberá asegurar los mayores estándares, mucha neutralidad y, sobretodo, mucha asesoría y auditoría internacional.

Finalmente, la última lección es simple pero históricamente difícil: dejar el poder. No hay que ser un experto en la historia política Venezolana (ni Latinoamericana) para llegar a la conclusión de que dejar el poder no ha sido un distintivo en su historia. Cuando al inicio se hacía énfasis en la necesidad de no desgastarse en discusiones ideológica sobre el futuro gobierno, se hacía precisamente para no caer en la tentación de ligar democracia con adjetivos.

El mayor atributo de la democracia es soltar el poder por elecciones libres. La junta fundadora de la Segunda República de Costa Rica tuvo el valor y la sabiduría de dejar el poder apenas terminó su mandato. Lo mismo deberá hacer quien asuma este período de transición en Venezuela. Es imperante que apenas se estabilice el país, la junta de gobierno llame a elecciones libres y quien gane esas elecciones obtenga el poder, inclusive si no son los mismos que la llamaron. Es muy tentador para quien gana luego de un período convulso, justificar que no tuvo suficiente tiempo para desarrollar su plan político. Sería muy arrogante asumir que la democracia costarricense es perfecta. También es cierto que la democracia tiene sus retos y desafíos (como el populismo). No obstante, tenemos un camino de aciertos para aportar al conocimiento colectivo mundial. Tampoco esto debe tomarse como una receta, porque al final Venezuela deberá seguir su camino propio. Tampoco el camino es fácil, podría ser hasta más difícil que el que tuvo Costa Rica en su momento. Sin embargo, si en el futuro Venezuela logra una democracia estable, es casi seguro que un camino mejor le será posible.