Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

Detrás del totalitarismo (como régimen político que rige un país autoritariamente, es decir, que impide la intervención de otros partidos y que controla todos los aspectos de la vida social, económica, sexual, moral, intelectual, etc.), hay un profundo nacionalismo que, como en el caso del fascismo de Mussolini o del nacionalsocialismo de Hitler, considera a una nación, como Costa Rica, irredenta (diabólica), es decir, sin redimir, tal como también han manifestado representantes del Partido Restauración Nacional (PRN) y del nuevo Partido Nueva República (PNR) en variadas ocasiones, solamente que ahora hay más de lo mismo, pero cristianamente divididos, es decir, unos son de Cristo, otros de Pablo, otros de Fabricio, otros de Avendaño, a saber para todos los gustos durante todo el año, no en vano el nombre de ambos señala su fin de restaurar ‘los valores de la nación’, de retornar a un conservadurismo matizado, puesto que, para los ‘restaurados/as’, Costa Rica ha estado postrada a los pies de Moloch debido a siglos de tibio catolicismo, dios que representa lo peor de los paganos fenicios, cartagineses y sirios. En un principio hay que restaurar religiosamente (¡no al catolicismo, sí al pentecostalismo!), para lo cual es necesario poseer el poder político, pero, mientras tanto, porque “París bien vale una misa”, desmantelar la educación pública —universitaria— que ha contribuido, en muchos sentidos, la democracia bicentenaria.  Veamos.

Para el totalitarismo, algo como la democracia merece un juicio moralmente despectivo por ser anticuada y políticamente incorrecta por ser defensora de los derechos humanos, pues esta “se presta para que el pueblo caiga en el libertinaje de la conducta” (diversidad sexual, por ejemplo), aunque simultáneamente enfatiza el éxito del liberalismo económico (acumulación/explotación) por medio del ahorro/inversión y con lo cual se confirma teológicamente, según ellos, la gracia recibida de su Dios, puesto que hay unos ‘elegidos’, o ‘prósperos económicamente’, que ya están ‘salvos’ (!) y, otros, pobres, sin la gracia divina.  ¡Dios resulta banquero ocioso y, además, antidemocrático!

El totalitarismo convierte a los grupos humanos en tribus regidas por el pensamiento mágico y considera a los ‘otros’ irredentos porque tienen o costumbres religiosas tibias o una formación educativa blasfema.  Para contrarrestar esto, es necesario ‘consagrar el país a su verdadero Dios (el Dinero)’, y no a la Virgen de los Ángeles (pobre, usufructuadora de la gloria del Hijo), pues su Dios les habla a ellos y no a los ‘otros’, aunque salvar a los ‘otros’ implique discriminarlos, perseguirlos, amenazarlos o exterminarlos, etc.  ¿Se trata de salvar a los otros en la hoguera, de ser necesario?

La historia muestra que Hitler creció políticamente en medio de un ambiente de profunda crisis económica, como de alguna manera lo estamos nosotros gracias al bipartidismo irresponsable (al Partido Liberación Nacional y al Partido Unidad Social Cristiana, los mismos que se unieron recientemente al PRN para pasarle el recibo a las universidades públicas, por ejemplo, con 10 mil millones de colones, por una crisis que los políticos de profesión ni previeron ni trataron a tiempo en sus gobiernos).  Asimismo Hitler fomentó un discurso político conservador y mesiánico, como también pasó en las elecciones del 2018 en Costa Rica.  Curiosamente, Hitler llegó al poder como Canciller de la República Alemana por medios totalmente legales y con un poder compartido, pero de cuyos colaboradores se deshizo tras eliminarlos y dotarse de poderes dictatoriales so pretexto de una emergencia económico-política (crisis).  En tiempo de crisis y de política de masas, a saber de mucha imagen y pocas ideas, atacar a las minorías étnicas, fue (si pensamos en los judíos) y ha seguido siendo (si pensamos en los nicaragüenses) un comportamiento político reiterado contra estas minorías que no pueden defenderse, y se sabe que nadie escoge ser inmigrante.  [Días atrás, un diputado restaurado defendió así su postura:  “(...) Lo que ocurre con la ola de inmigrantes es peor que la situación fiscal (...)”]

En el fondo, Mussolini, Hitler y los partidos políticos nacional-restaurados (dizque salvadores por creerse ‘elegidos’, sean católicos, evangélicos o pentecostales) creen que solamente adueñándose del poder político pueden obligar en sus verdades a los otros. Ellos se dieron cuenta que el peso de sus verdades es relativo a quienes las creen y no todos las creen como ellos quisieran, entonces deben obligarlos con la ley. Creen también que únicamente desde el poder político pueden proclamar sus verdades como definitivas, y a futuro toda crítica a cualesquiera de ellas deberá ser castigada con prisión, porque llevaron a la categoría de ley sus creencias, como el exótico proyecto de exoneración de impuestos (del 13% del IVA a las organizaciones religiosas que paguen más de ¢862.000 por concepto de alquileres) al buen negocio de lucrar con la fe, y con lo cual se tornarán vinculantes. En medio de una emergencia política, los grupos totalitarios políticamente improvisan en la necesidad de la acción ya que no tienen un plan de gobierno para enfrentar los retos y lo ponen todo en manos de su dios intimista e individualista, como lo hizo Mussolini.

Respecto de la educación, el totalitarismo cercena, por ejemplo, la democracia al destruir rápidamente el sistema educativo, pasando desde luego por la educación pública, de tal modo que se le arrebata al pueblo la posibilidad de ser educado y crítico, de este modo se mutila la participación ciudadana responsable y se estimula con ello la demagogia arrinconando el pensamiento crítico que, por ejemplo, se construye desde las universidades estatales como formadoras de opinión pública, al debilitarlas en su funcionamiento tras recortar sus presupuestos a fin de asfixiarlas.

Está claro que los regímenes totalitarios buscan imponer un modo único de pensar —como ellos— y para lo cual el debilitamiento del derecho a la educación universitaria (y también privada, colateralmente) resulta un peldaño para la apropiación sin obstáculos del poder político.  Dicho de otro modo, los regímenes totalitarios (o quienes piensan en uno en un futuro cercano) no soportan la libertad de enseñanza puesto que desean en la gente una mentalidad predeterminada:  la educación es suplantada por el entrenamiento (o control mecanizado a través de la propaganda y el adoctrinamiento).  En lenguaje coloquial, el totalitarismo se vale del ambiente de crisis -económica, política, moral, etc.- para vender la idea de que la ignorancia (carácter autoritario del líder o de los líderes políticos) conviene.  Pero, “si usted cree que la educación es cara, pruebe con la ignorancia” (D. Curtis Bok), como lo evidenciaron Hitler, Mussolini, Ríos Montt, Videla, entre otros.

La historia  muestra que solo las falsedades son definitivas.