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Sentada frente a una hoja de papel, lista para iniciar un ensayo el tema del género o la escritura femenina de ensayos; me doy cuenta de cómo a cada minuto se me escapan las ideas. Es tanto lo que se ha dicho, que ya pareciera hasta redundante; sin embargo, creo que la escritura aún no es suficiente, pues el tema sigue insistiendo.

Inicio mi exploración en revistas académicas y me veo inundada de artículos que giran en torno a la mujer: violencia intrafamiliar, feminización de la pobreza, oportunidades de trabajo para la mujer, la problemática de la gerencia femenina, la cosificación de la mujer en la música reggaetón… Y empiezan a crecer, papel sobre papel, los acercamientos a la mujer desde la Academia, en tanto nos distanciamos más de la cotidianidad

Abrumada por todas esas palabras, párrafos y textos, que tratan de neutralizar la afirmación lacaniana de la inexistencia de la mujer; me levanto de la silla de trabajo y enciendo el televisor. Gracias a la publicidad de Ventas por televisión, me entero de la existencia de una crema para eliminar las estrías del embarazo (porque no hay mayor satisfacción para la mujer que convertirse en madre y, a pesar de ello, poder recuperar un cuerpo deseable para su pareja); también veo que hay un limpiador (o palo de piso, como le decíamos en casa) utilizado por una hermosa joven rubia, con zapatos de tacón alto y un corto vestido rojo, mientras habla por teléfono; o veo el mismo limpiador, esta vez utilizado por un apuesto caballero, en tanto le explica a una ama de casa su funcionamiento y las ventajas del producto. Ya en este momento he olvidado a cuál producto se refería el vendedor: la crema milagrosa, el “palo de piso”, la rubia o él mismo.

Apago el televisor y vuelvo a sentarme frente a la computadora para tratar de encontrar algún ensayo novedoso sobre la mujer o su escritura (de pronto ese “su” me parece ajeno: ¿no soy yo mujer? o mejor, ¿soy la mujer?... luego pensaré en eso), mientras resuena en mi cabeza la frase de Lacan: “la mujer no existe”. ¿Cómo voy a encontrar algo que no existe? –me pregunto-. Sin saber cómo, he llegado a las páginas de un periódico en línea donde los titulares destacan el asesinato de una mujer, víctima de su pareja, quien posteriormente se suicidó; también me topo con el comentario de un policía municipal, quien señala la inconveniencia de que Gloria Valerín se convierta en alcaldesa; luego, aparece un video de nuestra presidenta (¿o presidente?) de la República, en algún programa de moda, preparando paella (o viendo cómo la preparan).

Está claro que en esos lugares no voy a encontrar ninguna inspiración para mi ensayo; así que decido salir a caminar y, de paso, hacer algunos mandados en San José. En el autobús, el chofer tiene la delicadeza de compartir con los pasajeros un programa de chistes, donde el anciano, la mujer, el homosexual, el sacerdote, el niño… y muchos otros más, son objeto de burla. En muchos rostros se dibuja una sonrisa, otros ríen sin medida y otros pasajeros, al igual que yo, optan por mirar por la ventana.

Unas paradas más adelante, se sube al autobús una mujer mayor (de la tercera edad, viejita, ciudadana de oro…); el conductor le pide que cruce rápido las barras electrónicas, mientras conserva en sus manos la cédula de identidad que le ha entregado la señora, y que debe deslizar en el lector electrónico para marcar su pasaje. La señora, a regañadientes, se dirige a uno de los asientos marcados para el uso de personas discapacitadas, y se topa con una enorme grada que marca el lugar bajo el cual se encuentra una de las llantas del autobús. Con grandes dificultades logra acomodarse en el asiento, cuando el chofer empieza a llamarla para entregarle la cédula. Ahora se levanta con dificultad y logra alcanzar su cédula, no sin antes ser desbalanceada por el movimiento del autobús que arranca. Algunas personas tratan de ayudarla a llegar a su asiento, pero ninguno de los que viajamos en el bus somos capaces de llamarle la atención al chofer.

Ya en San José, empiezo a caminar por las aceras a gran velocidad. Los malos olores, el rostro de personas que parecen no haberse bañado en meses, la suciedad, las personas que corren a sus trabajos o a cualquier lado, quienes se atraviesan o te golpean en sus carreras. Pareciera una competencia en la que gana quien llega primero a su destino, sin guardar en la memoria el menor indicio de su trayecto. En los alrededores del parque Morazán, me topo con grupos de niñas y adolescentes con rostro de mujeres. En lugar de vestir uniformes escolares, llevan puestos vestidos cortos y su cara muy maquillada. Paso de largo y continúo mi camino. Vuelven a mi mente los estudios académicos sobre la prostitución infantil, números que pronto tienen rostro; pero, lamentablemente, un rostro muy fácil de olvidar, si quiero seguir adelante.

Ya de regreso en la casa, retomo mis reflexiones sobre el tema del trabajo. Es indudable que la ensayista más prolífica y reconocida en el país en esta temática es Yadira Calvo. Lo mejor es no arriesgarse y leer algunos de sus textos y tratar de aplicarle alguna herramienta de lectura. El libro Teoría del ensayo de Gómez Martínez puede serme de gran utilidad (aun cuando sea un hombre español, que en esto del conocimiento no hay sexos ni fronteras).

Empiezo a revisar en mi biblioteca y me encuentro con los textos clásicos de la ensayista: A la mujer por la palabra, Literatura, mujer y sexismo y La mujer víctima y cómplice. Debo actualizarme, el más reciente es de 1991. Quizás haya algo nuevo en su discurso; quizás la autora haya cambiado de opinión; quizás lo que afirma en sus textos no ocurra en la Costa Rica de hoy. Y, de nuevo, como es usual en mí, dejo que los recuerdos se apoderen de mi mente.

Mi hermano muy arregladito va para el cine… me encanta el cine, pero yo no puedo ir sola pues “algo” me puede pasar (según dicen mis padres); o recuerdo una ocasión en que “el niño dios” se equivocó y puso en mi bolsa de regalos el reloj que era para mi hermano y en la mía el que era para él (según me explicaba mi mamá), pero al fin yo no quería hacer el intercambio, porque el otro no me gustaba. Ese hermano era mi compinche, con él jugaba quedó, escondido, de guerra y futbol, entre muchos otros juegos que se nos ocurrían; todo ante el rostro decepcionado de mi hermana mayor, quien, rodeada de tres hermanos varones, celebró el día en que tuvo una hermanita para jugar a las muñecas. No sabía en ese momento, que en lugar de muñecas yo prefería jugar a los vaqueritos.

Mis hermanos mayores, de los que nos separaban décadas (al menos eso creía yo en ese momento), siempre estaban ahí para imponerse; primero, se jugaba lo que ellos querían y con sus reglas. No quedaba más. Lo molesto sucedió en la medida en que ellos pasaban a la adolescencia, pues eran capaces de interrumpir mis juegos para exigirme que les planchara un pantalón, pues nuestra mamá no estaba para hacerlo. Tuve suerte, no era muy buena en los oficios domésticos, y poner en mis manos una plancha resultaba peligroso para la ropa. Lo bueno, en todo caso, es que mi hermana mayor lo asumía y, cuando ya no quiso hacerlo, había otra hermana menor a quien le gustaba hacer de mamá. Así me pude escapar de los quehaceres domésticos, aun cuando debía escuchar los calificativos de vaga y marimacha.

El caso es que era una rebelde, probablemente la mayoría pensaría que sin causa, porque no se detenían a preguntármelo. Ya en mi juventud dejé de ir a misa, y recuerdo –ahora con una sonrisa en mi rostro- cuando le expliqué con detalle a mi mamá el motivo por el cual había renunciado a mi religiosa asistencia cada domingo. Cuando ella escuchó que se debía a mi cuestionamiento de que no hubiere mujeres sacerdotisas, se disgustó. Creo que lo más sencillo para ella hubiera sido saber que simplemente había dejado de ir a misa por pereza o porque no me quedaba tiempo con las tareas de la universidad.

Con el paso de los años y lejos del entorno familiar (o más distanciada debido al trabajo) una cree que los conflictos en torno a las obligaciones propias de ser mujer desaparecen, pero no es así. Sobre todo cuando estás iniciando en ese mundo nuevo que se te presenta, y te das cuenta de lo poco que sabes de la vida. Así, te topas con los hombres; pues antes de ello solo estaban tus hermanos, que primero eran tus compañeros de juego y luego desaparecían de tu vida; tu padre, que casi nunca estaba y cuando estaba, dormía; y los compañeros de la escuela y del colegio, que hacían fila aparte y no se mezclaban con las mujeres –o solo con algunas de ellas-. Los hombres, durante esa etapa, eran los eternos cazadores. No había momento en que no le “echaran los perros” a la nueva, a la joven, bella y flaca, a la reciente adquisición del cuerpo secretarial de la oficina. Con los años, tanto ellos como yo perdimos el interés; siempre habrá una nueva y joven secretaria recién salida del colegio; al igual que siempre habrá hombres que piensan que son cazadores y que todas las mujeres son sus presas. Pero te das cuenta de que en la vida hay mucho más que ese juego sempiterno, te encuentras de pronto con hombres que cazan hombres, mujeres que cazan mujeres, mujeres que cazan hombres; y muchas otras personas que no se interesan por la cacería o que les gusta jugar el papel de presa e ir de acá para allá en un juego de no acabar (con Freud aprendes que es algo propio de los neuróticos y que generalmente los hombres son obsesivos y las mujeres histéricas; de la vida aprendes que pululan las mujeres obsesivas y los hombres histéricos).

Ya superada la sorpresa del juego de la presa y el cazador, aprendes a moverte en ese mundo en el que se parte de muchos supuestos (como por ejemplo, asumir que decirle muñeca a una mujer es un piropo bien recibido). El caso es que un día lo ignoras, al siguiente dices algo, pero al fin y al cabo no pasa de un comentario aislado, probablemente causado por “la regla”. Y, al cabo de varios años, cualquier compañero se te acerca y te pregunta, con toda seriedad y cargado de las mejores intenciones que se pueda una imaginar: “Pero… si usted no se casa, ¿tendría al menos un hijo?”.

De vuelta al presente no queda más remedio que enfrentarse a la realidad, a la realidad cotidiana que te recuerda la necesidad de cumplir con una tarea (y ahí no interesa si eres hombre o mujer, si eres feminista o machista…; lo importante es que todos los cursos deben implicar un trabajo productivo). Te recriminas el hecho de no haber dedicado suficiente tiempo a reflexionar sobre teorías de género y vuelves a la pregunta inicial: ¿por qué se sigue hablando de este tema en pleno siglo veintiuno?; ¿o será que algunas personas siguen viviendo en el siglo pasado, teorizando sobre sus traumas y complejos?

No tengo respuestas. Solo sé que el tema de la discriminación siempre está en la palestra y nunca son suficientes los discursos para que todas las personas piensen en eso. Y, el riesgo de ser señalada como una necia feminista que odia a los hombres, es demasiado grande. Es el riesgo que corren todas las personas de ser etiquetadas y disminuidas a una palabra: mujer, loca, bruja, madre, puta, amante, lesbiana… y así hasta que nos atrevamos a conocer al otro, en vez de tratar de encerrarlo en una palabra.