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La Segunda Guerra Mundial (2GM) fue un espanto por las dimensiones de la matanza de judíos, una vez consumada la invasión de la Alemania nazi a Polonia. Allí mismo, en Auschwitz, se construyó el complejo más grande de campos de concentración y de exterminio, ya que la mayor parte de los judíos europeos estaban en Polonia y en las zonas limítrofes de la Unión Soviética. Una máquina de muerte aceitada con la vida de miles y miles de judíos —y polacos, rusos, gitanos, homosexuales, entre otros grupos marcados por el régimen Nazi— que fueron “inferiorizados” desde una ideología política con ribetes de fanatismo, pues los alemanes del III Reich propusieron una solución (¡!) económica y racial para la Alemania entreguerras tras la imposición del Tratado de Versalles, y detrás de cuya solución los judíos fueron el “enemigo” expiatorio. Está claro que hoy en día Alemania vive con mucho dolor y gran vergüenza dicha matanza, y que la vergüenza de Alemania y el dolor de los judíos también deben ser nuestros.

Con gran respeto a la memoria de los muchos judíos y judías que vivieron de alguna manera el Holocausto y que, además, son costarricenses, una reconsideración de lo vivido nos obliga a pasar por los documentos de la época (sobre todo a los archivos de los Tribunales de Núremberg y del Centro de Documentación Judía Contemporánea de París), con el afán de que la historia nos despabile y sensibilice ante cualquier amago de discriminación, indistintamente de cuál sea este y del tiempo que acompañe al mismo. El pasado se trasciende al afianzar lo mejor de nosotros en el presente, sin deshumanizarnos y sin deshumanizar a los demás bajo ningún pretexto.

“Auschwitz no fue un sueño”.

El programa del Partido Nacionalsocialista, al que pertenecía Adolf Hitler, exigía la eliminación de la comunidad judía alemana, y ya tras los cambios económicos liberales de 1924, Hitler era considerado un charlatán y, a sus seguidores, una horda de lunáticos. Sin embargo, de 1933 a 1939, sobre todo después de las leyes de Núremberg, los judíos fueron privados de todos los derechos ciudadanos, golpeados, cazados, expulsados de los cargos públicos, arruinados en sus negocios privados, maltratados como comunidad, exiliados tras ser despojados de sus propiedades y, finalmente, asesinados. Hitler gustaba de firmar acuerdos bilaterales a nivel internacional para luego no cumplirlos porque —decía— que “no convenían a Alemania”. Diplomáticamente, Hitler jugaba de paloma y luego se comportaba como un águila imperial: hacía que sus vecinos confiaran en él y luego los aplastaba sin ley.

Los nazis produjeron matanzas masivas con una perversión logística inaudita: darle solución final al “problema judío”, es decir, barrer a los judíos de Europa de oeste a este. Este acto de impiedad hacia los judíos fue posible porque las SS (Escuadras de protección armadas) adoctrinaron/deseducaron incesantemente a la gente para que tuviera antipatía y odio por ellos. Auschwitz no fue “un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos”, sino la vivencia anticipada del desastre cósmico que implicó haber vivido “para morir después por el horror de sus recuerdos” (G. García Márquez).

Auschwitz decidía la vida y la muerte. Los nazis humillaban desnudando a los hombres y mujeres que llegaban a Auschwitz y “una mirada a las nalgas decidía la suerte de cada cual” porque ello indicaba el grado de enflaquecimiento del individuo y, si no cumplían con la fortaleza física requerida para el trabajo duro, eran gaseados con óxido de carbono o Ciclón B. Los que no eran condenados a muerte inmediata en los crematorios por su debilidad física morirían luego por enfermedad tras la mala alimentación y el trabajo explotador. En las cámaras de gas, los cadáveres, cuyos rostros desfigurados sangraban por los ojos y la nariz, quedaban amontonados hasta el techo porque el gas inundaba primeramente las partes bajas y la gente a oscuras y desesperada terminaba aplastando a los más frágiles (niños, mujeres y ancianos) tras la lucha. Los cadáveres eran luego transportados a los crematorios y las cenizas tiradas en fosos o al Río Vístula. Los prisioneros vivos iban camino a la decadencia física, la cual además iba acompañada de una decadencia intelectual y moral.

Auschwitz fue nuestra conciencia acribillada. Toda mujer que quedaba embarazada en el campo daba a luz y luego era gaseada con su hijo. Al campo no ingresaban mujeres con niños, y los que llegaban también eran gaseados o quemados a su llegada. Asimismo, este campo de concentración fue el centro que debía irradiar las investigaciones médicas del III Reich. El Dr. Mengele tuvo en sus manos la tarea de multiplicar el número de alemanes y, al mismo tiempo, la SS imponía las técnicas necesarias para impedir la reproducción de las “razas inferiores” por medio de la esterilización en masa con rayos X. Como siempre, la corrupción se desarrolló conforme los nazis se percataron del potencial económico de las matanzas masivas: vagones llenos de cabello de mujer para hacer fieltro industrial para la fabricación de equipajes de los submarinos de guerra y medias, miles de relojes de hombre y de mujer, de plumas estilográficas, de portaminas, de carteras de bolsillo, de bolsos, de máquinas de afeitar, de máquinas de cortar pelo, de dientes de oro, etc., etc. Este saqueo en toda Europa alimentaba la producción capitalista alemana y le permitía a la SS y a sus colaboradores en Auschwitz comprar a los guardianes, fraternizar y vivir en la opulencia.

Después de Auschwitz, ojos bien abiertos

Después de 20 años de discusiones y deliberaciones, en 1981 la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) —organización a la que pertenece Costa Rica, por suerte, además de la Corte Interamericana de Derechos Humanos— proclamó la “Declaración sobre la Eliminación de todas las formas de Intolerancia y Discriminación fundadas en la Religión o las Convicciones”. En ese momento, la Declaración señaló con preocupación que todavía existían manifestaciones de intolerancia y discriminaciones que tenían como punto de partida la religión y las creencias. Nosotros, los costarricenses, y salvando las diferencias del caso, debemos señalar que en Costa Rica un partido político pentecostal ha promovido paradójicamente (¡los perseguidos ahora son los perseguidores!, ¿el Cristo persigue a los débiles?), desde cierto tipo de cristianismo (¡!) y durante las elecciones de 2018, la discriminación de la comunidad homosexual y sexualmente diversa, generando división y promoviendo los antivalores que la Declaración de 1981 condena radicalmente, pues la discriminación por convicciones o desde las convicciones religiosas es una ofensa a la dignidad humana y debe ser condenada como una violación a los derechos humanos y las libertades fundamentales.

2018 no es el fin, sino el principio. Nuestra actitud ante cualquier tipo de discriminación debe ser creativa y no degenerar ni en violencia física, ni psicológica, ni verbal. Vale la pena recordar el papel del episcopado francés en la década de 1940, el cual protestó con vigor y valentía contra las deportaciones —contra la violación de los derechos— de los judíos a los campos de concentración.

La cuestión no es que los fundamentalistas perseguidores sean considerados inferiores, sino que ellos mismos se consideran inferiores, ya que el asunto de fondo es el problema del deseo humano que no es sino el “deseo del otro”, lo cual hace de la envidia y del resentimiento un componente constitutivo del deseo humano. Al fundamentalista no le basta con ganar, para él el otro debe necesariamente perder. Como señala S. Žižek, “El vicio primario de una mala persona es precisamente estar más preocupada por los demás que por sí mismo”. En Costa Rica, ese vicio primario y envidioso sería meterse obsesivamente en los “calzones de los demás” (¡qué torcido!), es decir, violentar y dominar la intimidad en un amplio espectro con el fin de tener control político y religioso sobre los otros.

Por suerte, los costarricenses podemos tener un sueño en común: que de manera clara y contundente sea el Tribunal Supremo de Elecciones el que tome cartas en este asunto respecto de denunciar y combatir cualquier futura iniciativa política (partido político y su propaganda) que tenga como eje -o que insinúe- la discriminación de cualquier tipo. La libertad de expresión no puede vulnerar ni destruir la dignidad humana de nadie, porque la discriminación, la persecución y la destrucción de los otros es un signo inequívoco de la racionalización de la violencia y de la intolerancia, sustentadas por medio de falsedades, arbitrariedades y, finalmente, víctimas mortales, como nos lo enseñó el Holocausto. La discriminación racial e ideológica (como lo pueden ser ciertos tipos de religiosidad) fue el sustento que permitió la matanza.

Costa Rica debe centrarse en una educación en derechos humanos desde la escuela y en el colegio, de tal modo que se piense en una igualdad que incluya y exija los derechos humanos propios de la diversidad ciudadana, partiendo de la memoria histórica de Auschwitz y del Holocausto porque este acontecimiento marcó a la humanidad en un antes y en un después, el cual nos obliga a no olvidarlo jamás. ¡Auschwitz, nunca más!