La reciente encuesta realizada por el Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica, es bastante reveladora de la realidad política —y el sentimiento— que hoy enfrentamos.

Los datos de la reciente encuesta telefónica, realizada con una muestra aleatoria de 1001 personas y un margen de error de ±3%, arrojan un panorama alarmante sobre el estado de la representación política en el país. Un contundente 87% de los encuestados declaró no tener simpatía por ningún partido político, dejando apenas un exiguo 13% con algún tipo de afinidad partidaria.

Ese reducido segmento se distribuye de manera tan dispersa que refuerza la sensación de un sistema político en crisis: el 4% de los encuestados simpatiza con el Partido Liberación Nacional (42 personas), el 3% con el Partido Progreso Social Democrático (32 personas), el 1% con el Partido Unidad Social Cristiana (11 personas), el 1% con el Frente Amplio (8 personas), el 0,5% con el Partido Liberal Progresista (5 personas) y otro 1% con diversas agrupaciones menores (8 personas).

El escenario es desolador para las agrupaciones tradicionales y una advertencia inequívoca para el sistema democrático: estamos ante una crisis de representación política que pone en jaque las estructuras partidarias establecidas. Más preocupante aún es que este fenómeno no es una anécdota aislada, sino una tendencia en ascenso desde las últimas dos décadas.

Este divorcio entre la ciudadanía y los partidos políticos está impulsado por varios factores. Por un lado, la ineficacia de las agrupaciones tradicionales para adaptarse a las nuevas realidades sociales y económicas del país. Por el otro, una creciente desconfianza en el sistema político, alimentada por escándalos y diatribas en el manejo del debate público, promesas incumplidas y un distanciamiento cada vez más palpable entre los gobernantes y las preocupaciones reales de la población.

Desde una perspectiva estratégica, los partidos políticos deberían interpretar estos resultados como una señal inequívoca de que su comunicación y su accionar necesitan una revisión profunda, replanteando sus estrategias de acercamiento a la ciudadanía, abandonando la política de las cúpulas y las decisiones verticales, para centrarse en mecanismos de participación más democráticos y cercanos a las inquietudes populares.

Indiscutiblemente, este escenario representa un terreno fértil para el surgimiento de liderazgos independientes, figuras políticas emergentes que pueden capitalizar la insatisfacción generalizada, con discursos más disruptivos y estrategias innovadoras.

La clave para estos nuevos actores políticos será ofrecer mensajes claros, centrados en las preocupaciones de la ciudadanía y alejados del tradicionalismo partidario que, según estos datos, ha dejado de generar confianza en la mayoría de la población.

La vida está llena de desafíos que en el fondo son oportunidades. La incertidumbre política actual, lejos de ser una condena, es también una puerta abierta, y aquellos que logren interpretar correctamente el sentir de la gente, su preocupación más esencial, podrán canalizar el descontento y traducirlo en rédito electoral.

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