Los cinco artículos anteriores han permitido exponer la inefectividad de las Conferencias de las Partes (COP), convertidas en reuniones de comités de aplauso mutuo y palmaditas en la espalda entre veteranos asiduos y amigos de las reuniones anteriores. Los esfuerzos unilaterales de Costa Rica han sido ambiguos, poco claros con respecto a nuestras prioridades: Hemos pretendido convertirnos salvadores del planeta, intentando cortar emisioncitas de gases, vapores y partículas de efecto invernadero (GVP-EI), sacrificando al mismo tiempo otras prioridades mucho más apremiantes para el desarrollo, a la gestión del riesgo y seguridad. También ha quedado claro que a los países más contaminadores no les interesa comprometerse.

Los acuerdos y declaraciones de las 29 COPs realizadas desde 1995, con alguna que otra excepción discreta, han sido prácticamente inútiles para el control de los GVP-EI, aparte de que frecuentemente reflejan información incompleta y hasta distorsionada: Abundan los sesgos acerca de los resultados de las investigaciones científicas, plasmados en seis extensos y densos Informes de Evaluación (el último: IPCC-AR6), a veces malinterpretados con o sin intenciones perniciosas. Sus elementos más resonantes y cuestionables han sido el divorcio de la adaptación y mitigación con la gestión del riesgo, incapacidad de resolver el desafío de la energía “limpia”, y ausencia de una estrategia de comunicación social para informar y enfrentar racionalmente al calentamiento global antropogénico (CGA). Parte de la información circulante ha sido manipulada por grupos de presión y países del G-20, los más poderosos y contaminantes del planeta, que hasta fomentan guerras y tensiones geopolíticas y militares que, en pocos días, producen la misma cantidad de emisiones anuales de los países pequeños, quienes pacífica, responsable y quizás ingenuamente, intentan reconciliarse con la salud de la atmósfera y del planeta.

Sesgos de la comunicación social acerca del CGA

Conocimiento, comunicación social, reducción del riesgo mediante prevención, mitigación y adaptación (ordenamiento territorial, manejo de cuencas, códigos de construcción), financiamiento del riesgo mediante políticas e instrumentos de protección financiera (retención, transferencia) y gestión proactiva de emergencias y desastres (observación, vigilancia, alerta, alarma, respuesta, continuidad operativa), son indispensables para enfrentar al CGA, a condición de integrarlos a la vida cotidiana, iniciativas locales, medios de subsistencia y producción de bienes y servicios. El paradigma ofrece esperanzas realistas y efectivas, pero si se admite que la gestión del riesgo no es un costo, sino una inversión, y si se comunican transparentemente sus elementos fundamentales.

Como ejemplo de las distorsiones y confusiones, la selección de artículos, cuyos titulares se mencionarán adelante, aborda un menú grandilocuente y alarmista despegado de la gestión del riesgo y de la comunicación serena, pues inducen a pensar que cada COP “es la última oportunidad" para salvarnos de la Apocalipsis. Abundan la exageración hiperbólica, el catastrofismo, distorsiones, y se omiten las opciones útiles para trabajar hacia una acción efectiva que reduzcan las causas del CGA y sus impactos. La liturgia es repetitiva:

¿Hay estrategia informativa transparente y efectiva?

El hecho de que esas afirmaciones sean sorprendentes pone en relieve la cobertura, a menudo desinformada y sesgada de los medios de comunicación sobre las realidades del clima y su evolución. Quizás, lo que más confunde, es la discusión en torno a la respuesta requerida. Los objetivos ambiciosos para reducir emisiones no son realistas, pues no consideran las dificultades de la transición energética. Los acontecimientos mundiales, por ejemplo la invasión rusa a Ucrania, ponen de manifiesto la abrumadora importancia de la confiabilidad, acceso y seguridad de la energía, así como el papel central que juegan (alrededor del 80 %) los combustibles fósiles. Las emisiones mundiales anuales de GVP-EI reanudaron su tendencia alcista después del breve descenso durante la pandemia (2020-21); los combustibles fósiles siguen muy presentes entre nosotros, independientemente de las incertidumbres y amenazas del CGA. El escenario, “sin emisiones perniciosas”, parece ser no más que una quimera.

Los avances del conocimiento sobre el CGA se resumieron en el Sexto Informe de Evaluación del IPCC (AR6), aunque persisten muchas incógnitas: i) No se detectó la gestación adicional de ciclones tropicales durante el último siglo; ii) La capa de hielo de Groenlandia no se reduce más rápidamente hoy que hace ochenta años; iii) La influencia del impacto neto del CGA es una fracción que el de la vulnerabilidad humana ante la variabilidad climática (VC).

¿Por qué no se debaten esos detalles? ¿Será que la distorsión informativa proveniente del juego del teléfono descompuesto, desde la investigación científica hacia la literatura interpretativa, informes, resúmenes gubernamentales y cobertura mediática? ¿Tienen los comunicadores suficiente preparación en ciencias? Sin duda hay márgenes amplios para equivocaciones, accidentales y adrede, a medida que la información pasa por filtros y empaquetamientos dirigidos hacia audiencias específicas.

El público obtiene información climática casi exclusivamente de los medios y redes sociales; muy pocas personas leen los resúmenes de evaluación de manera directa y mucho menos los informes científicos. Y es perfectamente comprensible, pues los datos y análisis son impenetrables para los no expertos y su redacción no es precisamente apasionante. Como resultado, la mayoría de las personas no entiende toda la historia. Pero no es solo el público el que está mal o insuficientemente informado; los formuladores y tomadores de decisiones políticas también se ven obligados a confiar en la información transmitida, cuando les llega. En su mayoría, los funcionarios públicos y del sector privado no son científicos, dependen de los comunicadores para obtener una imagen de lo que se sabe y no se sabe del CGA, sin distorsiones de "agenda" ni narrativas sesgadas que oscurecen la historia.

Obligaciones de la ciencia

La ciencia está éticamente atada al método científico, por lo que debe siempre decir la verdad, incluidas sus dudas, advertencias, los sí, los no y los peros. Debe ser persuasiva, convincente, con respaldo documental amplio, mencionar la incertidumbre epistémica de los modelos, y libre de escenarios aterradores, declaraciones simplificadas y dramáticas, con balance en lo efectivo y honesto. Sin embargo y aprovechando algunas de sus dudas y vacilaciones, algunos medios de comunicación han llenado sus espacios de predicciones climáticas aterradoras y frecuentemente erróneas, reflejadas en lo manifestado por algunos personajes célebres, no especialistas, que se atreven a expresarse así:

“No importa lo que es verdad, solo importa lo que la gente cree que es verdad” (It doesn’t matter what is true, it only matters what people believe is true; Paul Watson, Cofundador de Greenpeace.

“Tenemos que lidiar con el problema del calentamiento global. Aunque la teoría sea errónea, estaremos haciendo lo correcto en términos de política económica y ambiental.” (We’ve got to ride this global warming issue. Even if the theory is wrong, we will be doing the right thing in terms of economic and environmental policy; Timothy Wirth, Presidente de la Fundación Naciones Unidas)

"La inacción causará [...] para el cambio de siglo [2000], una catástrofe ecológica, testigo de una devastación completa e irreversible, como un holocausto nuclear" (Inaction will cause […] by the turn of the century [2000], an ecological catastrophe which will witness devastation, complete and irreversible as a nuclear holocaust”; Mostafa Tolba, exdirector ejecutivo, Programa de Naciones Unidas para el Ambiente, 1982.

"[Dentro de unos años] las nevadas invernales [en el Reino Unido] se convertirán en un evento muy raro y emocionante. Los niños no sabrán lo que es la nieve" ([Within a few years] winter snowfall [in the UK] will become a very rare and exciting event. Children aren’t going to know what snow is”; David Viner, Senior research scientist, 2000. Pues bueno… se equivocó, y en gran escala

“Las ciudades europeas se sumergirán por el ascenso del nivel del mar; Gran Bretaña se hundirá en un clima siberiano para 2020” (European cities will plunge beneath rising seas as Britain is plunged into a Siberian climate by 2020; Mark Townsed and Paul Harris, refiriéndose a un informe del Pentágono, 2004.

El acoso, a quienes intentan ser honestos con el discurso, tampoco ha faltado:

“Colegas que comparten mis dudas argumentan que la única manera de conseguir que nuestra sociedad cambie es asustarla con la posibilidad de una catástrofe y para ello es bueno, e incluso necesario, que los científicos exageremos. También dicen que mi preferencia por análisis abiertos y honestos es ingenua” (Some colleagues who share my doubts argue that the only way to get our society to change is to frighten it with the possibility of a catastrophe; therefore, it is all right and even necessary for scientists to exaggerate. They tell me that my belief in open and honest assessments is naïve; Daniel Botkin, ex-presidente, Departamento de Estudios Ambientales, Universidad de California, Santa Bárbara).

De ahora en adelante

En 2025 los países presentarán los objetivos formales actualizados para reducir sus emisiones hasta 2035. Queda por ver si serán realistas y si tomarán medidas concretas para cumplirlos. Uno de los grandes temas discutidos en Bakú, fue la transferencia de recursos financieros hacia los países vulnerables en vías de desarrollo. Durante años, India e Indonesia han dicho que estarían dispuestos a acelerar sus esfuerzos si recibieran asistencia financiera de los países ricos. El acuerdo de Bakú alcanzó US$ 300 mil millones anuales, y aunque sorprendan las cifras, la cantidad es insuficiente. Según el informe de la ONU, reducir las emisiones globales netas a cero requeriría de US$ 900 mil a 1.200 mil millones (US$ 0,9 a 1,2 billones) anuales en inversión global, cantidades escasamente manejables en el contexto de la economía mundial y mercados financieros. Además, cabe preguntarse si la ciencia y la tecnología podrían respaldar el esfuerzo. Y aunque los países pequeños inviertan y hagan esfuerzos inmensos, muchas veces con relaciones beneficio/costo negativas, si el G-20 (80,7% de las emisiones mundiales) no acepta su responsabilidad y no reduce radicalmente sus emisiones, el esfuerzo será en vano y no habrá cambio de panorama. Como ejemplo, China, desde 2022 posee 243 GW de centrales eléctricas de carbón en construcción o autorizadas para construirse. Si se agregan otras anunciadas y en factibilidad, la cifra se eleva a 392 GW. Es interesante preguntarse cuántas de las emisiones chinas vienen incluidas en sus vehículos eléctricos y paneles solares.

Por ello, volviendo a Costa Rica, es absurdo insistir que aprovechar nuestro gas natural aumentaría las emisiones perjudiciales para el planeta y se dañaría nuestra propia y cuestionable "imagen verde". Pero nuestras opciones energéticas son cada más restringidas: Los aportes de las energías eólica y solar son muy limitados y restringidos, es casi legalmente imposible aprovechar la geotermia de alta entalpía (sus fuentes principales -las cordilleras volcánicas- se encuentran dentro de parques nacionales); la hidroelectricidad ha sido prácticamente satanizada.

Y ahora, con el cambio radical sobre la forma cómo define el gobierno costarricense su posición con respecto a todos estos temas, aunque sus funcionarios siguen sin perderse una COP y el tema de fondo les es prácticamente indiferente, el discurso se volvió ambiguo e indescifrable. Se pasó de un extremo al otro.

¿Quo Vadis Costa Rica? ¿En manos de quiénes está la política nacional para comunicar y enfrentar el riesgo derivado del calentamiento global antropogénico?

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