Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

Sumida como está la humanidad y la gran mayoría de los gobernantes y líderes políticos en la pandemia por el coronavirus, parece que el mundo se hubiera paralizado y que todo gira en torno al virus SARS-CoV-19, originado en China. Pero lo cierto es que las relaciones internacionales y los gobiernos de las potencias continúan en búsqueda de generar el orden internacional del siglo XXI, a pesar de haber transcurrido las dos primeras décadas de esta centuria.

En esta coyuntura, que se suma a todos aquellos momentos de crisis mundiales de los pasados veinte años, hemos olvidado que estamos en un mundo transformado. El sistema internacional y los Estados, como actores principales, ha sufrido profundas transformaciones. La arquitectura sistémica se modificó, luego del fin de la Guerra Fría y de los atentados del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York, junto con los Madrid del 11 de marzo de 2004 y del 7 de julio de 2005 en Londres.

El orden internacional de la segunda mitad del siglo XX desapareció y a la fecha no tenemos claro cuál es el orden del siglo XXI. Lo que observamos es una tensa confrontación entre las tres superpotencias: China, Estados Unidos y Rusia, quienes buscan consolidar sus proyectos hegemónicos y establecer las reglas del juego. Por su parte, potencias intermedias, como Alemania, Gran Bretaña, Francia, India, Japón y otras procuran influenciar las relaciones internacionales de esta centuria.

Mientras que el multilateralismo de las grandes organizaciones intergubernamentales, como Naciones Unidas, ha cedido terreno al nacionalismo y proteccionismo de la mayoría de los Estados. Muchos intentan revertir la globalización y volver a esquemas neofeudales, como los de la Edad Media. Incluso, gobernantes como Trump, Putin y Xi Jinping se sienten emperadores y adoptan acciones populistas y autoritarias para permanecer en el poder.

Sin duda estamos en un proceso como hace muchos siglos no observaba el mundo. Hay similitudes del actual escenario con el de la primera mitad del siglo XX, que condujo a las dos guerras mundiales. Pero también con las dos primeras décadas del siglo XIX en Europa. Y bien se pueden encontrar otros puntos de comparación a lo largo de los pasados tres milenios de la historia de las relaciones internacionales.

La pregunta obligada es si la humanidad, los gobernantes, los tomadores de decisiones y líderes en general están conscientes del cambio, y estaremos como colectividad encadenados a repetir la historia y generar escenarios de confrontación violenta para definir el orden internacional; o, por el contrario, por primera vez en la historia, veremos la construcción de un siglo XXI en forma cooperativa y pacífica, sin las guerras sistémicas de la centuria pasada. Por eso la esperanza es que la pandemia, a diferencia de la “fiebre española” en 1918 y 1919, no conduzca a una nueva guerra mundial.

Es necesario más globalización, más multilateralismo, para confrontar el coronavirus así como el cambio climático, el calentamiento global y la urgente reactivación de la economía, tras muchos meses de paralización. Pero esto solo se logra en forma coordinada entre gobiernos y sociedades.

Pero también continuaremos observando, protestas violentas por las acciones racistas de la policía en Estados Unidos, de grupos antivacunas, negacionistas y de ultraderecha en distintas ciudades alrededor del mundo. Las migraciones continúan, los pequeños botes siguen cruzando el mar Mediterráneo en procura de alcanzar las costas europeas. Los esquemas de integración regional se debilitan y ceden espacio al nacionalismo y los crecientes populismos.

Así que estamos ante un mundo transformado y en la actual coyuntura hay que comenzar a pensar en el escenario pospandemia. Históricamente, las grandes pandemias han conducido a grandes progresos de la humanidad. La esperanza es que esta no sea la excepción.