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La crisis económica internacional del 2007-2008, fue catalogada como una crisis sistémica, por sus repercusiones en el funcionamiento del sistema económico y por la escala global del contagio, originados en una pérdida de confianza generalizada en mercados financieros cada vez más volátiles. Desde el colapso del peso mexicano (1994), pasando por la crisis del sudeste asiático (1997) y hasta el desplome financiero de la economía argentina (2001), economistas como Stiglitz, Krugman, Sachs y Roubini, señalaban, como presagio, lo que las crisis financieras en las economías emergentes podían significar para las economías más desarrolladas, a propósito de los desaciertos de las recomendaciones del Consenso de Washington, en materia de políticas orientadas por el mercado.

Esta situación de inestabilidad en el sistema económico internacional acontece en un contexto caracterizado por un nuevo régimen de acumulación flexible del capital (Harvey), acompañado por una serie de políticas de liberalización, privatización y desregulación de los mercados. Las características de este nuevo patrón de acumulación serán: el bajo nivel de crecimiento económico, las limitaciones de la acción estatal (a lo que Krugman denomina “la macroeconomía represiva”), las crecientes desigualdades en la distribución funcional de los ingresos (entre salarios y ganancias), elevados niveles de concentración de la riqueza y de la desigualdad (Stiglitz, Piketty), tendencias cíclicas y volátiles del crecimiento económico y la presencia de un uso insostenible de los recursos naturales y el medio ambiente. Todo lo anterior en el marco de una perspectiva desregulatoria en contraposición a las funciones del Estado (Castells-Quintana).

En el escenario de la globalización del capital, con el capital financiero jugando un papel preponderante en el funcionamiento del sistema económico, sobreviene la crisis del 2007-2008. Esta se manifiesta como un desequilibrio insostenible entre el sector real de la economía (que produce riqueza) y el sector financiero (altamente especulativo y volátil), lo cual lleva a una creciente inestabilidad de todo el sistema y a un colapso de la confianza de los agentes económicos y, consecuentemente, de los mercados a todas las escalas. La dinámica propia de la desregulación de los mercados termina creando condiciones endógenas en el desencadenamiento de la crisis y para lo cual el sistema económico no encuentra los anticuerpos e instrumentos que viabilicen una solución de mediano y largo plazo. A esto es a lo que se le ha denominado: la crisis sistémica del capitalismo (Trichet).

Paralelamente a esta interpretación económica de la crisis de principios del nuevo siglo, el sociólogo alemán Ulrich Beck, en su obra La Sociedad Global del Riesgo, llama la atención sobre el carácter multidimensional y dialéctico de la globalización y de sus efectos sobre el equilibrio mundial, no solo en términos económicos, sino también sociales, medioambientales, políticos, humanitarios (hambrunas, inmigración) y de salubridad (epidemias y pandemias). Para Beck, la globalización contemporánea de las nuevas tecnologías de la información y de la flexibilización de las inversiones a escala global, también se caracteriza por la fragmentación, las desigualdades y las divergencias en términos de desarrollo humano. Lo cual es más evidente en la regiones y países que se han quedado al margen de los beneficios de la globalización y que enfrentan serios problemas de exclusión social, pobreza y acceso a los bienes y servicios básicos de salud y educación (Sachs).

La máxima de la ecología que establece que “todo está relacionado con todo lo demás”, recobra un sentido dramático con la pandemia por COVID-19, que se ha convertido en una protagonista inesperada de la mayor crisis conocida, desde la Gran Depresión de la segunda década del siglo XX. Un siglo después (2020), el principal agente desestabilizador del sistémica económico global, no es endógeno o estrictamente económico, como en la mayoría de las crisis, sino que ha sido un factor exógeno, que ha afectado toda la dinámica de funcionamiento del tejido productivo. Esta crisis, sistémica y multidimensional, nos devela un mundo más frágil a interdependiente, donde los factores de riesgo, de los que habla Beck, no se circunscriben a un lugar geográfico determinado o que sea específico de las contradicciones inherentes al sistema económico.

Así como las crisis financieras y de exceso de capacidad productiva pueden contagiar y colapsar la economía de los países; el cambio climático, la pobreza y las pandemias pueden tener un efecto devastador, independientemente de su origen. Esto último es lo que la sociedad actual está enfrentando con la crisis ocasionada por la COVID-19. La paralización del desarrollo productivo y el crecimiento económico están profundizando los niveles de desempleo, pobreza y desigualdad en el mundo, especialmente en los países de menor desarrollo relativo. Distintas agencias del sistema de las Naciones Unidas han anticipado una disminución significativa en los niveles de desarrollo humano en las diferentes regiones del mundo, en un contexto de debilidad institucional de los estados nacionales, en materia de infraestructura e inversión social. Por ejemplo, La Comisión Económica para América Latina (CEPAL), ha mostrado preocupación por los fantasmas de décadas perdidas y reducción del bienestar social, producto de las crisis económicas previas y que hoy resurgen con fuerza en el marco de la pandemia y con una institucionalidad y funciones del Estado Social de Derecho débiles y vulnerables, en la mayoría de los países.

Las visiones optimistas, que ven la crisis actual como una oportunidad para impulsar reformas institucionales, a escala nacional y global, que conduzcan a una convivencia social más solidaria y de humanidad compartida (Nussbaum), se enfrentan con narrativas, hasta ahora hegemónicas, que limitan las funciones y la institucionalidad de los estados nacionales para gestionar la crisis; la mayoría enfrentando graves problemas presupuestarios y fiscales. A nivel global, tampoco se ve un panorama claro en cuanto al diseño e implementación de arreglos institucionales (reformas y convenciones), que contribuyan con la superación y reconstrucción de las economías de los países más afectados por la pandemia.

Después de varios meses de pandemia, la solución se vuelve cada vez más compleja, en el sentido de que se tienen que compatibilizar el control de la crisis de salud con la reactivación de la economía, que ha caído a niveles sin precedentes. Para lograrlo se necesitaría de la concertación social y de un liderazgo efectivo, por parte de las organizaciones que inciden en la gobernanza internacional; como también de los estados nacionales, que tendrán que reforzar sus sistemas de seguridad social para atender las necesidades de los grupos sociales más afectados por la crisis. La recuperación económica del sistema requerirá de un compromiso de los organismos financieros internacionales y de los organismos de cooperación, para que de forma concertada y respetando la autonomía relativa de los Estados Nacionales, se apoye un proceso de estabilización y crecimiento económico con equidad social y sostenibilidad ambiental.