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A medida que la crisis provocada por la pandemia se ha acrecentado también han aumentado diferentes campañas de desinformación, dando paso a teorías conspirativas que si bien son peligrosas, en su mayoría pueden ser refutadas de forma simple. A mi criterio el verdadero peligro reside en algunos argumentos paradójicos, falacias, y mentiras difíciles de detectar que han invadido con embustes el debate sobre esta pandemia.  A continuación pretendo desarrollar una explicación de una de estas trampas, la que recae sobre la pregunta ¿Cuántos deben considerarse muchos o pocos casos de COVID-19?

La respuesta a esta interrogante es representada con estadísticas, tomemos el caso de México como ejemplo, país donde se reportó recientemente que se habían sobrepasado las 50,000 muertes a causa del COVID-19. A esta cifra le podemos realizar dos análisis diferentes con la intención de responder la pregunta por la cuantía, podemos calcular su tasa de mortalidad o de letalidad. Si en México hay alrededor de 128 millones de personas entonces estas 50,000 muertes representan un 0.04% de mortalidad; sin embargo, puede caber la opinión de que el dato que debe calcularse es el de letalidad, es decir, entre la misma cantidad de muertos pero calculando el coeficiente sobre la cantidad de infectados, que al momento de la redacción de este artículo ronda los 467,407, entonces la misma cantidad de muertos representaría un 10.65%.

Estos cálculos son ejercicios que a nivel epidemiológico y médico tienen usos independientes entre sí y demuestran cosas distintas, el error se presenta cuando son utilizados a conveniencia, ya que quienes argumentan que existe un riesgo menor a morir por este virus suelen tomar como referencia la tasa de mortalidad, así como quienes suelen inclinarse en hacer un análisis con base en la letalidad, se afanan en demostrar que el riesgo es mayor y pedirán que el cálculo se haga en base a los casos infectados. En ambos análisis el número de muertes se mantiene en 50,000 para el caso de México que tomamos como ejemplo y la relación entre cantidad y frecuencia particular que vayamos a escoger para calcular dicho coeficiente no va a cambiar esta cifra de muertos ni en México, ni en Costa Rica, ni en ninguna parte del mundo.

Lo absurdo de exponer la cuestión de la cantidad de muertos en estos términos radica en una confusión conceptual, en el uso problemático de equiparar estas dos cifras, la tasa de mortalidad y la de letalidad. La interrogante que surge por cuantos son muchos casos cuando se equiparan estas cifras es planteada como un pseudoproblema y puede ser explicada por medio de la paradoja de sorites. Sorites es una palabra griega que significa “montón”, es el nombre que se le da a una clase de argumentos que se originan del error en emplear condiciones indeterminadas de los términos acerca de los que se habla, como en los siguientes enigmas:  ¿Cuántas gotas de agua hacen una lluvia? ¿Cuántos granos de arroz son un puñado? ¿Cuántos cabellos en la cabeza debe tener alguien para considerarse calvo? La treta en  estas preguntas reside en que la definición de “voluminoso” o de “montón” tiene un significado impreciso y hablar en dichos términos es inexacto.

Este sinsentido es acompañado de otras formas retóricas como la que yo he llamado “argumento de la escala” —una variante de la que originalmente se llama “fábula de la invencibilidad”— que he bautizado de esta forma por fines prácticos. Este es un sesgo cognitivo que establece que porque algo en una escala de unidades se ve como un número pequeño entonces es poco probable que me suceda a mí, cuando en realidad el problema subyacente no es uno de representación en la escala numeral sino uno de cuantificación. Por ejemplo, Betsy DeVos (secretaría de educación en Estados Unidos) dijo hace unas semanas que la probabilidad de que los niños que volvieran a la escuela presencial murieran a causa del COVID-19 era de un 0.02%, lo cual puesto de esa forma suena como una cifra mínima, pero el 0.02% de niños son 14,740. Así mismo en Costa Rica algunas personas en redes sociales y en sectores intelectuales de dudoso respeto, han dicho que el riesgo de terminar en una unidad de cuidados intensivos (UCI) a causa de este virus es de un 1%  y que por esto uno debe asumir que es una probabilidad baja. Esta conclusión no solo es equivocada, es ingenua y sumamente peligrosa, ya que para la redacción de esta opinión había 89 personas en UCI y esto no es un número para nada bajo en términos de atención médica en un escenario regular o pre COVID-19.

Este escenario conlleva un esfuerzo institucional importante con profesionales médicos que en otras circunstancias no estarían dedicados a atender una UCI, además de que en el futuro no muy lejano de que se sobrepase la capacidad de la UCI, nos enfrentaremos a la dura decisión de quien merece un respirador o no para atender a las personas con dificultades respiratorias. Decisión que se ha tenido que tomar en otros países donde se ha dado la orden de no resucitar a personas de cierta edad.

Mi propuesta para salir de estas paradojas es, primero aceptar la inexistencia de propiedades u objetos difusos, no hay tal cosa como “mucho” o “poco”, al menos no por sí sola. Segundo, tenemos que preguntarnos ¿Qué grado de verdad consideramos suficiente para llegar a un umbral común de nuestras afirmaciones? Esto es un problema de convención comunicativa, por lo tanto un problema lingüístico. Lo sepamos o no todo uso del lenguaje implica una ontología determinada, un estado de las cosas al cual nos vamos a adscribir.

Por último, propongo una reflexión sobre cómo el valor de los significados atribuidos a los objetos difusos determina en parte el funcionamiento de la sociedad. Para quien asume una posición crítica ante estos objetos es importante analizar la perspectiva y la identificación con los intereses de una clase de quien los defiende. Si bien estos elementos no son los únicos importantes, nos pueden dar una aproximación al panorama ideológico de quien emite una opinión. Cuando renunciamos a estas nociones deterministas sobre los objetos difusos podemos entender que el proceso de producción ideológico es el que decide el camino por el cual se van a encuadrar los valores, normas y patrones de comportamiento de nuestra sociedad.