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Han pasado ocho meses desde la pandemia del coronavirus que ocasiona la enfermedad COVID-19, y la carrera por la vacuna más prometedora y que resulte efectiva no se ha hecho esperar. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), alrededor del mundo existen 26 proyectos de vacuna en evaluación clínica, cada una en diferentes fases de desarrollo. Sin embargo, las favoritas a alcanzar primero la meta son las vacunas desarrolladas por los institutos de investigación médica y las farmacéuticas internacionales como Pfizer, Sanofi, Johnson & Johnson, Moderna, Oxford que van a pasos agigantados, teniendo en cuenta que el periodo normal para desarrollar y aprobar una vacuna es entre 10 y 15 años.

El descubrimiento de la vacuna será un hito histórico en el siglo XXI, no solo por la relevancia que implica en cuanto a los avances en las ciencias médicas y la tecnología, pero también por su importancia a nivel político global. Existe un trasfondo de nacionalismo político entre las principales potencias por la disputa en ser reconocida como la principal potencia científica del mundo. Sin duda, quien logre la primera vacuna efectiva en ser aprobada por la OMS para su producción y distribución global gozará con toda la fama y el prestigio que este éxito conlleva.

Sin embargo, uno de los mayores retos en la producción de las vacunas que sean efectivas contra la enfermedad COVID-19 será garantizar una distribución global suficiente y rápida, ya que todo recae en las capacidades de producción de los laboratorios. Dentro de este reto la pregunta central es como los países pobres podrían tener acceso a las vacunas. La Alianza Gavi ha sido una propuesta de los países industrializados, sin embargo hay mucha polémica en torno a si esta hace justicia con los países más pobres. AstraZenca y Oxford ya han acordado con la Alianza Gavi destinar unas 300 millones de dosis de su vacuna a los países pobres, un pequeño gesto solidario a una iniciativa a la que se le ha financiado millones de dólares desde fondos públicos.

Al mismo tiempo, Estados Unidos, Reino Unido, y la Unión Europea ya han reservado su cuota entre las vacunas más prometedoras de las farmacéuticas que alcanzan su fase de finalización. Miles de millones de dólares se han destinado con el fin de garantizar la investigación, producción y distribución exclusiva de cientos de millones de dosis para cada uno de estos países. Por lo tanto, es preciso destacar que las compañías farmacéuticas no están asumiendo los costos y los riesgos por si solas.

Ante este escenario, los monopolios de las vacunas, expresado en los derechos de las patentes, son una barrera para que las vacunas lleguen a todos en condiciones más o menos similares. Cuando un pequeño grupo de países son los únicos que poseen las capacidades y derechos de producción y distribución, la oferta tiende a no masificarse efectivamente para que pueda llegar a quienes más la necesitan en el menor tiempo posible.

Ante este contexto de incertidumbre del acceso a la vacuna, la iniciativa lanzada por Costa Rica a la OMS, llamada Technology Access Pool, y firmada ya por 37 países es una alternativa para vencer los obstáculos de las patentes y promover la cooperación internacional en el momento en que más se necesita. La creación de esta plataforma tecnológica propone facilitar el acceso a los países a toda la información y estudios para combatir el virus, desde pruebas de diagnóstico, tratamientos, tecnología médica, hasta la producción de vacunas. Desafortunadamente entre los países que han decidido no participar están aquellos que poseen las mayores capacidades técnico-científicas para desarrollar la vacuna (China, Francia, Alemania, Japón, Turquía, Estados Unidos y Reino Unido). Es evidente que esta iniciativa de cooperación no ha sido recibida con el suficiente reconocimiento y respaldo de las economías avanzadas, comportamiento que se ha evidenciado desde la competencia agresiva por el aseguramiento de los suministros médicos en la pandemia hasta la misma producción de la vacuna.

En el continente asiático existen diferentes estrategias. La República Popular China ha dispuesto un fondo de mil millones de dólares para que los países de América Latina puedan adquirir su vacuna bajo un préstamo. Por su parte Rusia, con la vacuna que presuntamente avanza más rápido hacia su aprobación, dice que la vacuna va a estar lista para registro tan pronto como el 10 de agosto, ha puesto sus ojos en un tipo de cooperación diferente. Específicamente ha señalado a Brasil como el candidato idóneo para la producción y distribución de la vacuna en la región latinoamericana. Sobre esta propuesta no existe mucha información pública disponible.

En pocas palabras, las potencias están en la carrera por obtener la primera vacuna contra la COVID-19 para disputarse el título de la principal potencia científica mundial. Desafortunadamente, la escasa cooperación entre los países en estos momentos de crisis no ha sido un buen augurio para afirmar que con la vacuna el escenario será diferente. Todo parece indicar que los países pobres no se beneficiarán de la misma manera que los países industrializados. Esta situación levanta una alerta internacional que debe llamar a la reflexión y promover la cooperación internacional necesaria para facilitar el acceso a las vacunas. Las iniciativas de cooperación necesitan de la voluntad de los países avanzados capaces de incidir en esta cooperación, ya que sin ella no se puede hacer posible. Las diferencias en niveles de desarrollo y las desigualdades en la toma de decisiones a nivel internacional deben no solo reconocerse, sino que también encontrar un equilibrio sano. Este reto se hace aún más difícil en estos momentos cuando los efectos económicos de la pandemia han golpeado a todos los países, pero particularmente han producido grandes retrocesos sociales y económicos en los países más pobres.