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Estamos viviendo en la educación del futuro, vemos como se aproximó a nuestra vida, de manera vertiginosa, una realidad que, hasta ahora, en muchos de los casos, no era más que una reflexión y propuesta novedosa; sin embargo, la llegada inesperada de la pandemia por la COVID-19 nos “empujó”, en palabras de Leda Muñoz, a buscar entre las reflexiones y los quehaceres académicos las herramientas que nos permitieran resolver; pero esto también dejó entrever que todos tenemos desigualdades.

La existencia de la desigualdad educativa no es exclusiva de quien llegaba al aula sin libros por su limitada situación económica, va más allá, incluye fibras como si donde vive hay acceso a internet o si tiene herramientas tecnológicas (computadora, tabletas o como mínimo teléfonos inteligentes) que les permitan acceder a esa presencialidad remota. Sin embargo, las universidades han resuelto el problema de acceso facilitando a la población estudiantil chips con internet o computadoras, en su defecto, esto resolvió el problema del tener; pero no el del acceso a una educación equitativa.

La búsqueda de una educación equitativa y de calidad genera una serie de conflictos que nos “empujan” a la reflexión profunda y búsqueda constante de mejores propuestas, pues en este punto cada docente descubrió que no solo la población estudiantil está viviendo desigualdades, sino que cada uno de nosotros tienen las propias (conocimiento tecnológico, destreza tecnología, habilidad digital, pedagogía en el mundo virtual):

  • ¿Cómo evalúo esta materia?
  • ¡No es posible evaluar con un cuestionario!
  • Y si copian
  • Y si no son ellos los que resuelven los ejercicios
  • ¿Cómo compruebo que son los estudiantes?
  • No sé cómo funciona esta herramienta.
  • No sabía que existían tantas herramientas para realizar esta tarea.

Estas y otras reflexiones rondan entre el grupo docente, pues para muchos es la primera vez se hayan en desigualdad, sienten que pierden el control que tradicionalmente han ostentado por su posición jerárquica, suprema y de poder para  “empujarlos” al mundo de las desigualdades, donde, probablemente, los estudiantes aprendan más rápido el uso de una herramienta, necesiten actividades en el mundo virtual que nosotros como docentes aún no logremos poder hacer; estas realidades nos conducen a nuestras perspectivas educativas.

Entre estas perspectivas es el reconocer que la desigualdad per se no es un elemento negativo, pues nos indica un camino aprendizaje y la empatía más allá de los límites “normales” (101%), nos conduce hacia el desarrollo de habilidades para empoderar, desde una nueva realidad, al líder que llevamos dentro los docentes, pues “dada la situación […] se encuentra en una lucha constante por ser cada vez más competitivas y estar a la vanguardia, se ha creado la necesidad de ser eficientes y capaces de dar mucho de sí mismos”.

En este camino de pandemia todos estamos en el mismo barco, uno que navega hacia la solidaridad, la empatía y aprender a aprender y desaprender, así, estudiantes y docentes tienen un solo fin buscar una educación justa, equitativa y de calidad.