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Los impactos de la presente crisis y sus múltiples repercusiones son difíciles de predecir, meses después del inicio de la pandemia todavía la incertidumbre es alta. Históricamente, los territorios son moldeados por las crisis, sus dinámicas urbanas, económicas y sociales cambian, evolucionan. Y aunque en este momento estamos enfocados de lleno a la inmediatez y a reaccionar para minimizar los impactos de una situación cambiante semana a semana y que se debe asumir; es también momento para aclarar el camino a seguir a mediano y largo plazo.

Se debe aprovechar la inflexión que presenta la crisis para alinear objetivos hacia modelos de habitar más responsables pero también para encontrar dentro de estas visiones ambiciosas, idealistas y hasta “románticas” para muchos, la oportunidad para exponer la relación directa de estos objetivos con el desarrollo económico, con el bienestar humano y con el fortalecimiento de las bases de colaboración, que son imprescindibles para hacerle frente a los nuevos desafíos y crisis que pueda enfrentar un territorio.

Las ciudades representan continuidad independientemente de las crisis, perduran, se adaptan y siguen creciendo en la mayoría de los casos. Una vez que se recuperen las libertades y las restricciones disminuyan, es probable que los recuerdos de encierro y aislamiento comiencen a desvanecer. Si bien esto puede ser el caso general, para planificadores, y actores de gobernanza territorial, el papel de la adaptación efectiva de nuestras ciudades y territorios y su evolución a nuevos modelos es una responsabilidad.

Las ciudades existen con relación a la gente que las habita, y su esencia nace de la interacción social, de su tejido social. El cual se refiere a los individuos dentro de una sociedad y el resultado de las relaciones entre estos. Son los vínculos y asociaciones que se dan de las interacciones entre los habitantes de un territorio posibilitando que de manera solidaria se unan en objetivos e ideales comunes. No es sorpresa que en la planificación para el fortalecimiento del tejido social de un territorio se encuentre una interrelación entre el bienestar humano, el desarrollo económico y la construcción de territorios más sostenibles.

Un tejido social sólido resulta en territorios con mayor capacidad de adaptabilidad e innovación. Características valiosas para dar respuesta al contexto presente y futuro y sus desafíos complejos que hoy nos presentan una realidad de inestabilidad económica a nivel nacional y regional y retos por los impactos de la degradación ambiental de las últimas décadas. La inversión en la materialización de territorios más equitativos, democráticos, ambientalmente responsables y que promuevan el bienestar humano no debe entonces confundirse con acciones de carácter poco prioritario o facultativo. Construir estos modelos de habitar es al mismo tiempo una estrategia para priorizar e invertir para maximizar el impacto de cada acción.

Una visión de un territorio clara y con bases sólidas propositivas, no elimina el alto nivel de complejidad para llevar cada una de las ideas a la práctica. Las agendas de desarrollo a nivel regional ya son bastas y Costa Rica es un país con recursos limitados, por tanto, un mayor compromiso en estrategizar nace de la comprensión de las particularidades de las dinámicas de cada territorio con el fin de articular intereses y objetivos comunes bajo un concepto de desarrollo más amplio. Un desarrollo cuyas bases no aíslan conceptos y enfoques, sino que asumen un territorio como un solo proyecto.

Es en la idea de un territorio como un solo proyecto donde se alinean esfuerzos, actores y compromisos. Pero esta articulación nace de la sociabilidad y de estructuras y tejidos territoriales sólidos, que desde lo intangible determinan la posibilidad del actuar colectivo. Nos encontramos, por tanto, en un momento único para ir hacia un modelo territorial y de gobernanza que guíen los esfuerzos y visiones de desarrollo de cada región priorizando en la construcción de una base de tejido social. La crisis del año 2020, no cambia la dirección general en la que los territorios y sus ciudades debían evolucionar, pero si muestra la urgencia de iniciar a materializar las ideas de manera colectiva e inteligente.