Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

1.

De muchas maneras, la Universidad de Costa Rica ha marcado, desde la segunda mitad del siglo XX, los procesos de modernización de este país y los índices de desarrollo humano de su población. Quizá no exista ninguna otra institución educativa tan significativa a ese respecto. Y quizá eso explique que, hasta la fecha, la mayoría de las personas de este país siguen sintiendo confianza, admiración y gratitud por ella.

En estos días de pandemia, varias escuelas y facultades, centros e institutos de investigación, de esa y de otras universidades públicas han aportado investigación, tecnología, conocimiento, proyecciones y soluciones. Investigadoras e investigadores de las ingenierías, la salud pública, las matemáticas, las ciencias sociales, la estadística, la microbiología, la epidemiología, la virología, han hecho y seguirán haciendo aportes invaluables.

Uno de los centros de investigación que más está aportando a la investigación relacionada con el Covid-19 es el Instituto Clodomiro Picado de la Universidad de Costa Rica. Eso puede constatarse en La Nación del día 6 de mayo de 2020, aunque no es mi idea repetir lo que en ese reportaje se consigna.

En cambio, dedicaré este artículo a contar algunas cosas, quizá desconocidas para la mayoría, a propósito del Instituto Clodomiro Picado. Y me anima para hacerlo no solo este tiempo que estamos viviendo, sino también un artículo que había escrito hace año y medio y que nunca me atreví a publicar.

Aquel texto era un intento de responder a un artículo de Don Luis Mesalles, publicado el 9 de noviembre de 2018, en La Nación, con el título de “Propaganda con fondos públicos”. Ahora me gustaría proponerlo aquí, en un tiempo diferente, pues las ideas que entonces quería dibujar siguen siendo las mismas.

2.

En su texto, Mesalles reclamaba que, en tiempos de crisis fiscal, algunas instituciones –él mencionaba a la Universidad de Costa Rica, entre otras- publicitan con fondos públicos sus logros y se dedican a cacarear triunfos del pasado. A partir de un mantra proveniente de panfletos de las instituciones financieras, afirmaba que resultados pasados no garantizan rendimientos futuros.

Según Mesalles, las instituciones no pueden vivir únicamente de glorias pasadas (y) deberían estar todas enfocadas en buscar la máxima eficiencia y eficacia en el uso de los recursos, en lugar de defender un statu quo que genera beneficios para unos pocos en detrimento de toda la población. Recuerdo bien que esta última frase -generar beneficios para unos pocos en detrimento de toda la población- me resultó especialmente chocante y no me parecía justa con la historia de la Universidad de Costa Rica.

En pocas líneas, Mesalles trataba a estas instituciones como despilfarradoras, nostálgicas y argolleras. Acerca de la Universidad de Costa Rica mencionaba inversiones en las cuales la relación costo/beneficio deja dudas y se lamentaba de que sea altamente dependiente de las transferencias crecientes del gobierno gracias a que tiene remuneraciones privilegiadas y un exagerado crecimiento en infraestructura. Además, según él, no es capaz de generar recursos propios, algo que, en su opinión, son capaces de hacer todas las demás universidades públicas o privadas del mundo.

Quizá debido a restricciones de espacio en su columna, Don Luis Mesalles no explicitaba sus dudas, no presentaba un análisis de la estructura remunerativa, y no ofrecía datos de cuántos recursos propios generaba la universidad. Tampoco daba la fuente a partir de la cual afirmaba que todas las demás universidades del mundo generan recursos propios.

3.

Cuando en aquel artículo hablaba de los logros de la Universidad de Costa Rica, Mesalles aludía al Instituto Clodomiro Picado. Aunque no lo mencionaba, lo tenía presente al afirmar que la UCR nos recuerda que, por el desarrollo del suero antiofídico en su recinto, estamos a salvo de picaduras de serpiente. Esta frase es equívoca, en particular porque nadie está a salvo de mordeduras de serpientes. Otra cosa es si contamos o no con sueros que impidan los daños que producen las mordeduras de serpiente venenosas. Pero dejemos ese asunto aparte. El caso es que Mesalles aludía a ese instituto pues ningún otro se ocupa de esas cosas en la Universidad de Costa Rica.   

Por un azar inexplicable pero feliz, en la semana en que el señor Mesalles publicó su columna salió editado el libro Reflexiones desde la academia. Universidad, ciencia y sociedad, escrito por José María Gutiérrez. José María fue Director y además uno de los investigadores más prestigiosos del Instituto Clodomiro Picado y de Costa Rica. El último capítulo de su libro se titula “La atención del problema de los envenenamientos por mordedura de serpientes en Costa Rica: un proyecto nacional con proyección global”. Me serviré de ese texto para intentar responder a las afirmaciones de Don Luis Mesalles.

4.

El envenenamiento por mordedura de serpiente es una típica enfermedad de la pobreza. Suele tener consecuencias desastrosas en las zonas tropicales y subtropicales del mundo. En especial, afecta a personas y animales en zonas dedicadas a la agricultura.

Las cifras anuales son terribles: dos millones y medio de envenenamientos ofídicos, 125 mil muertes y entre 300 y 400 mil personas con alguna secuela física o psicológica. Consuela un poco saber que en Costa Rica los promedios de muertes y secuelas son muy bajos. Pero para ello ha sido necesario un trabajo articulado de producción y distribución de sueros antiofídicos, investigación de punta, docencia, posgrado, formación continua, campañas de información. Todo eso tiene casi 50 años de realizarse gracias al Instituto Clodomiro Picado.

Desde su fundación, a comienzos de la década de 1970, dicho instituto decidió producir y controlar la calidad de los sueros antiofídicos. Para lograrlo, ha desarrollado, sigue desarrollando, investigación científica y tecnológica para conocer las serpientes, sus venenos y los envenenamientos. Eso le ha permitido innovar en la tecnología de producción de antivenenos y en la generación de nuevos productos. Junto a ello, ha formado a miles de personas para prevenir o manejar adecuadamente los envenenamientos.

Gracias al Instituo Clodomiro Picado, Costa Rica tiene un liderazgo global en este campo de investigación. Casi desde sus comienzos estableció contacto con los principales toxinólogos del mundo y cuenta con un grupo de investigación que tiene una alta productividad científica y vínculos con personas expertas de todos los continentes.

El conocimiento acumulado sobre la fisiopatología de los envenenamientos permite al Instituto Clodomiro Picado caracterizar antivenenos de varias regiones del mundo y saber cuáles de ellos son eficaces en determinadas regiones y cuáles no. Su tecnología de producción de sueros antiofídicos se usa en varios laboratorios productores de antivenenos en el mundo.

Puesto que a Mesalles le interesa el tema del rendimiento, es preciso decir que el volumen anual promedio de antiveneno pasó de 8.000 frascos, en la década de 1970, a 110.000 frascos en el año de 2016. Buena parte de ellos se distribuyen en otros países de varios continentes. Junto a algunos ministerios de salud y universidades como las de Oxford, Melbourne y Papua Nueva Guinea, el Instituto Clodomiro Picado produjo antivenenos que han sido o que serán utilizados en Nigeria, Burkina Faso, Mali, Benin, República Centroafricana, Papua Nueva Guinea y Sri Lanka, un país en el cual ocurren 30.000 mordeduras de serpiente al año. A ello debe añadirse el resto de los países de Centroamérica y varios de América del Sur.

Con los ingresos de la venta de sus productos, el Instituto Clodomiro Picado opera y crece en su trabajo y cobertura, adquiere equipo, infraestructura y nuevo personal. Dicho esto, es cierto que en todos estos procesos la rentabilidad económica es limitada. Por esa razón, varios productores privados han suspendido la manufactura de antivenenos. De ahí la importancia de que el instituto y la Universidad de Costa Rica asuman ese lugar con eficiencia y eficacia. Y de ahí también la importancia de contar con los recursos adecuados.

5.

Como es evidente, el Instituto Clodomiro Picado supone un proyecto amplio, complejo, ambicioso, guiado por la excelencia y por la voluntad de contribuir con el país y con el mundo. Por eso, no es cierto que sea un ejemplo de instituciones dedicadas a defender un statu quo que genera beneficios para unos pocos en detrimento de toda la población. Al contrario, se trata de una institución que investiga, forma, produce antivenenos, salva vidas y es un modelo para este país y para muchas universidades del mundo.

Una última cosa. Sin duda, la universidad tiene que evaluarse continuamente y corregir sus cursos de acción cuando eso sea oportuno. Mi esperanza es que, en medio de sus limitaciones, siga siendo una institución guiada por la certeza de que todo debe ser sometido a pruebas, a evidencias, a argumentos y contraargumentos, a procesos democráticos que exigen crítica y autocrítica. Y ello supone discutir privilegios y prácticas ineficientes. Pero también es una institución llena de gente, escuelas, institutos, proyectos admirables, que este país sabe reconocer. Esto es algo que, por cierto, el artículo del señor Mesalles no hace.

No podemos aspirar a cambiar las visiones de mundo y las apuestas ideológicas de los demás. Eso iría contra su derecho al libre pensamiento. Pero podemos exigir que cuando se refieran a una universidad como la Universidad de Costa Rica y a un instituto como el Instituto Clodomiro Picado, se guíen por evidencias y argumentos razonables, no por prejuicios y desconocimientos que pueden envenenar el pensamiento, la imaginación y la sensibilidad de las personas. Estoy seguro de que Don Luis Mesalles estará de acuerdo conmigo en que eso no es deseable.