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Corea cerró sus fronteras en los siglos XVI y XVII de tal forma que llegó a ser denominada el “reino ermitaño”, producto de la obcecada resistencia al intercambio y contactos con el mundo exterior. Este cierre se produjo tras una serie de conflictos internos y con sus vecinos, grandes potencias: Rusia, China y Japón, así como los intentos de Francia, Alemania y Estados Unidos por establecer relaciones comerciales.

El siglo XVIII fue periodo de tensiones y reacomodos políticos, así como de lenta apertura. Sin embargo, ello sirvió para desarrollar un sólido conocimiento en varios campos. La centuria del XIX no puso fin a la condición de ermitaño, por lo que siguió rechazando las exigencias occidentales de comercio y diplomacia. El siglo XX colocó a Corea bajo la tutela colonial del Japón. Esta situación y los intentos de independencia favorecieron la construcción de la identidad coreana.

El fin de la II Guerra Mundial y la derrota japonesa condujo a una nueva etapa en la historia coreana, la de los conflictos ideológicos en un país dividido. El norte ocupado por la Unión Soviética y el sur por Estados Unidos. Así la Guerra de Corea (1953) condujo a la división de la península en dos Estados independientes. Con una diferencia marcada, Corea del Sur se convirtió en un Estado moderno, democrático y abierto, que llegó a convertirse en una de las economías más desarrolladas del mundo.

En contraste, Corea del Norte, en la que se estableció la dinastía Kim (constituida, hasta la fecha, por Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un, ¿quién será el próximo o la próxima gobernante?) y continuó siendo el Estado ermitaño y hoy la principal amenaza a la paz mundial, puesto que Pionyang apenas si atiende las peticiones de su principal —y prácticamente único— aliado: China.

Como resultado de su proyecto para convertirse en potencia nuclear, a cualquier costo, incluso generando hambrunas, y su rígido esquema de control totalitario sobre la ciudadanía y las relaciones con el exterior, ha llegado a ser considerado un “Estado paria”, sujeto de estrictas sanciones internacionales, que ni siquiera Pekín ha intentado vetar en el Consejo de Seguridad.

Durante la desaparición temporal por tres semanas de Kim Jong-un en abril pasado, una de las preocupaciones fue quien le sucedería si fallece y cuál es la situación política del país. El temor es que se genere una lucha de poder entre los miembros de la dinastía, y el armamento nuclear quede bajo control de algún sector de las fuerzas armadas, generando una inestabilidad que amenace la paz y seguridad de la península y de Asia oriental. De ahí la preocupación de los actores más cercanos a Pionyang por la situación norcoreana.

Una crisis de liderazgo y una lucha de poder entre los miembros de la familia Kim sería crítico, no hay un sucesor consolidado en línea dinástica, el hijo mayor de Kim Jong-un tiene 10 años. Los rumores apuntan a la hermana menor, Kim Yo-jong, quien es rechazada por sectores cercanos a la familia en el poder desde 1948. Sin embargo, es la única que parece ofrecer la posibilidad de mantener la línea de sangre de Kim Il-sung. Una opción es Kim Pyong-Il, sobrino del líder, que no hizo el servicio militar y ha sido diplomático, lo cual rompe con la línea dura de la dinastía y las fuerzas armadas podrían no estar a gusto.

Si bien Kim Jong-un es joven, 36 años, tiene serios problemas de salud. Por eso en la oscura Pionyang se tejen distintas tramas sobre el futuro del país. La cuestión para los sistemas de inteligencia en el mundo es cómo lograr descifrar los mensajes escasos que ofrece el régimen sobre la discreta familia dinástica.

Por supuesto, hay que formularse algunos cuestionamientos: ¿cuáles son los planes de Kim Jong-un? ¿Ha nombrado a un sucesor o sucesora para garantizar la permanencia de la dinastía? ¿Busca mantener el juego de “el gallina” con Estados Unidos, para que Washington y Occidente garanticen la sobrevivencia de la población, como ha ocurrido en las últimas décadas?

El punto medular es que, si el régimen norcoreano colapsa, la región enfrentaría serías amenazas a la seguridad. Esto pondría en aprietos la alianza Seúl-Tokio-Washington, ahora frágil por las políticas antiliberales del presidente Trump. Mientras que Pekín quedaría en mejor posición para buscar una salida a la crisis en Pionyang. De ahí la incertidumbre sobre la situación en Corea del Norte.