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En los últimos días, el ministro de Agricultura y Ganadería ha desatado una fuerte e intensa discusión nacional, a raíz de su artículo De verdad, ¿están hablando en serio?, en donde plantea una seria situación de la actividad agropecuaria nacional y el peligro de un posible desabastecimiento a raíz de la crisis por la pandemia de COVID-19. En términos generales, el señor Renato Alvarado Rivera plantea las consecuencias de los programas de ajuste estructural y del TLC sobre el agro, cuyos efectos han sido devastadores para los productores nacionales.

La reacción de las cámaras y de la prensa tradicional no se hizo esperar, con un ataque frontal al ministro y con una defensa enérgica de los ajustes estructurales y de la apertura comercial. Los representantes de esta reacción insisten en las bondades del dinamismo económico del sector agrario y del crecimiento de sus exportaciones.

A raíz de esta situación, me dispuse a analizar datos básicos sobre el agro en los últimos 40 años, sobre las condiciones de las personas que laboran en este sector, la dinámica de las exportaciones y la distribución de las fincas y de su participación en las exportaciones. Concretamente, he analizado datos del INEC sobre los censos nacionales de 1973 a 2011, el Censo Nacional Agropecuario de 2014 y las encuestas de hogares de 2000 a 2019; así como los indicadores económicos del Banco Central y del Ministerio de Comercio Exterior sobre exportaciones de 2012 a 2019.

El panorama que se desprende de este análisis tiende a confirmar las afirmaciones del señor ministro y presentan un panorama muy negativo sobre el agro costarricense.

Un primer dato importante (ver Cuadro 1) se relaciona con la participación del agro en la economía nacional. Concretamente, se observa, en términos porcentuales, un proceso continuo de reducción de la población económicamente activa dedicada al agro, a tal punto que para 2019 este sector representaba menos de un tercio de su tamaño en 1973 y la evolución ha sido sistemática, con disminuciones constantes a través de las últimas décadas.

Por otra parte, este desplome en la actividad agrícola también ha implicado un claro proceso de proletarización de las y los agricultores, con un evidente incremento de la proporción de trabajadores agrícolas asalariados, la disminución de productores por cuenta propia y el aumento de fincas empleadoras contratando a este creciente sector asalariado. La única noticia positiva es que se ha reducido considerablemente la proporción de trabajadores y trabajadoras no remunerados (ver Cuadro 2).

Si se analizan las condiciones laborales del sector agrícola asalariado, puede observarse una tendencia positiva hacia la estabilidad laboral, con disminución de la estacionalidad y del trabajo ocasional (ver Cuadro 3). Pero, al mismo tiempo, es claro el deterioro en las condiciones laborales, con apenas poco más de la mitad de las y los trabajadores disfrutando del derecho a vacaciones y al seguro por incapacidad, y solo cerca de dos terceras partes acceden a un aguinaldo, a pesar de tener en su mayoría un trabajo todo el año. Obsérvese por otra parte que, el deterioro en las condiciones laborales tiende a coincidir justamente con la apertura comercial a raíz de la aprobación del TLC, tal y como lo habían predicho en su momento los opositores a este tratado (ver Cuadro 3).

El argumento primordial de los defensores de los ajustes estructurales y la apertura comercial gira alrededor del dinamismo de las exportaciones del sector. Sin embargo, un análisis detallado de la evolución de las exportaciones muestra más bien una actividad desacelerándose poco a poco. En el cuadro 4 puede apreciarse que las exportaciones agrícolas mostraron un dinamismo especial inmediatamente después de aprobarse el TLC. Pero, rápidamente perdió su impulso, mostrando un crecimiento nulo en 2018 y más bien una caída en 2013 y 2015, mientras que en los otros años se observa una tasa de crecimiento muy por debajo de la alcanzada en 2010 (ver cuadro 4). Por otra parte, el dinamismo es claramente inferior al observado para el sector industrial, mostrando la exportación agrícola un 17,2% menos de participación en 2018 en comparación con el otro sector (ver cuadro 4).

Además de esta tendencia hacia el estancamiento o hacia la baja en las exportaciones, un análisis de su composición evidencia un proceso amplio de concentración, tanto en lo que respecta a la variedad de productos, como en especial con respecto a la distribución de la tierra para siembra. En el cuadro 5 podemos apreciar que 95,7% de las exportaciones corresponden a apenas 7 productos agrícolas, en donde el banano, la piña y el café oro concentran el 85,53% de todas las exportaciones acumuladas durante el período estudiado, es decir, hemos pasado del monocultivo a apenas una variedad de tan solo 3 productos, con todo el peligro que esto implica a nivel de posibles fluctuaciones importantes del mercado internacional.

La concentración de la gran mayoría de las exportaciones en solo 3 productos implica, además, una amplísima concentración de la tierra, tal y como puede apreciarse en el cuadro 6. Concretamente, observamos que el 86,2% de la extensión sembrada de banano está en manos de fincas de 100 o más hectáreas, que representan tan solo el 3,2% de todas las fincas, mientras que el 96,8% de las fincas de menor tamaño solo comparten el 13,8% de toda área sembrada de banano en todo el territorio nacional. La situación es parecida para el caso de la piña, en donde se observa que un 8,8% de todas las fincas de piña acaparan el 91,1% del área total de hectáreas sembradas con este producto en el país. El café muestra una excepción, ya que la gran mayoría de las fincas son de tamaño moderado o pequeño y agrupan el 71,3% de toda el área cultivada.

No existe el dato desagregado del volumen de exportación según el tamaño de la finca para ninguno de los tres productos analizados. Es esperable que exista una concentración de las exportaciones en las fincas grandes, pero aun cuando partamos del principio de que las exportaciones se distribuyan proporcionalmente según el tamaño de la unidad de producción, puede observarse que las fincas de 100 hectáreas o más concentrarían un 79,9% del producto de todas las exportaciones de estos tres productos, mientras que el total de las fincas pequeñas, siendo una cantidad muy superior, accederían apenas a un 20,1% (ver cuadro 6). Si se contemplan solamente los dos principales productos, podemos observar que de cada $4 producidos por la exportación de productos agrícolas, $3 corresponden a banano o piña y un 3,6% de las fincas de estas dos frutas concentran el 88,3% de las hectáreas sembradas.

 

En conclusión, puede observarse que efectivamente los programas de ajuste estructural parecen haber producido un efecto catastrófico sobre la actividad agrícola, reduciéndola a menos de la tercera parte en 40 años, proletarizando a muchos de las y los agricultores y concentrando la tierra en cada vez menos manos. El TLC a su vez ha intensificado este proceso, produciendo además un deterioro visible en las condiciones laborales del agro y reduciendo la variabilidad de cultivos, lo cual amenaza la seguridad alimentaria del país y representa un altísimo riesgo en momentos de crisis económica como el que vivimos actualmente. A pesar de todos estos riesgos y amenazas, la actividad exportadora de productos agrícolas no parece enrumbarse hacia un crecimiento importante.

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