Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

Con la intención de bajar la angustia y tener más o menos una idea clara de lo que nos espera, ya que el Fondo Monetario Internacional (FMI) nos advirtió que esta crisis se va a parecer a la Gran Depresión de 1929, leí sobre lo ocurrido durante esos años y les comparto este resumen ejecutivo:

El 4 de diciembre de 1928, unos meses antes de la gran depresión, el presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge, le decía al congreso: “La gran riqueza que han creado nuestras empresas e industrias nos permitieron abandonar el simple deseo por las necesidades básicas y más bien nos empujaron a buscar y conseguir el lujo. El país puede contemplar el presente con satisfacción y mirar hacia el futuro con optimismo”.

La gran depresión estalló 10 meses después, el 29 de octubre de 1929.

Imaginemos que la Primera Guerra Mundial solo hubiera supuesto una perturbación temporal, es decir, algo parecido a un terremoto que derrumba una ciudad y un año después se vuelve a construir esa misma ciudad, pero más resistente a los terremotos. Como si nada hubiera pasado. Ese no fue el caso con la gran depresión.

A diferencia de la Primera Guerra Mundial en que solo algunas partes de Europa fueron devastadas, una parte de la humanidad sintió apenas un leve remezón de la guerra y la otra parte de la humanidad ni se enteró, la gran depresión fue un derrumbamiento de carácter planetario y Estados Unidos fue el epicentro del mayor terremoto mundial nunca antes medido por la escala Richter de la economía. La economía capitalista mundial se derrumbó con la caída de la bolsa de Nueva York y nadie sabía cómo podría recuperarse.

La mundialización de la economía parecía haberse detenido. La integración de la economía mundial se estancó. Todos los Estados y países hacían lo que estaba en sus manos para proteger su economía frente a la amenaza externa, es decir, frente a una economía mundial que se hallaba en una difícil situación.

En Estados Unidos la empresa de electricidad Westinghouse perdió dos tercios de sus ventas. Los precios del té y el trigo cayeron en dos terceras partes. La industria de seda japonesa para la confección de medias de seda para Estados Unidos perdió el 90% de sus ventas. Esta situación afectó mucho a los agricultores que dependían del mercado de exportación. Los campesinos que abastecían el consumo local no la pasaron tan mal.

Pero para quienes dependían de un salario, la principal consecuencia de la Gran Depresión fue el desempleo en una escala sin precedentes y por más tiempo del que nadie hubiera previsto.

Lo que hizo más dramática esta situación fue que algunos sistemas públicos de seguridad social eran insuficientes. Incluso en el país donde los sistemas de seguro de desempleo estaban mas desarrollados antes de la Depresión (Reino Unido), no alcanzaban ni al 60% de la población trabajadora.

Aquellos que se habían acostumbrado a trabajar de manera intermitente o a atravesar períodos de desempleo cíclico comenzaron a sentirse desesperados una vez que consumieron sus pequeños ahorros. El impacto traumático que tuvo el desempleo generalizado se representa por la imagen de los comedores de beneficencia atiborrados de gente sin trabajo.

El comercio mundial disminuyó en un 60% en los siguientes 4 años y los Estados-países empezaron a levantar barreras para proteger sus mercados nacionales y sus monedas frente a los ciclones económicos mundiales, aun sabiendo que eso significaba desmantelar el sistema mundial del comercio multilateral.

La producción de automóviles disminuyó a la mitad en Estados Unidos y la producción de discos de gramófono cesó durante un tiempo.

Los gobiernos no se limitaron en proteger a sus agricultores imponiendo aranceles frente a la competencia extranjera, sino que donde ya existían impuestos, los elevaron aun más. Los gobiernos subvencionaron la actividad agraria garantizando los precios al productor y comprando sus excedentes.

No es sorprendente que en las tristes ciudades del desempleo generalizado surgieran enormes salas de cine para pasar el tiempo libre, así como los maridos y esposas tenían más posibilidad de compartir los ratos de ocio.

Finalmente, como dato curioso de los años de la Gran Depresión, el único país del globo terráqueo que parecía inmune a sus efectos fue la URSS, el único país que había puesto en marcha una economía de autosuficiencia con sus famosos planes quinquenales.

De la Gran Depresión resultaron tres ideales de sociedad distintos:

  • El comunismo marxista.
  • El capitalismo que no cree en la fe irrestricta del mercado libre, o sea, la socialdemocracia moderada de movimientos obreros no comunistas.
  • El fascismo (nacionalismos) que nos llevaron a la segunda guerra mundial.

El triunfo casi simultaneo de dos regímenes nacionalistas, belicistas y agresivos —Japón (1931) y Alemania (1933)— fue la consecuencia política más importante y siniestra de la Gran Depresión y la puerta que abrió hacia la guerra total: la Segunda Guerra Mundial.

La Gran Depresión desterró el liberalismo económico durante medio siglo y obligó a los gobiernos occidentales a dar prioridad a las consideraciones sociales en la formulación de sus políticas.

A pesar de que el panorama fue duro, las economías de casi todos los países siguieron creciendo a un ritmo más lento y los gobiernos hicieron todo lo posible para disminuir la dificultad en sus habitantes.

Todas las crisis llegan, tarde o temprano, a su fin. Llegaremos a vencer el coronavirus que ocasiona la enfermedad COVID-19, se inventará el medicamento salvador o la vacuna infalible y la humanidad volverá al abrazo y al reencuentro de los antiguos hábitos sociales.

Pero en este momento, la infantería, la artillería y la fuerza aérea son las personas trabajadoras de la salud, ellos y ellas son los que nos protegen y defienden y en ellos depositamos toda nuestra fe, no solo para contener el mal sino para que encuentren la cura. Dependemos de la ciencia, de los datos, y de la responsabilidad individual de respetar la nueva normalidad para que ellos tengan el tiempo y la cabeza de enfocarse en encontrar, lo antes posible, la solución al problema.

Yo confío en el gobierno de Costa Rica, confío en la solidaridad de las personas y confío en que la ciencia lo va a resolver más rápido si todas y todos cooperamos.

Bibliografía: “Historia del Siglo XX “de Eric Hobsbawm. El abismo económico.