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Cada 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres como recordatorio del flagelo, de múltiples caras, que se ensaña contra nosotras, nuestras libertades y derechos fundamentales.

Son muchas y diversas las manifestaciones de la violencia de género, desde el hostigamiento sexual en el empleo y la docencia, pasando por la trata de personas para fines de esclavitud sexual, la prostitución forzada, la violencia intrafamiliar y, la más brutal de todas, el femicidio: el asesinato de las mujeres por el solo hecho de serlo.

Costa Rica no escapa a esta realidad, en los últimos 12 años, 350 mujeres han perdido sus vidas en manos de pretendientes, novios, esposos, convivientes, exnovios o exesposos, en cumplimiento a la frase lapidaria: “si no es mía, no será de nadie”. Las niñas y niños que han quedado en condición de orfandad se cuentan en decenas, son los huérfanos y huérfanas del femicidio. No son pocos los que han presenciado el horror de la muerte de su madre liquidada por su padre, algunos de ellos y ellas han sido quienes han dado la voz de alarma, buscando una ayuda que estaba destinada a llegar tarde.

A octubre del presente año, las estadísticas del Poder Judicial arrojan un dato que está obligado a ser más que un número, porque, como sociedad, el ejercicio de humanizarlo constituye un impostergable. Para desmontar la violencia hay que pensarla, pero también hay que sentirla en la dinámica fundamental de la empatía, esa que nos permitirá preguntarnos ¿quiénes son las mujeres que nos faltan?

Amaneció viernes el último 23 de enero, ese día el cuerpo de Brithany Nicole Cerdas Cedeño, de 17 años fue encontrado quemado en un lote baldío en Moravia, San José. En su vientre, Valentina, la bebé que había gestado durante siete meses, y que, sin nacer, fue condenada a morir junto a su madre.

Desaparecida desde noviembre del año pasado, Odalia Ramírez Barrantes, de 23 años de edad, fue declarada fallecida el 12 de febrero. Su esposo, un expolicía municipal se encargó de asesinarla y desaparecerla en Santa Cruz de Guanacaste.

Marzo trajo consigo la muerte para Hazel Badilla Barrías, mujer de 30 años, madre de cinco menores, tres de los cuales eran hijos del hombre que la apuñaló en el pecho, los brazos y las caderas hasta dejarla muerta, tendida en el piso de la sala de su casa. Esto ocurrió en Golfito de Puntarenas.

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, fue la última jornada para Gladys María García Pereira. Ella tenía apenas 28 años cuando su compañero sentimental la atacó con un arma blanca en la cama que ambos compartían. A Gladys le sobreviven, en Desamparados de San José, sus hijos de 5, 12 y 14 años, tres huérfanos del femicidio.

Dos disparos, uno en la cabeza y otro en el pecho, esperaban a Mirlene de los Ángeles López Méndez, en el corredor de su casa ubicada en Pococí de Limón. Ella tenía 54 años al momento de morir. El arma fue accionada por su pareja, quien de manera inmediata se suicidó. El femicidio tuvo lugar la madrugada del 25 de abril.

Una bebita, de apenas dos meses de nacida, perdió a su madre el 2 de mayo en Pocosol de San Carlos, Alajuela. Fue su padre quien, con un arma de fuego, hirió en el cuello a Zeneidy Morales Pérez, de 24 años de edad.

Un día después, en Santa Cruz de Guanacaste, fue el turno de Marianela Alvarez Alvear, de 44 años. Ella murió producto de dos fuertes golpes que le propinara en la cabeza, su compañero sentimental, uno de ellos le produjo una fractura. Su femicida intentó quemar su cuerpo, de tal forma que al momento del hallazgo tenía quemaduras en la ropa y en la piel.

Estando en su casa de habitación, Jéssica Sánchez, fue apuñalada de manera repetida por su pareja. Ella era madre de tres menores de edad y tenía 34 años el 05 de agosto, día en el que fue asesinada en Coto Brus de Puntarenas.

Maribel Soto de 25 años y su bebé de 3 añitos constituyen el noveno y décimo femicidio de este año, ambas fueron halladas sin vida en su vivienda ubicada en Puerto Jiménez, Puntarenas. El femicida utilizó un arma blanca para perpetrar el delito. Él era el padre de la niña y el esposo de Maribel.

El pasado 1 de noviembre, la muerte de Eva Morera conmovió al país entero, desnudando la cruda realidad del machismo que hace parte de la sociedad costarricense. Eva, de 19 años, murió a causa de un impacto de bala que le atravesó la espalda, mientras se encontraba en la habitación del padre de su niño de 3 años de edad.

Con este femicidio, más que con ninguno de los otros ocurridos a lo largo del presente año, quedó en evidencia el modo en el que el machismo no solo mata, sino que también se encarga de que muchas personas, más de las que quisiéramos, se ocupen de señalar como culpable a la víctima, cerrándose así un ciclo de violencia en el que, de algún modo, esta se ve justificada y se extiende incluso hasta la tumba.

Las 11 personas que nos faltan a causa de los femicidios, nacieron mujeres y murieron por serlo. Existen hombres y mujeres que fallecen, todos los días en este país, en manos de hombres y mujeres, por múltiples razones, pero en el caso específico de ellas, cuyos nombres se han mencionado en un doloroso ejercicio de memoria, y con el afán de humanizar las estadísticas, hemos de aceptar que vieron sus vidas acabar en la máxima expresión de la violencia de género dirigida contra nosotras.

La Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer, conocida como Convención de Belem do Pará, fue aprobada por la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), el 09 de junio de 1994, y fue ratificada por Costa Rica mediante la Ley N°7499 del 22 de junio de 1995. En este documento jurídico de carácter internacional, se define la violencia contra la mujer como “cualquier acción o conducta basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado. (…) que tenga lugar dentro de la familia o unidad doméstica o en cualquier otra relación interpersonal, ya sea que el agresor comparta o haya compartido el mismo domicilio que la mujer…”

Las mujeres que ya no están entre nosotras perdieron la vida en manos de hombres con los que mantenían, o habían mantenido en el pasado, un vínculo de pareja. Sus asesinatos no cuentan con otro móvil más que con el de acabar con sus vidas en una escalada de poder de dominio, control y violencia cuyo último peldaño es el femicidio, figura jurídica que a muchas personas les cuesta comprender y aceptar. Término que fue necesario que se acuñase para nombrar los crímenes de odio que se perpetran contra las mujeres por el solo hecho de serlo.

Cada vez que el calendario llega a la penúltima hoja, el conteo gris de las ausentes nos recuerda que, como sociedad, seguiremos en deuda mientras haya una sola de las nuestras que, estando en su casa, se encuentre en riesgo, una sola mujer que, a causa de haberse relacionado con alguien, haya quedado atrapada en el ciclo perverso de esa violencia de la que somos blanco.

Que nos perdonen Brithany, Odalia, Hazel, Galdys, Mirlene, Zeneidy, Marianela, Jéssica, Eva, Maribel y su bebita, que su memoria nos impulse con fuerza para seguir procurando la igualdad, hasta que el futuro que soñamos y merecemos se convierta en presente.