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1992-1994, Golfo Dulce, Costa Rica

El primer recuerdo que tengo del lugar es que las mañanas empezaban con los alaridos de congos que simulaban ser orangutanes. También largas caminatas a cascadas vírgenes en medio de la selva. Durante la noche había una cobija iluminada por luz negra que era un imán para miles de insectos, de especies clasificadas y no clasificadas. Ese pequeño lugar tenía la extraordinaria capacidad de hacerte sentir en casa donde sea que posaras la mirada. Como si cada palmo del paraíso susurrara: yo soy tuya, tu eres mía, soy la tierra, somos una.

Así fue como me enamoré del Golfo Dulce. Creo que en total fui unas 7 veces a lo largo de casi 3 años. Luego arranqué a trabajar en cine, y ya no volví más. Luego pasó por el golfo el barco de Greenpeace y todo parecía ahuyentar cualquier iniciativa de contaminación. Pero luego también murieron en un incendio 3 ecologistas que defendían el golfo. Y meses después otro de sus colegas apareció sin vida en la calle. Ninguna de las muertes tuvo una investigación exhaustiva, transparente, a la altura de esas muertes.

Ahí entendí que alguien más, muchos más, también habían escuchado el susurro: yo soy tuyo, tu eres mío, soy la tierra, somos uno. Pero distinto a mí, ellos habían pagado con su vida aquella adoración.

2019, Costa Rica, Centroamérica

El cine Centroamericano es ya imparable por rabioso y creativo, pero totalmente precario en lo monetario. Hay que tener claro que somos un istmo políticamente atomizado, y un breve recorrido por el mapa siempre decanta en que no acabamos de cuajar como una región concisa. Esto último le cuesta caro al cine que de base aspira a una audiencia masiva. Tampoco tenemos una televisión atractiva, que pueda crear un micro star system que tolere financiamientos a partir de la fidelidad de la fanaticada.

Sin embargo, existimos, y entre las peripecias que hacemos, por ejemplo, este año la película que apostará a Foreign Language en los Oscars por Bélgica, es una coproducción e historia guatemalteca. Costa Rica tuvo este año dos películas estrenadas en Cannes con el sensato apoyo de Procomer.

Nuestro caso es además particular porque aunque a veces nos sacan de las listas del “tercer mundo”, seguimos sin ley de cine, sin cinemateca, sin producción de TV autóctona, sin incentivos para rodar en nuestro territorio y sin fondos privados y/o públicos para la creación audiovisual sostenible. El Fauno sigue tambaleándose cosecha de los recortes en cultura.

Somos, desde hace algún tiempo, una utopía ecológica a la vez que un patio trasero al que le extraes recursos, a la vez que una colonia turística para retirados extranjeros. Nuestra política exterior sigue siendo la de Banana Republic pero ahora con piña, turismo sexual y hoteles 5 estrellas de lujo; siempre buscando atraer la inversión de capital, lamentablemente casi a cualquier precio. Y no queremos ser así; lo veo en esfuerzos solitarios y colectivos todo el tiempo, privados y públicos, opulentos y austeros… pero seguimos así porque somos muy lentos y muy blandos. Pero ojo, esa combinación de rasgos en otras ocasiones nos ha jugado a favor, así que no está fácil la solución. Hay quienes afirman que seguimos así porque somos la burocracia más espesa de toda América Latina.

2019, Sabanilla, Costa Rica

Soy cineasta y en general mi abordaje es político. Hace 4 años vengo investigando el caso de unos amigos de mi padre, activistas ambientales que en 1994 frenaron un astilladero de papel en Golfito y meses después murieron en un incendio declarado accidental. A pesar de la densa cortina de tiempo que se instaló sobre sus muertes hay quienes quedamos heridos ante todo por la indiferencia.

Luego de cuatro años han circulado en el proyecto muchas personas que inician con entusiasmo y acaban saliendo sin ingreso económico, con pocos avances y abatidas. Un proceso sostenible de investigación y desarrollo debería demorar máximo año y medio. Es muy duro crear dramaturgias sólidas sin una ley de cine que garantice, por ejemplo, un fondo de fomento para etapas como investigación y desarrollo de una película. Cuando eso no existe sólo se puede contar con el tiempo y la persistencia. Por eso nuestras películas tienen tantos nombres en los créditos: son los años y la gente que ha aportado, aunque sea poquito a esa historia.

A partir del año 2007 el Centro Costarricense de Producción Cinematográfica logra incorporarse al Programa IBERMEDIA, que es un fondo que reúne dineros de toda Iberoamérica, y desde esa bolsa común reparte a cada país participante mediante un concurso anual. Esa adhesión fue ratificada por la Asamblea Legislativa y gracias a ello nuestro cine puede mínimamente escribirse, prepararse, rodarse, post producirse y estrenarse. Es muy escaso, pero es vital para mantener el relato de lo que somos vivo.

Una de las profesiones más peligrosas en América Latina es ser defensor de derechos humanos o activista ambiental. Año tras año la lista de asesinatos no resueltos aumenta. Costa Rica sin ingredientes artificiales, nuestro pequeño país mítico en lo ecológico no pudo escapar a esta aberración. 25 años después del incendio las reacciones son diversas: algunos me dieron libre acceso a sus recuerdos, otros se niegan a hablar y su dolor los vuelve hirientes, y otros se han llevado su memoria a la tumba.

Esta película es vital para quienes oímos ese susurro, y el Programa IBERMEDIA parece haberlo escuchado también, porque acaba de otorgarle a Infierno Verde fondos para desarrollo. Por fin estamos listos para este mea culpa fílmico que narra la voracidad que tenemos los humanos hacia el planeta, y que como especie está a punto de extinguirnos.

Se dice que el infierno es sólo la verdad vista demasiado tarde. Cuando todo aconteció quizás María del Mar y Oscar de Costa Rica, Jaime de Bolivia y David de Nicaragua, no sabían que ya habitaban su propio infierno por defender este paraíso.