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Se aplica el maquillaje blanco sobre el rostro, formando la más minimalista de las máscaras. Sobre esta, como si fuera un lienzo, se dibuja con lápiz negro primero unas cejas largas y luego arriba y debajo de cada ojo, rombos verticales. Por último, con un rojo carmesí delinea unos labios exagerados, que siempre están sonriendo.

Sale a enfrentar a su audiencia, con su traje y pelo de colores, actuando como el hombre más feliz del mundo. A diferencia de un comediante, que intenta hacer que el público ría con él, el payaso se convierte en el chiste. Sus zapatos, sus gestos, su forma de andar, su torpeza deliberada; todo debe hacer gracia. Aunque nada en su vida lo tenga.

He aquí el dilema cuando, máscara adentro, ya sea aquel o uno mismo sufre. ¿Se notará algo del dolor, si uno ríe a todo pulmón? ¿Se borrará la sonrisa en uno de los ligeros brincos con que se pretende ocultar el llanto? ¿Son las flores de papel o los pañuelos de colores un antídoto contra la desesperanza?

Nada hay más trágico, que la anécdota del hombre que acude al médico aquejado de dolores de existencia. Este le recomienda entre otras cosas, que acuda al circo a ver al famoso payaso Grimaldi, para que pudiera reír de buena gana. Este le dice abatido: "Es que... yo soy Grimaldi".  El médico, quizá pensó “ríe pagliaccio, ríe del dolor, que te envenena el corazón”.

Cuando el payaso se aventura fuera de su personaje, es una figura, como mínimo preocupante. Aparte de la conocida paradoja del payaso triste, lo tenemos como una figura perturbadora en el binomio payaso- asesino. Nada asusta tanto como el psicópata que oculta su rostro, más si lo hace tras una sonrisa siniestra.

El Guasón, personaje de los comics de los años cincuenta, fue inspirado en el rostro de Conrad Veidt, quien en 1928; interpretó un hombre al que desde niño, por una venganza a su padre, le dejaron la cara desfigurada en una sonrisa permanente. Años más tarde, en la versión del comic, se explicó que la sonrisa deforme del villano provenía de una quemadura mientras experimentaba con sustancias corrosivas.

Arthur Fleck, es el Guasón de la película de Todd Phillips, estrenada este año. A diferencia de sus predecesores, la sonrisa del personaje está dibujada con dos dedos, uno de su propia mano, el otro de la sociedad que le considera un fenómeno. Así presenciamos la transformación de un comediante fracasado, que ha heredado de su madre el delirio y padece de risas involuntarias; hasta convertirse en un psicópata, atrapado en un resentimiento incurable.

Nosotros o aquellos, que jugamos a ser garantes de la normalidad, suponemos tener la potestad de establecer cuando la abundancia de la risa es una manifestación de locura o esquizofrenia, o cuando su carencia es síntoma de depresión. Urge señalar al enfermo mental, nos incomoda como una espina en el dedo, queremos sacarlo pronto. Una vez oculto, aislado no podrá contagiarnos su desequilibrio.

Tal vez, nos da miedo reconocer que lo normal no existe, que no hacemos sino imitar a los demás en el gran circo que es el mundo. Nos quejamos de la escasez de tiempo, sin ver cuánto le dedicamos al ocio, a pintarnos la sonrisa y vestirnos de colores; como los payasos, para entretener a otros, presumir de una vida perfecta; y esperar el tiempo que sea necesario, los aplausos.