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Ha sido una semana crucial para los pueblos indígenas. A como se ratifica su rol en la acción climática con su participación en la Pre-COP realizada en Costa Rica, también en Ecuador se recrudecen las luchas sociales indígenas centradas en la deuda histórica de los gobiernos latinoamericanos con estas poblaciones. Irónicamente, las protestas indígenas son recrudecidas por el anuncio de una serie de medidas de austeridad, que incluye un aumento del precio de la gasolina de casi medio dólar por galón como una medida “en línea con la agenda mundial de lucha contra el cambio climático”, en palabras del presidente Lenin Moreno.

Si bien este aumento por parte del gobierno ecuatoriano fue anunciado como una eliminación de los subsidios a los combustibles y no como un impuesto sobre el carbono (una de las medidas más importantes según los economistas para frenar el cambio climático), nos encontramos en las protestas una de esas situaciones paradójicas que nos trae la crisis climática que enfrentamos. Digo paradójicamente ya que el cambio climático desproporcionadamente afecta a las comunidades marginadas que viven en regiones predominantemente rurales, entre ellas los pueblos indígenas cuyos medios de vida dependen más directamente de la integridad de los recursos naturales.

Es por esto que, este 12 de octubre, me gustaría entonces que recordemos que en la transición hacia las economías descarbonizadas debemos tomar a la justicia climática como el eje central del quehacer de la agenda post-Paris.

Una manera efectiva de lograr esto, en relación con los pueblos indígenas, es seguir la línea demostrada en la Pre-COP de una inclusión verdadera y no meramente superficial de las voces no tradicionales en los foros políticos. El objetivo de esto es entender de fondo las raíces de estas paradojas que combinan aspectos históricos, de marginación, de representación y de distribución de la “riqueza”, pero también integrar propuestas para “no dejar a nadie atrás” a como avanzamos en la agenda climática.

Otra manera de lograr esto es entendiendo que, si bien se suele hablar de los pueblos indígenas como víctimas de la pobreza y vulnerables al cambio climático, estos también poseen los conocimientos necesarios para complementar la lucha que tenemos en frente. También poseen capacidad de adaptación y resiliencia a condiciones cambiantes, tanto ambientales como sociales. La base de estas capacidades radica en su capacidad de entender conexiones y observar el mundo que los rodea a escalas de tiempo y espacio distintas a las que estamos acostumbrados nosotros los occidentales.

Además, este 12 de octubre, me gustaría recordarles que a pesar de que los pueblos indígenas son solo aproximadamente el 5% de la población mundial, sus tierras abarcan el 22% de la superficie terrestre y más de tres cuartos de la biodiversidad del planeta e inmensos sumideros de carbono se encuentra en sus territorios. Por milenios han sabido conservar sus ecosistemas y hacer uso eficiente de sus recursos naturales, los cuales han convertido en fuentes de bienestar de una manera sostenible, cientos de años antes de que la palabra siquiera se pusiera de moda. Proteger estos territorios debe de ser una lucha de todos.

A pesar de poseer estos recursos, conocimientos y capacidades enriquecidas y refinadas por las pruebas del tiempo, hasta el momento, los tomadores de decisiones han desarrollado e implementado planes ante la crisis climática con una casi total ausencia de conocimientos tradicionales indígenas, y con una predominancia casi exclusiva de conocimientos científicos occidentales. Se deben cerrar estas brechas, y no tenemos mucho tiempo para hacerlo. Se deben tomar acciones concretas en este sentido, y entre ellas enfatizo avanzar aceleradamente el diálogo intercultural, especialmente, en aras de cerrar las brechas de conocimiento tradicional/occidental, y que mas allá del mero “respeto” de conocimientos, impulsar la inclusión verdadera de las voces indígenas y los conocimientos tradicionales en los foros políticos.

La Pre-COP y algunas conferencias antecesoras abren oportunidades mutuamente beneficiosas tanto para poblaciones indígenas como no indígenas. Los conocimientos tradicionales deben considerarse como un complemento para el avance de las soluciones de la crisis climática, y no como una barrera. Esta polinización cruzada contribuye a la innovación basada en la naturaleza, así como a un mundo más inclusivo fundamentado en la justicia climática.