Analizar un asunto en marcha, siempre es un riesgo, pues se trata de un intento prospectivo para encontrar algunas posibles tendencias, las cuales pueden resultar —en pocas horas— en una cuestión que adopta un rumbo muy distinto. Sin embargo, la coyuntura del Grupo de los Siete (G7) de este fin de semana amerita asumir esa posibilidad.

La 45° Cumbre del G7 (las siete economías más industrializadas del mundo, no incluye a Rusia y China), que juntos representan el 58% del producto bruto mundial, se celebró este fin de semana (24 al 26 de agosto) en la ciudad costera de Biarritz, Francia, y se caracteriza por un escenario cada vez más frágil, que hace prever momentos difíciles para la economía mundial y las relaciones internacionales, porque el foro busca encontrar su identidad en un nuevo escenario global. Por eso la agenda comprende una serie de retos y desafíos para cada uno de sus miembros. El tema del encuentro fue la “lucha contra la desigualdad”. Ello incluye la participación de las mujeres en el mercado de trabajo y de la educación de las niñas y las mujeres, especialmente en los países en vías de desarrollo.

El encuentro estuvo precedido por los crecientes enfrentamientos entre Washington y Pekín, cuyo principal discurso se basa en cuestiones comerciales, pero hay un trasfondo estratégico más significativo. La prueba estadounidense de un misil de corto alcance y la consecuente protesta de Moscú. Los esfuerzos de presidente francés Emmanuel Macron para asumir el liderazgo de una Unión Europea cada vez más debilitada por el Brexit y por los problemas internos en algunos países, que generó el encuentro Macron-Putin previo a la cumbre, sin resultados alentadores. El anuncio de la recesión técnica de Alemania, el motor de la economía europea. Pero, sobre todo los incendios en la Amazonía, que tienen un trasfondo en las concepciones del desarrollo de algunos gobernantes, como Jair Bolsonaro y Donald Trump.

Además de la desigualdad, la agenda oficial comprendió los asuntos de Irán, Ucrania, Libia, situación en Siria y Oriente Próximo, península de Corea y Venezuela. Pero se sumaron, de última hora lo de la recesión y la Amazonía. Este último se enmarca en lo referente al clima, la biodiversidad y los océanos.

El distanciamiento entre los gobernantes de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido —acompañados por Donald Tusk, en representación de la UE, Pedro Sánchez (España) como invitado y un llegado de última hora: el canciller iraní, Mohamad Javah Zarif, quien arribó el segundo día, junto con los encargados del FMI, el Banco Mundial y otras entidades financieras internacionales— fue evidente en la Cumbre de Canadá del año pasado y ahora será manifiesto, comenzando por lo que ha se denomina el “efecto Trump” (quien durante la semana dejó entrever que por qué tiene que asistir a Biarritz, aunque se presentó en la ciudad costera) que amenaza con que no haya declaración final a los “desencuentros” a los que asiste. En esta ocasión se suma la presencia de Boris Johnson —el “Trump británico”— y la crisis en que cayó Italia por la dimisión del primer ministro, Giuseppe Conte, el pasado 21 de agosto (aunque asiste como Jefe de Gobierno), y el empoderamiento del populista nacionalista Matteo Salvini.

Ángela Merkel (Alemania) está de salida y Justin Trudeau (Canadá) enfrenta problemas domésticos. Esto deja a Shinzo Abe (Japón) como el moderado y responsable de mediar en temas álgidos. La pregunta es si el populismo autoritario de Trump y Johnson aceptará tal mediación.

El primer día del encuentro (sábado 24) evidenció las tensiones y dificultades para acercar posiciones. Fue el día de las conversaciones sobre temas bilaterales y la ruptura del hielo. Pero también el momento de comprobar que Trump y Johnson son los más imprevisibles en una coyuntura que se caracteriza por la ola nacional populista y la amenaza al orden liberal heredado del siglo XX. Veremos qué sucede el lunes 26 y si habrá declaración.

En síntesis, la Cumbre de Biarritz evidencia una creciente presencia de líderes contrarios al multilateralismo, que cuestionan los encuentros de coordinación en un mundo que parece marchar a paso acelerado hacia una nueva recesión global, un incremento de la crisis ambiental y el creciente iliberalismo en el orden mundial.