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A pocos días del 28 de junio, fecha del cincuentenario de lo ocurrido en un bar del Greenwich Village,  Nueva York, conviene hacer una reflexión sobre un hito histórico tan significativo en la lucha por los derechos humanos.

Esa madrugada, el bar permanecía abierto con algunos clientes. Debe recordarse que, hasta la fecha, regían reglamentos y normas de la ciudad que prohibían terminantemente la congregación de “desviados sexuales” en recintos de ventas de bebidas alcohólicas.  Y no se esperaba la “visita” de la policía, porque el local (aparentemente propiedad de grupos mafiosos) contaba con la complicidad de las autoridades, que siempre avisaban antes. Sin embargo, de repente sucedió la irrupción violenta de los agentes, cargando implacablemente contra los clientes, al tiempo que llenaban de improperios a todos los presentes. De inmediato, los sacaron a la fuerza y comenzaron a cargarlos en una patrulla.  En eso, una joven lesbiana, al ser introducida y resultar herida en la frente por el garrote de un policía, empezó a gritar y llorar. Llegaron más fuerzas del orden. Alrededor del coche policial ya se había congregado una multitud de clientes, vecinos y peatones y, ante el llanto y las exhortaciones de la joven a la multitud para que actuara ante tales agresiones, sucedió lo que tenía que suceder: nada pudo contener a la multitud exasperada que cargó contra los agentes.  Estos, en minoría, tuvieron que refugiarse en el bar y hacerse fuertes en él, en espera de más refuerzos. Y ese fue solo fue el comienzo: porque los motines continuaron por cinco días, hasta que llegó la calma y, con ello, la verdadera justicia: de un malestar social, subterráneo pero creciente, a la chispa que se convertiría en un movimiento político de gran impacto nacional y mundial. Años más tarde, en 2010, como debía ser, el entonces presidente del país, Barack Obama, designó como monumento nacional la zona de los hechos: con aquel bar (hoy, tienda), el parque y  sus calles y aceras circunvecinas.

Pero por trascendental que parezca y sin que esto implique negar la importancia de tales hechos, conviene advertir que la lucha abierta en tiempos modernos por los derechos constitucionales de la comunidad LGBTI no se inició aquí.  Fue en Alemania, principalmente, en donde se dieron las primeras manifestaciones teóricas y prácticas en favor de investigar científicamente, así como hacer reconocer ante el público y las autoridades la legitimidad de esta faceta tan arraigada en la naturaleza humana.  

Orígenes

Sus inicios pueden establecerse hacia 1864, cuando el abogado y escritor alemán Karl Heinrich Ulrichs (1825-1895) es el primero en escribir estudios sociales y jurídicos en torno al amor entre hombres.  A este amor lo llama “uranismo” y lo considera congénito, por lo que, en su opinión, los uranistas no pueden ser vistos como antinaturales ni como delincuentes. Si bien sería en Austria-Hungía donde en 1869 el médico vienés Karl Maria Kertbeny (1824-1882), él mismo homosexual y defensor de la causa,  acuñó el término “homosexual”. En Inglaterra, es notoria la influencia del poeta estadounidense Walt Whitman, él mismo homosexual encubierto, así como los estudios psico-sexológicos de Havelock Ellis (1859-1939), sin olvidar a los literatos John Addington Symonds (1840-1893), Edward Carpenter (1844-1829) y, mucho menos, al ínclito Oscar Wilde (1854-1900).

Hasta entonces, los homosexuales eran vistos como pecadores y viciosos (enfoque de casi todas las iglesias); o como delincuentes (enfoque legal vigente sobre todo en Occidente); o como enfermos mentales (novedoso enfoque científico para la época, equivocado, aunque dichosamente conduciría a una visión más humanizante y objetiva).  O todo junto: pecadores y viciosos, y delincuentes y enfermos mentales…

Sigamos: lo más importante sigue dándose en Alemania con un médico, judío y homosexual, Magnus Hirschfeld (1865-1935).  En 1896, con el pseudónimo de Th. Ramien publicó un libro (Safo y Sócrates) en el que defendía la homosexualidad (¡y vaya con qué enormes personajes históricos!)  como parte de la naturaleza humana; afirmaba asimismo en su obra que había que tratar el tema científicamente, no como un delito.  Consecuencia: en 1897 creó el Comité Científico Humanitario, la primera organización cuyo fin expreso era defender los derechos de los homosexuales.  El comité se proponía tres tareas fundamentales: 1) eliminar una parte del párrafo 175 del Código Penal Prusiano, que consideraba delito grave la relación sexual entre hombres (se ignoraba a las mujeres, machismo);  2), mejorar la actitud pública contra los homosexuales y 3), atraer a los homosexuales en la defensa de sus derechos.  

Para 1907, todo iba bastante bien, hasta que estalló un célebre escándalo sexual que involucró a varios prominentes homosexuales en el círculo íntimo del káiser Guillermo II.  Lo que conmocionó a una sociedad ya de por sí extremadamente conservadora, que reaccionó drásticamente contra el naciente movimiento de liberación. Entre sus consecuencias: un código penal aún más riguroso en lo relativo a los comportamientos homosexuales, tanto de hombres como de mujeres (¡ahora sí se las tomaba en cuenta!).

Libertad y sombras. Terminada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), derrotada Alemania y fundada la República de Weimar (1919-1933), un ambiente más tolerante impulsa a Hirschfeld a fundar el Instituto para las Ciencias Sexuales (ICS), una iniciativa decididamente rompedora tomando en cuenta que todo lo referente al sexo seguía siendo tabú. En él se recogía todo tipo de estudios y documentos relacionados con la Sexología, procedentes de los campos de la Biología, la Antropología y la Etnología.  El ICS era una especie de universidad, con clases regulares sobre diversos temas, indiscutible precedente del famoso Instituto para la Investigación Sexual, montado décadas después en los EE. UU. por Alfred Kinsey. A Hirschfeld se atribuye también el primer film gay de la Historia, en 1919: Anders als die Andern  (Diverso de los demás, trad. del autor).  En él, se narra la vida de un violinista víctima de un chantaje por su condición sexual (amenaza vigente aún hoy día). 

En el decenio de los veintes, los alemanes disfrutaron de mucha más libertad que antes.  Berlín, por ejemplo, era la ciudad más alegre y con más cabarés y teatros en Europa. Un famoso escritor británico, Christopher Isherwood (1904-1986), homosexual, nos dejó su testimonio en una novela: Adiós a Berlín, e inspiradora de un film, Cabaret, también realizado como obra de teatro recientemente en Costa Rica, alusivo a cómo eran aquellos tiempos.

Mas, ¡ay, que nada halagüeño es duradero!  En la sombra ya acechaban Hitler y los suyos de la extrema derecha. Pues con él como Canciller (1933), con poderes absolutos poco después, comenzó la ilegalización de todos los partidos políticos y las persecuciones inclementes contra sus militantes y contra todas las minorías ajenas al orgulloso ideal “ario”: sobre todo judíos, homosexuales, gitanos y testigos de Jehová. Hirschfeld, doblemente marcado como judío y homosexual, sufriría varios atentados.

El 10 de mayo de 1933 es un día vergonzoso en la historia alemana: en Berlín y en otras ciudades del país se encendieron enormes hogueras formadas por pilas de libros y otros documentos relacionados con temas y autores considerados “decadentes” por el régimen.  Fueron saqueadas numerosas instituciones, universidades incluidas y, desde luego, también el instituto fundado por Hirschfeld, donde no menos de diez mil libros, así como material escrito relacionado con documentos, encuestas, cartas, entrevistas, etc., fueron pasto de las llamas.  Hirschfeld, maltratado y en prisión preventiva, al ser liberado huyó hacia Francia, en donde murió. Con lo narrado, parece evidente que este destacado humanista merece un lugar en la historia por la lucha de los derechos humanos para esta minoría. Aclaremos que su larga brega estuvo siempre inspirada por una palabra: Dignidad. Posiblemente, el lema que hoy acompaña a la bandera del arcoíris (Orgullo), lo sorprendería mucho por el contenido discriminatorio y hasta arrogante del término.

Renacer

En tantos siglos en que la superstición religiosa ha impuesto su particular e inhumana visión de la sexualidad, pensemos por un momento cuántas vidas de personas humildes han sido sacrificadas o mutiladas por expresar –o intentarlo- su diversa manera de entender el amor y la sexualidad.  Vayamos más allá: cuántos otros seres humanos, dotados de gran inteligencia y sensibilidad en muchos campos del saber, han sido silenciados, o, en todo caso, insultados, humillados, chantajeados, agredidos, perseguidos, acusados, encarcelados, torturados y hasta asesinados por esta manera de expresar lo que dicta su naturaleza más íntima. ¡Cuántas obras de arte, de literatura, de filosofía, de ciencias, etc., dejaron de producirse, o se destruyeron ya producidas, porque ellas o sus autores no se avenían con los oscurantistas códigos morales existentes! ¡¡Y cómo se salvó el David de Michelangelo!!

Ahora, por aquí y por fin, estamos a las puertas del gran cambio.  En menos de un año, gracias al dictamen de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y a su acatamiento por parte de nuestra Sala Constitucional, ya no cabrían más pretextos, evasivas y dilaciones por parte de los diputados: el círculo debe cerrarse so pena de que venga, ahora sí, una plena condenatoria de esa corte, con el país afrontando una nueva humillación a escala mundial.